Spread the love

Libertad, memoria e inteligencia humana en tiempos de inteligencia artificial

Existe una idea que comienza a circular con creciente fuerza en el debate contemporáneo sobre inteligencia artificial y que merece ser pensada mucho más allá de la tecnología.

La premisa es sencilla pero profundamente filosófica: ningún ser humano comienza intelectualmente desde cero.

Pensamos con palabras que no inventamos. Aprendemos conocimientos descubiertos por personas que murieron antes de que naciéramos. Vivimos bajo instituciones creadas por generaciones anteriores. Utilizamos principios matemáticos, científicos, jurídicos y filosóficos desarrollados durante siglos.

Cada uno de nosotros recibe, al llegar al mundo, una inmensa herencia cultural.

El lenguaje.

La ciencia.

La historia.

La educación.

Las instituciones.

Las leyes.

Las tradiciones.

Las libertades conquistadas.

Incluso nuestras preguntas acerca del mundo fueron, muchas veces, formuladas previamente por otros.

Por eso la inteligencia humana nunca ha sido completamente individual.

Somos individuos, pero pensamos dentro de una civilización.

Y esa constatación obliga a reconsiderar nuestra relación con el pasado, con el futuro y, ahora también, con la inteligencia artificial.

LA INTELIGENCIA COMO HERENCIA

La modernidad acostumbró al ser humano a imaginarse como individuo autónomo.

“Yo pienso.”

“Yo decido.”

“Yo creo.”

Sin embargo, detrás de cada uno de esos actos existe una gigantesca infraestructura cultural construida por otros.

El individuo que escribe un libro utiliza un idioma heredado.

El científico que realiza un descubrimiento parte de conocimientos anteriores.

El ciudadano que reclama sus derechos utiliza conceptos políticos desarrollados durante siglos.

La persona que exige libertad vive dentro de una historia en la cual millones de seres humanos lucharon previamente por conquistarla.

Por eso ninguna generación puede decir honestamente:

“Todo comienza con nosotros.”

Nunca comienza con nosotros.

Recibimos siempre un mundo ya construido.

La verdadera pregunta es qué hacemos con él.

LOS MUERTOS SIGUEN PARTICIPANDO DEL PRESENTE

Existe una realidad extraordinaria de la cultura humana: una persona puede morir y, sin embargo, continuar influyendo sobre personas que vivirán siglos después.

Sócrates continúa interrogándonos.

Aristóteles continúa ayudándonos a pensar.

Locke sigue presente cuando discutimos derechos individuales.

Montesquieu reaparece cuando hablamos de separación de poderes.

Jefferson está presente cada vez que reflexionamos sobre libertad política.

José Enrique Rodó continúa interpelando nuestra concepción de cultura.

José Pedro Varela permanece dentro de nuestra conversación educativa.

Los seres humanos mueren.

Pero las ideas pueden sobrevivirlos.

Las sociedades crearon precisamente instituciones destinadas a impedir que cada generación comenzara intelectualmente desde cero.

Bibliotecas.

Escuelas.

Universidades.

Archivos.

Museos.

Constituciones.

Libros.

Tradiciones.

La civilización es, en buena medida, una gigantesca arquitectura contra el olvido.

LA EDUCACIÓN ES TRANSMISIÓN DE CIVILIZACIÓN

Desde esta perspectiva, la educación adquiere una dimensión mucho más profunda.

Una escuela no es simplemente un lugar donde se enseñan contenidos.

Una universidad no es simplemente un lugar donde se obtienen títulos.

Son instituciones donde una generación transmite a otra aquello que considera suficientemente valioso como para no dejarlo desaparecer.

Cada docente se encuentra simbólicamente entre dos mundos:

el conocimiento acumulado por quienes estuvieron antes

y

las personas que deberán construir lo que todavía no existe.

En ese sentido, enseñar significa mucho más que informar.

Significa seleccionar.

Interpretar.

Explicar.

Cuestionar.

Transmitir.

Y también advertir.

Porque no todo lo recibido merece conservarse.

La humanidad también hereda errores, prejuicios, autoritarismos, fanatismos y violencia.

Por eso la transmisión auténticamente educativa debe seguir un proceso más exigente:

RECIBIR → ANALIZAR → DISCUTIR → TRANSFORMAR → TRANSMITIR.

Ahí reside una de las responsabilidades fundamentales de cada generación.

NO SOMOS DUEÑOS DEL PRESENTE

Existe otra consecuencia todavía más profunda.

Así como recibimos un mundo construido por personas que ya no existen, nosotros estamos construyendo un mundo que será habitado por personas que todavía no existen.

Esto modifica radicalmente nuestra responsabilidad.

Un gobierno toma decisiones que afectarán generaciones.

Una escuela forma ciudadanos que actuarán durante décadas.

Una empresa puede modificar comunidades enteras.

Una tecnología puede transformar comportamientos sociales durante años.

Una legislación puede fortalecer o debilitar instituciones futuras.

Una mala política ambiental puede generar consecuencias que quienes la decidieron jamás llegarán a contemplar.

Por eso el presente no puede ser considerado propiedad exclusiva de quienes lo habitamos.

