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La reunión de Washington no resolvió la confrontación entre Estados Unidos y China. Mostró algo más importante: las dos potencias parecen haber comprendido que no pueden destruirse sin dañarse profundamente, pero tampoco están dispuestas a renunciar a la disputa por el poder mundial.

Hay reuniones internacionales importantes por los acuerdos que producen. Otras lo son precisamente por aquello que dejan sin resolver.

La reunión entre Donald Trump y Xi Jinping pertenece a la segunda categoría.

No hubo un gran acuerdo comercial. No desaparecieron las restricciones tecnológicas. No se resolvió Taiwán. No surgió una arquitectura común para gobernar la inteligencia artificial. Tampoco terminó la competencia por minerales críticos, semiconductores, rutas marítimas, influencia internacional o capacidad militar.

Sin embargo, Washington puede convertirse en una reunión históricamente relevante por otra razón.

Estados Unidos y China comenzaron a mostrar con mayor claridad cuál puede ser la lógica de su relación durante los próximos años:

competir sin romper; presionar sin provocar una guerra; reducir dependencias sin destruir la interdependencia; negociar mientras ambos se preparan para una confrontación que ninguno desea llevar hasta sus últimas consecuencias.

No es paz.

Tampoco es todavía una Guerra Fría.

Es algo más complejo.

Es una paz competitiva entre dos potencias que están intentando descubrir hasta dónde pueden desafiarse sin desencadenar una crisis que ninguna pueda controlar.

I. EL VERDADERO RESULTADO DE WASHINGTON: RECONOCER AL OTRO

Trump recibió a Xi con una puesta en escena extraordinariamente cuidada.

Eso tiene importancia política.

Las grandes potencias también hablan mediante símbolos.

China buscaba algo que trasciende cualquier reducción arancelaria: ser tratada como una potencia cuya participación resulta indispensable para administrar los grandes problemas internacionales.

Estados Unidos, por su parte, necesitaba demostrar que puede contener a China sin precipitar una ruptura económica mundial.

Ambos consiguieron parcialmente lo que buscaban.

Trump mostró que puede negociar directamente con Xi.

Xi mostró que Estados Unidos debe negociar directamente con China.

La diferencia parece pequeña.

Geopolíticamente es enorme.

Porque detrás de esa escena aparece el final definitivo del momento unipolar surgido después de 1991.

Estados Unidos continúa siendo una potencia extraordinaria. Posee capacidades militares, tecnológicas, financieras y diplomáticas que ningún otro Estado reúne simultáneamente.

Pero ya no puede determinar unilateralmente las reglas del sistema.

China tampoco puede reemplazarlo.

Por eso Washington no consagró una hegemonía china ni restauró una hegemonía estadounidense.

Reconoció una relación de poder que ninguno de los dos puede ignorar.

II. CHINA NO NECESITA DERROTAR A ESTADOS UNIDOS

Existe un error frecuente cuando se analiza la estrategia china.

Imaginar que Beijing necesita convertirse inmediatamente en la nueva potencia hegemónica mundial.

Probablemente no.

A China puede bastarle algo menos espectacular y estratégicamente más alcanzable:

impedir que Estados Unidos continúe ejerciendo una hegemonía incontestable.

Esto cambia completamente la interpretación.

Xi no necesita necesariamente construir un imperio global equivalente al estadounidense.

Necesita aumentar progresivamente el costo de cualquier decisión internacional tomada contra los intereses chinos.

En Asia, significa dificultar la libertad estratégica estadounidense.

En comercio, significa hacer costoso aislar a China.

En tecnología, reducir la vulnerabilidad frente a los controles occidentales.

En diplomacia, construir relaciones donde numerosos países prefieran no elegir entre Washington y Beijing.

En instituciones internacionales, aumentar la capacidad china para definir normas.

Y en el mundo en desarrollo, presentarse como una alternativa que ofrece infraestructura, comercio y financiamiento sin exigir necesariamente alineamiento político.

Ésta es una estrategia de erosión.

No necesita destruir el orden anterior.

Necesita modificarlo suficientemente para que Washington deje de poder administrarlo por sí mismo.

III. ESTADOS UNIDOS TIENE EL PROBLEMA INVERSO

Washington tampoco necesita derrotar a China.

Necesita impedir que China alcance una posición desde la cual pueda dominar Asia y convertir su capacidad económica en predominio estratégico.