Somos, en alguna medida, administradores temporales del mundo.

Lo recibimos.

Lo transformamos.

Y lo entregamos.

LIBERTAD TAMBIÉN SIGNIFICA RESPONSABILIDAD

Para LIBERTAS este punto resulta central.

La libertad no puede reducirse a la ausencia de restricciones.

Ser libre implica capacidad de elegir.

Pero toda elección produce consecuencias.

Y cuanto mayor es nuestra capacidad de transformar el mundo, mayor debe ser nuestra responsabilidad sobre esas consecuencias.

La libertad auténtica no consiste únicamente en preguntarnos:

“¿Puedo hacerlo?”

También exige:

“¿Debo hacerlo?”

Y aún más:

“¿Qué consecuencias tendrá mi decisión para otros?”

La civilización democrática se construye precisamente sobre esa tensión entre libertad individual y responsabilidad pública.

LA REPÚBLICA COMO PACTO ENTRE GENERACIONES

La propia idea republicana puede ser interpretada desde esta perspectiva.

Una República no pertenece al gobierno de turno.

Ni a un partido político.

Ni siquiera exclusivamente a la generación que circunstancialmente la habita.

Las instituciones republicanas existen porque generaciones anteriores construyeron reglas destinadas a limitar el poder y proteger libertades futuras.

Una Constitución es, en cierta forma, una conversación entre generaciones.

Los ciudadanos actuales reciben instituciones creadas antes de su nacimiento y tienen la responsabilidad de preservarlas, mejorarlas o reformarlas sin destruir aquello que protege la convivencia democrática.

Por eso deteriorar deliberadamente las instituciones no afecta solamente al presente.

Significa comprometer derechos de ciudadanos que todavía no pueden defenderlos porque todavía no han nacido.

LA DEMOCRACIA TAMBIÉN DEPENDE DE LA MEMORIA

Las democracias necesitan memoria.

Cuando las sociedades olvidan cómo nacieron sus libertades comienzan a considerarlas naturales e irreversibles.

Pero ninguna libertad es irreversible.

La libertad de expresión.

La separación de poderes.

Las elecciones libres.

La independencia judicial.

La libertad de pensamiento.

La propiedad.

La tolerancia política.

Todas ellas fueron construcciones históricas.

Y todas pueden desaparecer.

Por eso una democracia saludable necesita transmitir permanentemente su memoria política.

Debe enseñar qué ocurre cuando el poder deja de tener límites.

Debe recordar qué sucede cuando la propaganda sustituye al pensamiento crítico.

Debe mostrar qué ocurre cuando la discrepancia política comienza a ser considerada una amenaza.

Una sociedad que pierde memoria histórica se vuelve vulnerable a repetir aquello que alguna vez creyó haber superado.

Y ENTONCES APARECE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

La inteligencia artificial introduce un nuevo capítulo en esta historia.

A primera vista parece representar el futuro.

Pero existe una paradoja extraordinaria:

la tecnología que simboliza nuestro futuro depende profundamente de nuestro pasado.

Los sistemas de inteligencia artificial actuales han podido desarrollarse porque durante siglos la humanidad produjo conocimiento, lenguaje, arte, ciencia, literatura, filosofía y documentación.

Antes de la inteligencia artificial hubo lenguaje.

Después escritura.

Luego bibliotecas.

Después imprenta.

Universidades.

Ciencia moderna.

Computación.

Internet.

Digitalización.

Y finalmente sistemas capaces de procesar enormes cantidades de información.

En ese sentido, la inteligencia artificial no apareció de la nada.

Es una nueva etapa dentro de la larga historia humana de externalización y transmisión del conocimiento.

DE LA MEMORIA BIOLÓGICA A LA MEMORIA ALGORÍTMICA

Podemos imaginar tres grandes momentos.

Memoria biológica

Durante miles de años el conocimiento dependió fundamentalmente de aquello que los seres humanos podían recordar y transmitir oralmente.

Memoria escrita

La escritura permitió que una idea sobreviviera al individuo que la había producido.

El conocimiento pudo almacenarse.

Viajar.

Acumularse.

Ser revisado siglos después.

Memoria algorítmica

Hoy aparece algo diferente.

Ya no almacenamos solamente información.

Construimos sistemas capaces de encontrarla, relacionarla, reorganizarla y generar nuevas combinaciones a partir de ella.

Ese cambio es extraordinario.

Pero también plantea un problema enorme.

¿QUIÉN DECIDE QUÉ RECUERDA LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL?

Toda memoria selecciona.

Una biblioteca selecciona libros.

Una escuela selecciona programas.

Un medio selecciona noticias.

Un museo selecciona objetos.

Un archivo selecciona documentos.

Y también los sistemas algorítmicos realizan selecciones.

Entonces surge una cuestión política fundamental:

¿qué parte de nuestra memoria colectiva llega hasta nosotros cuando consultamos una inteligencia artificial?

¿Qué perspectivas aparecen?

¿Cuáles quedan relegadas?

¿Qué valores se priorizan?

¿Quién determina los criterios?