Ésa es la verdadera línea defensiva estadounidense.

Porque el poder de Estados Unidos no reside solamente en su territorio.

Reside también en una extraordinaria arquitectura exterior:

Japón.

Corea del Sur.

Australia.

Filipinas.

La relación con Taiwán.

La creciente asociación estratégica con India.

Sus bases militares.

Su capacidad naval.

El dólar.

Las instituciones financieras.

Las empresas tecnológicas.

Y una red de alianzas que China todavía no posee.

Por eso el desafío estadounidense consiste en conservar esa arquitectura sin obligar a todos sus socios a elegir permanentemente entre Washington y Beijing.

Si convierte la rivalidad en una exigencia absoluta de alineamiento, puede terminar debilitando su propia coalición.

Muchos países quieren seguridad estadounidense y comercio chino.

Esa contradicción será una de las características centrales del nuevo sistema internacional.

IV. TAIWÁN ES MUCHO MÁS QUE TAIWÁN

Todo este equilibrio encuentra su punto más peligroso en una isla de aproximadamente 36.000 kilómetros cuadrados.

Taiwán.

Pero sería un error interpretarlo solamente como una disputa territorial.

Taiwán concentra simultáneamente cinco problemas.

Es una cuestión histórica para China.

Es una democracia.

Es una posición estratégica extraordinaria dentro de la primera cadena de islas del Pacífico.

Es un nodo central del ecosistema mundial de semiconductores.

Y es una prueba de la credibilidad estadounidense.

Por eso Taiwán puede convertirse en el Sarajevo tecnológico del siglo XXI: un espacio geográficamente limitado capaz de desencadenar consecuencias mundiales.

Xi llegó a Washington buscando presionar sobre las ventas estadounidenses de armas a Taiwán. Antes de la cumbre, Reuters informó que Beijing pretendía apoyarse en el comunicado bilateral de 1982 para exigir su reducción; Washington mantiene que su política debe leerse también a la luz de la expectativa de una resolución pacífica.

Aquí aparece una cuestión decisiva.

China no necesita necesariamente invadir Taiwán para modificar el statu quo.

Puede intentar cambiarlo gradualmente.

Presión aérea.

Presión naval.

Guardia costera.

Bloqueos parciales.

Ejercicios militares.

Desinformación.

Presión económica.

Aislamiento diplomático.

Interferencia tecnológica.

Es la denominada zona gris: acciones suficientemente agresivas para modificar la realidad, pero cuidadosamente calibradas para no justificar automáticamente una respuesta militar estadounidense.

Y esto está ocurriendo en un contexto regional inquietante. CSIS advierte sobre un aumento de la presión marítima china en distintos puntos de Asia, incluyendo actividades alrededor de Taiwán y frente a Filipinas.

La pregunta ya no es únicamente:

¿invadirá China Taiwán?

Existe otra posiblemente más importante:

¿puede China alterar progresivamente la situación de Taiwán sin necesidad de invadirlo?

V. EL DILEMA DE TRUMP

Trump introduce además una variable particularmente difícil de calcular.

Su concepción de las relaciones internacionales es profundamente transaccional.

Eso puede ser una fortaleza negociadora.

Pero también genera incertidumbre estratégica.

Para Trump, un arancel puede convertirse en instrumento de negociación. También una alianza, una garantía militar, una inversión o una relación comercial.

Xi conoce esa lógica.

Por eso Beijing puede intentar descubrir qué combinación de concesiones económicas sería suficientemente atractiva para modificar alguna posición estadounidense.

El peligro no consiste necesariamente en que Trump “entregue Taiwán”.

Esa afirmación sería hoy especulativa.

El riesgo más sutil es otro:

que Beijing consiga introducir progresivamente una relación entre concesiones económicas y moderación estratégica estadounidense.

Ahí comienza una pendiente peligrosa.

Porque las alianzas dependen tanto de capacidades militares como de credibilidad.

Si Tokio empieza a dudar de Washington, cambia su política.

Si Seúl duda, cambia la suya.

Si Manila duda, también.

Y si Taiwán llega a creer que eventualmente deberá defenderse sin Estados Unidos, modificará radicalmente su estrategia.

Una pequeña alteración en la percepción de credibilidad puede producir grandes movimientos geopolíticos.

VI. EL GRAN TABLERO NO ES TAIWÁN. ES ASIA.

Taiwán es la pieza más peligrosa.

Pero la partida es Asia.

El siglo XXI probablemente tendrá su principal centro económico en el Indo-Pacífico.

Por eso el control de sus rutas marítimas adquiere una importancia extraordinaria.

Mar de China Meridional.

Mar de China Oriental.

Estrecho de Taiwán.

Estrecho de Malaca.

Océano Índico.

Quien pueda garantizar —o interrumpir— el flujo por esos espacios poseerá un instrumento de poder mundial.

China entiende perfectamente esa geografía.

Estados Unidos también.

De ahí la importancia de Filipinas, Japón, Guam, Australia e India.

La disputa estratégica consiste en determinar si el Pacífico occidental continuará siendo un espacio internacional abierto o terminará convirtiéndose progresivamente en una esfera de predominio chino.

Ésa puede ser la verdadera batalla geopolítica detrás de Taiwán.

VII. LOS SEMICONDUCTORES SON GEOGRAFÍA POLÍTICA

Existe además una transformación profunda del concepto mismo de territorio estratégico.

Antes una potencia defendía puertos, estrechos, campos petroleros o vías ferroviarias.

Ahora debe defender fábricas de semiconductores.

Porque sin chips avanzados no existe IA avanzada.

Tampoco determinadas armas.

Ni centros de datos.

Ni supercomputación.

Ni buena parte de la industria tecnológica contemporánea.

Por eso Taiwán tiene un valor extraordinario.

Pero también Corea del Sur.

Japón.

Países Bajos.

Estados Unidos.

La cadena de semiconductores es una geografía internacional de interdependencias.

Ningún país domina completamente todas sus etapas.

Eso crea vulnerabilidad.

Pero también funciona como mecanismo de disuasión.

Una guerra en Taiwán no dañaría solamente a China, Estados Unidos o Taiwán.

Podría provocar una conmoción tecnológica mundial.

VIII. LAS TIERRAS RARAS SON LA RESPUESTA CHINA

China posee, en cambio, otra palanca.

Minerales críticos y tierras raras.

Durante años Occidente externalizó buena parte de estas cadenas porque resultaba económicamente eficiente.

Ahora descubre el costo estratégico de aquella eficiencia.

Una cadena de suministro puede convertirse en un arma sin necesidad de disparar un misil.

Esto representa una transformación importante de la globalización.

Durante décadas se sostuvo que la interdependencia económica reduciría la posibilidad de conflicto.

Eso sigue siendo parcialmente cierto.

Pero apareció la otra cara:

la interdependencia puede impedir una guerra y simultáneamente proporcionar instrumentos de coerción.

Estados Unidos controla tecnologías que China necesita.

China controla materiales y capacidades industriales que Estados Unidos necesita.

Ambos intentan reducir esa dependencia.

Pero si consiguieran eliminarla completamente ocurriría algo paradójico.

También desaparecería uno de los costos que actualmente desincentivan una confrontación.

La interdependencia es vulnerabilidad.

Pero también puede ser paz.

IX. Y ENTONCES APARECE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Aquí la reunión Trump-Xi entra directamente en la discusión LIBERTAS.

La inteligencia artificial ya no es simplemente una industria.

Se está convirtiendo en infraestructura de poder.

Una potencia con ventaja decisiva en IA puede mejorar:

inteligencia militar,

ciberseguridad,

logística,

investigación científica,

diseño de armas,

productividad,

propaganda,

vigilancia,

educación,

administración pública,

análisis financiero

y capacidad de influencia.

Por eso la carrera de IA no se parece solamente a la carrera espacial.

Tiene elementos de la carrera nuclear, de la revolución industrial y de la aparición de Internet simultáneamente.

Estados Unidos posee enormes ventajas en modelos de frontera, capital privado, ecosistemas tecnológicos y chips avanzados.

China dispone de escala, capacidad industrial, enormes volúmenes de datos, intervención estatal y capacidad para desplegar tecnologías rápidamente.

La cumbre no produjo un gran acuerdo sobre IA. Precisamente por eso el asunto importa: ambas potencias reconocen el riesgo, pero continúan compitiendo.

X. LA DISPUTA MÁS PROFUNDA NO ES POR LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Es por la relación entre inteligencia artificial y poder.

Aquí LIBERTAS debe introducir una diferencia que rara vez aparece en los análisis geopolíticos.

La pregunta habitual es:

¿quién tendrá la IA más poderosa?

Nuestra pregunta debería ser:

¿qué tipo de sociedad construirá esa IA?

Porque pueden existir dos formas profundamente diferentes de soberanía tecnológica.

Una coloca la tecnología al servicio de la autonomía individual.

Otra coloca la tecnología al servicio de la capacidad del sistema para conocer, anticipar y orientar el comportamiento de las personas.

Pero sería intelectualmente pobre presentar esto simplemente como:

Estados Unidos = libertad.

China = control.

Las democracias también enfrentan riesgos de vigilancia, concentración corporativa, manipulación algorítmica, polarización, extracción masiva de datos y dependencia cognitiva.

La diferencia está en otra parte.

Una democracia dispone —al menos potencialmente— de instituciones mediante las cuales el ciudadano puede discutir, limitar y eventualmente cambiar esas reglas.

Prensa libre.

Tribunales independientes.

Elecciones competitivas.

Sociedad civil.

Universidades autónomas.

Oposición.

Debate público.

Ésa es la ventaja democrática que LIBERTAS debería defender.

No la ausencia de abuso.

La posibilidad institucional de combatirlo.

XI. LA LIBERTAD COGNITIVA ENTRA EN LA GEOPOLÍTICA

Durante siglos, la libertad se defendió frente al poder físico del Estado.

Después frente a la censura.

Ahora aparece un problema nuevo.

Los sistemas digitales pueden intervenir antes de que una persona tome una decisión.

Seleccionan qué información vemos.

Ordenan resultados.

Recomiendan contenidos.

Predicen preferencias.

Construyen perfiles.

Personalizan mensajes.

Generan información.

Y cada vez más actuarán mediante agentes capaces de ejecutar decisiones.

Esto cambia la naturaleza del poder.

El poder más sofisticado no necesita prohibir una idea.

Puede conseguir que nunca aparezca.

No necesita ordenar una conducta.

Puede diseñar el entorno para hacerla más probable.

No necesita censurar explícitamente.

Puede determinar qué resulta visible.

Ahí comienza la dimensión geopolítica de la libertad cognitiva.

Porque los países que controlen modelos, plataformas, infraestructura digital y estándares técnicos tendrán capacidad para proyectar también determinadas formas de ordenar la información.

La soberanía del siglo XXI será territorial.

Será tecnológica.

Pero también será cognitiva.

XII. XI ENTIENDE EL TIEMPO DE OTRA MANERA

Existe además una diferencia estratégica entre Trump y Xi que merece atención.

Trump trabaja bajo el reloj político de una democracia.

Elecciones.

Congreso.

Opinión pública.

Mercados.

Resultados visibles.

Xi opera dentro de un sistema que permite horizontes políticos considerablemente más prolongados.

Eso no significa que China carezca de restricciones.

Tiene problemas económicos, demográficos, financieros y sociales importantes.

Pero su sistema permite continuidad estratégica.

Por eso Beijing puede pensar en décadas donde Washington muchas veces piensa en ciclos electorales.

Esa asimetría temporal importa.

China puede aceptar acuerdos parciales si considera que el tiempo trabaja a su favor.

Y existen indicios de que Xi llegó a Washington con una posición comercial más sólida de lo que Washington hubiera deseado: Reuters destacó antes de la cumbre la fortaleza del superávit comercial chino y la capacidad de Beijing para redirigir exportaciones.

Trump necesita resultados.

Xi puede necesitar simplemente evitar errores.

XIII. PERO CHINA TAMBIÉN TIENE UN PROBLEMA CON EL TIEMPO

Aquí aparece la paradoja.

El tiempo puede favorecer a China.

Pero también puede volverse contra ella.

Envejecimiento poblacional.

Descenso demográfico.

Problemas inmobiliarios.

Deuda.

Necesidad de mantener crecimiento.

Dependencia energética.

Presiones sobre productividad.

Riesgo de restricciones tecnológicas occidentales.

Por eso tampoco debería suponerse que Beijing puede esperar indefinidamente.

Esto importa especialmente respecto de Taiwán.

Si Xi considera que la correlación estratégica mejora con el tiempo, tendrá incentivos para esperar.

Si concluye que está empeorando, los incentivos pueden cambiar.

Éste es uno de los riesgos más delicados de cualquier transición de poder:

el momento en que una potencia ascendente empieza a temer que su oportunidad esté cerrándose.

XIV. RUSIA, IRÁN Y COREA DEL NORTE AMPLÍAN EL TABLERO

La relación sino-estadounidense tampoco existe en aislamiento.

China mantiene vínculos cada vez más relevantes con Rusia, Irán y Corea del Norte, aunque eso no constituye todavía una alianza integrada equivalente a la OTAN.

Para Beijing existe una ventaja evidente.

Cada crisis que obliga a Washington a distribuir recursos reduce la capacidad estadounidense de concentrarse exclusivamente en el Indo-Pacífico.

Ucrania.

Medio Oriente.

Irán.

Corea.

Europa.

Seguridad marítima.

Estados Unidos continúa teniendo una capacidad mundial incomparable.

Pero precisamente porque es una potencia global enfrenta demandas globales.

China puede concentrarse mucho más intensamente en su entorno estratégico inmediato.

Ésta es una asimetría que Beijing puede explotar.

XV. EL GRAN RIESGO: UN YALTA DIGITAL

Existe un escenario todavía más profundo que merece ser discutido.

¿Qué ocurriría si Estados Unidos y China concluyeran que resulta más conveniente administrar determinadas áreas del mundo mediante acuerdos entre grandes potencias?

No necesitarían firmar formalmente una división del planeta.

Podría aparecer gradualmente.

China obtiene mayor margen en su periferia.

Estados Unidos conserva predominio en otras regiones.

Ambos establecen límites a la competencia.

Negocian tecnología.

Administran crisis.

Evitan enfrentamientos directos.

Desde el punto de vista realista podría parecer estabilidad.

Desde LIBERTAS debemos observar el peligro.

Porque la estabilidad entre grandes potencias no equivale necesariamente a libertad para quienes viven dentro de sus áreas de influencia.

Yalta produjo estabilidad.

También dividió Europa.

La pregunta del siglo XXI será si aparecerá alguna forma tecnológica, económica y geopolítica de división de esferas.

Un Yalta digital.

XVI. LA ALTERNATIVA ES UN MUNDO DE REGLAS

LIBERTAS no debería defender ingenuamente un mundo sin poder.

Ese mundo nunca existió.

Los Estados buscan seguridad.

Las potencias buscan influencia.

Los gobiernos defienden intereses.

La cuestión es otra:

cómo impedir que la fuerza sea la única fuente de legitimidad internacional.

Ahí importan las instituciones.

Derecho internacional.

Libertad de navegación.

Tratados.

Derechos humanos.

Tribunales.

Organismos multilaterales.

Normas tecnológicas.

Transparencia.

Límites sobre determinadas aplicaciones militares de IA.

Protección de datos.

Estos instrumentos son imperfectos.

Pero para los países pequeños son especialmente importantes.

Porque cuando desaparecen las reglas, queda la relación de fuerzas.

Y en una relación exclusivamente basada en fuerzas, los pequeños siempre negocian desde abajo.

XVII. AMÉRICA LATINA NO DEBE ELEGIR AMO

Ésta puede ser una de las conclusiones más importantes para nuestra región.

América Latina corre el riesgo de interpretar la nueva bipolaridad con categorías del siglo XX:

Washington o Beijing.

Ese sería un error.

La verdadera autonomía no consiste en sustituir una dependencia por otra.

Consiste en poder relacionarse con ambos sin quedar subordinado a ninguno.

China ofrece mercados, infraestructura, inversión y tecnología.

Estados Unidos ofrece mercados, capital, tecnología, seguridad y vínculos institucionales históricos.

Ambas relaciones pueden ser beneficiosas.

Ambas pueden generar dependencias.

La pregunta latinoamericana debería ser:

¿qué capacidades debemos construir para poder decir sí cuando nos conviene y no cuando corresponde?

Eso es soberanía.

XVIII. URUGUAY TIENE UNA POSICIÓN PARTICULARMENTE INTERESANTE

Para Uruguay esta transformación mundial contiene una oportunidad.

No tenemos escala militar.

No tenemos escala industrial.

No tenemos grandes reservas de minerales estratégicos.

No tenemos un mercado capaz de condicionar decisiones globales.

Pero tenemos otro activo.

Instituciones.

Estado de derecho.

Democracia.

Educación.

Conectividad.

Capacidad digital.

Estabilidad.

En un mundo donde la confianza tecnológica será cada vez más escasa, esos atributos pueden adquirir valor geopolítico.

Por eso la discusión sobre convertir Uruguay en un espacio confiable para inteligencia artificial no debería reducirse a atraer centros de datos.

El verdadero proyecto podría ser mucho más ambicioso:

convertirse en un espacio confiable para gobernar tecnología bajo reglas democráticas.

Eso sí sería diferenciador.

XIX. LA CUMBRE MOSTRÓ TAMBIÉN LOS LÍMITES DE TRUMP

Existe finalmente una lectura sobre el poder estadounidense.

Trump llegó a esta etapa buscando demostrar capacidad para imponer condiciones.

Pero China resistió mejor de lo esperado las presiones comerciales. Reuters señaló tras la cumbre que el acuerdo comercial quedó extendido sólo provisionalmente y que los grandes desacuerdos permanecieron abiertos.

Esto demuestra algo importante.

Incluso la potencia militar y financiera más poderosa del planeta encuentra límites cuando enfrenta a un competidor de la escala china.

Los aranceles pueden presionar.

Las sanciones pueden modificar comportamientos.

Los controles tecnológicos pueden retrasar capacidades.

Pero ninguna de esas herramientas garantiza capitulación.

Trump descubrió el límite del poder coercitivo estadounidense.

Xi también conoce el suyo.

China puede desafiar a Estados Unidos.

Todavía no puede sustituirlo.

Por eso se sentaron a negociar.

XX. LO QUE REALMENTE ESTÁ EN JUEGO

No estamos simplemente observando una competencia entre dos presidentes.

Ni siquiera solamente entre dos países.

Estamos observando una disputa entre distintas maneras de organizar el poder en el siglo XXI.

¿Será un mundo de hegemonías?

¿De esferas de influencia?

¿De bloques tecnológicos?

¿De soberanías digitales?

¿De grandes corporaciones capaces de rivalizar con Estados?

¿De inteligencias artificiales controladas por gobiernos?

¿O podremos conservar un espacio donde el individuo continúe siendo el sujeto —y no el objeto— del desarrollo tecnológico?

Ahí está la cuestión LIBERTAS.

Porque finalmente la disputa entre Washington y Beijing no debería obligarnos a elegir acríticamente entre Estados Unidos y China.

LIBERTAS debe elegir otra cosa.

La libertad frente al poder.

La democracia frente a la concentración irreversible de autoridad.

La República frente al personalismo.

Los derechos frente a la razón de Estado.

El pensamiento libre frente al control cognitivo.

Y esto debe aplicarse con la misma exigencia a Beijing, Washington, Bruselas, Moscú o cualquier otro centro de poder.

LA PARADOJA TRUMP–XI

Trump necesita a Xi para contener a China.

Xi necesita a Trump para contener a Estados Unidos.

Estados Unidos necesita comerciar con el país al que intenta reducir su dependencia.

China necesita mercados y tecnologías del sistema cuya hegemonía intenta erosionar.

Ambos necesitan inteligencia artificial para obtener ventaja sobre el otro.

Y ambos empiezan a comprender que una inteligencia artificial fuera de control podría convertirse en un riesgo para los dos.

Ésa es la paradoja.

Quizá por eso la fotografía de Washington sea más importante que cualquier comunicado.

Dos hombres extraordinariamente poderosos sentados frente a frente descubriendo que el poder del otro les impide ejercer plenamente el propio.

Eso, en relaciones internacionales, tiene un nombre:

equilibrio de poder.

Pero LIBERTAS debe agregar algo que el realismo clásico suele olvidar.

El equilibrio entre Estados puede impedir una guerra.

No garantiza la libertad.

Para eso hacen falta ciudadanos, instituciones, derechos y límites.

Y ésa será probablemente la verdadera batalla política del mundo que viene.

SENTENCIA LIBERTAS

“El siglo XXI no se decidirá cuando sepamos si Estados Unidos o China ganó la carrera por la inteligencia artificial. Se decidirá cuando sepamos si esa inteligencia quedó al servicio de personas libres o convirtió a las personas en territorio de conquista.”

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