¿Quién controla los sistemas?

La discusión sobre inteligencia artificial no puede quedar limitada a programadores e ingenieros.

Es una discusión profundamente democrática.

Porque quien controla los mecanismos de transmisión del conocimiento posee una extraordinaria capacidad de influencia sobre la sociedad.

EL PELIGRO NO ES QUE LA IA PIENSE

Con frecuencia el debate se plantea de manera equivocada.

Se pregunta:

“¿La inteligencia artificial llegará a pensar como el ser humano?”

Pero quizá la pregunta verdaderamente importante sea otra:

¿dejaremos los seres humanos de pensar porque las máquinas pueden hacerlo por nosotros?

Ese es un riesgo mucho más inmediato.

Una sociedad donde los ciudadanos dejan de preguntar.

De contrastar.

De leer.

De discutir.

De interpretar.

De dudar.

Puede disponer de enorme tecnología y al mismo tiempo perder autonomía intelectual.

Y sin autonomía intelectual difícilmente exista libertad política.

LA LIBERTAD DEL SIGLO XXI SERÁ TAMBIÉN LIBERTAD COGNITIVA

Durante siglos las sociedades liberales defendieron libertades fundamentales:

libertad de expresión,

libertad religiosa,

libertad política,

libertad económica,

libertad de asociación.

En el siglo XXI deberemos añadir otra dimensión:

la libertad cognitiva.

El derecho y la capacidad de pensar sin delegar completamente nuestro juicio.

De conocer cuándo interactuamos con sistemas automatizados.

De comprender cómo influyen los algoritmos.

De proteger nuestros datos.

De exigir transparencia.

De conservar nuestra capacidad de cuestionar aquello que una tecnología nos presenta como respuesta.

La inteligencia artificial puede ampliar extraordinariamente nuestras capacidades.

Pero solamente será verdaderamente liberadora si aumenta nuestra autonomía y no nuestra dependencia.

EL SER HUMANO NO ES UN SIMPLE USUARIO DEL FUTURO

Existe una tentación contemporánea de imaginarnos como consumidores de tecnología.

Esperamos la próxima aplicación.

El próximo dispositivo.

El próximo modelo.

La próxima innovación.

Pero una civilización no debería limitarse a esperar el futuro.

Debe discutirlo.

Diseñarlo.

Orientarlo.

La pregunta fundamental no debería ser:

“¿Qué podrá hacer la inteligencia artificial?”

La pregunta verdaderamente política y filosófica es:

“¿Qué queremos hacer nosotros con ella?”

SOMOS NODOS DE UNA HISTORIA

Quizá exista una forma más adecuada de pensar nuestra condición.

No somos únicamente individuos aislados.

Somos nodos dentro de una gigantesca red temporal.

Detrás de nosotros existen innumerables generaciones.

Delante de nosotros existirán muchas otras.

Nuestra vida ocupa apenas un pequeño tramo.

Pero durante ese tramo podemos recibir una herencia, transformarla y transmitirla.

Esta condición puede resumirse mediante cuatro palabras:

RECIBIR

INTERPRETAR

TRANSFORMAR

TRANSMITIR

Eso es cultura.

Eso es educación.

Eso es civilización.

Y también debería ser una de las responsabilidades fundamentales de la política.

LA GRAN RESPONSABILIDAD DE NUESTRA GENERACIÓN

Cada generación enfrenta un desafío particular.

A algunas les correspondió conquistar libertades.

A otras defenderlas.

A otras reconstruir democracias.

A nuestra generación probablemente le corresponda algo diferente:

integrar una capacidad tecnológica extraordinaria sin renunciar a aquello que nos hace libres.

Deberemos aprender a convivir con máquinas capaces de producir información, imágenes, argumentos y decisiones.

Pero deberemos preservar algo que ninguna tecnología debería sustituir:

el juicio humano.

La responsabilidad.

La conciencia histórica.

La deliberación democrática.

La capacidad de decir no.

La posibilidad de cuestionar al poder.

Y la obligación moral de pensar en quienes vendrán después.

organizacionlibertas@gmail.com

LIBERTAS

Nuestra defensa de la Libertad, la Democracia y la República adquiere entonces una nueva dimensión.

Defender la libertad ya no significa solamente proteger al individuo frente al poder político.

También significa proteger su capacidad de pensar.

Defender la democracia significa garantizar ciudadanos capaces de deliberar y no simplemente consumir información producida algorítmicamente.

Defender la República significa preservar instituciones capaces de limitar también las nuevas formas de poder tecnológico.

Y defender el futuro significa comprender que el mundo que estamos construyendo no nos pertenece exclusivamente.

Somos herederos.

Pero también somos responsables.

Recibimos una civilización construida por quienes nunca conocimos.

Y estamos construyendo una sociedad para personas cuyos nombres jamás conoceremos.

Quizá allí se encuentre una de las definiciones más profundas de nuestra humanidad:

somos memoria del pasado, conciencia del presente y responsabilidad frente al futuro.

Y en tiempos de inteligencia artificial, comprenderlo será una de las condiciones fundamentales para continuar siendo verdaderamente libres.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *