Una encuesta de Equipos Consultores muestra cambios en la autoubicación ideológica de los uruguayos. El dato abre una pregunta que va mucho más allá de izquierda y derecha: ¿podemos alejarnos ideológicamente sin dejar de reconocernos como integrantes de una misma República?
LIBERTAS — Libertad · Democracia · República
Una reciente encuesta de Equipos Consultores sobre la identificación ideológica de los uruguayos ofrece un dato que merece ser observado más allá de la disputa cotidiana entre gobierno y oposición.
De acuerdo con los resultados difundidos, se registra un desplazamiento en la autoubicación ideológica de los uruguayos hacia la derecha y una ampliación de la distancia entre quienes se identifican con posiciones de izquierda y quienes se ubican en la derecha.
El dato admite muchas interpretaciones.
La más inmediata sería afirmar que “Uruguay gira a la derecha”.
Pero desde LIBERTAS creemos que la encuesta permite formular una pregunta bastante más interesante.
¿Están cambiando las ideas de los uruguayos o está cambiando lo que los uruguayos entienden por izquierda, centro y derecha?
Y todavía existe otra pregunta, más importante para quienes observamos la realidad desde la defensa de la Libertad, la Democracia y la República:
si efectivamente aumenta la distancia ideológica entre los ciudadanos, ¿puede Uruguay preservar al mismo tiempo una de las características más valiosas de su cultura política: reconocer como legítimo a quien piensa diferente?
Conviene hacer aquí una precisión fundamental.
La encuesta de Equipos Consultores no demuestra por sí sola que Uruguay sea una sociedad polarizada.
Mide posicionamientos y permite observar desplazamientos ideológicos. La polarización democrática es un fenómeno bastante más complejo: supone estudiar no solamente dónde se ubican políticamente los ciudadanos, sino también cuánto rechazo sienten hacia quienes piensan diferente, cuánto confían en las instituciones y hasta qué punto están dispuestos a aceptar la legitimidad de una victoria electoral del adversario.
Por eso este artículo no pretende convertir una encuesta en una conclusión.
Pretende hacer algo diferente:
utilizar un dato de la opinión pública uruguaya como punto de partida para formular una advertencia republicana.
Porque tener diferencias no constituye un problema democrático.
La democracia existe precisamente porque somos diferentes.
El verdadero problema comienza cuando dejamos de reconocernos como integrantes legítimos de una misma comunidad política.
¿Uruguay se mueve o están cambiando nuestras categorías?
Las sociedades nunca permanecen ideológicamente inmóviles.
Cambian sus preocupaciones, expectativas y prioridades.
Seguridad, crecimiento económico, desigualdad, impuestos, tamaño del Estado, educación, inmigración, derechos individuales, políticas sociales, relaciones internacionales y transformación tecnológica forman hoy parte de una conversación política mucho más compleja que aquella que podía organizarse simplemente alrededor del eje izquierda-derecha.
Un ciudadano puede defender un Estado social fuerte y reclamar políticas más firmes en materia de seguridad.
Puede defender libertades individuales y simultáneamente cuestionar el crecimiento del Estado.
Puede reclamar políticas redistributivas y defender el mérito.
Puede considerarse progresista en determinados asuntos y conservador en otros.
Quizá, entonces, una parte de lo que registra la encuesta de Equipos no represente solamente ciudadanos desplazándose sobre un eje ideológico.
También podría estar desplazándose el significado de las categorías con las que intentamos clasificarlos.
Por eso el dato resulta políticamente interesante.
No solamente por dónde se ubican hoy los uruguayos.
Sino por qué significa para ellos ubicarse allí.
El verdadero problema no es derecha o izquierda
Desde una perspectiva republicana, que una sociedad cambie ideológicamente no debería generar alarma por sí mismo.
Los ciudadanos tienen derecho a cambiar.
A revisar sus convicciones.
A castigar gobiernos.
A experimentar con alternativas.
A equivocarse.
Y a volver a cambiar.
Eso es libertad política.
Si mañana otra encuesta mostrara un desplazamiento hacia la izquierda, el principio debería ser exactamente el mismo.
El problema republicano no comienza cuando una sociedad se mueve hacia la derecha o hacia la izquierda.
Comienza cuando la distancia ideológica se transforma en distancia moral.
Cuando dejamos de pensar:
“Está equivocado”.
Y comenzamos a pensar:
“Es una mala persona”.
Después puede llegar otro paso:
“No debería gobernar”.
Y finalmente el más peligroso:
“No debería tener derecho a gobernar aunque gane.”
En ese momento ya no estamos hablando simplemente de diferencias ideológicas.
Estamos hablando del deterioro de las reglas que permiten que una democracia exista.
Adversarios, no enemigos
Una de las palabras fundamentales de cualquier República es adversario.
El adversario compite conmigo.
Puede defender ideas que considero profundamente equivocadas.
Quiero derrotarlo electoralmente.
Pero reconozco su derecho a participar, expresarse, competir y eventualmente gobernar si obtiene el respaldo de los ciudadanos.
El enemigo pertenece a otra categoría.
Al enemigo no se lo convence.
No se negocia con él.
No se acepta su victoria.
Se busca eliminarlo.
Cuando una sociedad democrática comienza culturalmente a sustituir al adversario por el enemigo, las instituciones pueden continuar funcionando durante algún tiempo.
Puede seguir existiendo Parlamento.
Elecciones.
Tribunales.
Partidos políticos.
Pero algo esencial ya comenzó a deteriorarse:
la cultura que hace posible esas instituciones.
Uruguay todavía conversa
Y aquí aparece el contrapunto que hace especialmente interesante observar la encuesta de Equipos Consultores.
Mientras los datos sugieren movimientos en la identificación ideológica de la ciudadanía, Uruguay todavía conserva una característica institucional que debemos valorar: gobierno y oposición continúan reconociéndose como interlocutores.
Las diferencias pueden ser profundas.
Las campañas electorales pueden ser duras.
Las acusaciones pueden ser fuertes.
Pero todavía observamos dirigentes de distintos partidos sentándose alrededor de una misma mesa para discutir asuntos de Estado.
Ese comportamiento puede parecernos completamente normal.
No deberíamos asumir que lo es.
En numerosas democracias, la polarización ha avanzado hasta convertir la negociación con el adversario en una especie de traición a la propia identidad política.
Uruguay todavía parece conservar otra tradición.
Discutir, competir y después conversar.
El centro republicano no es el centro político
Esto merece una aclaración particularmente importante para LIBERTAS.
Defender una cultura de diálogo no significa defender políticamente “el centro”.
Una persona puede sostener ideas profundamente de izquierda y ser absolutamente republicana.
Otra puede sostener ideas profundamente de derecha y ser igualmente republicana.
Porque la moderación republicana no consiste en moderar nuestras convicciones.
Consiste en defenderlas sin negar la legitimidad democrática de quien sostiene las contrarias.
La República no necesita ciudadanos tibios.
Necesita ciudadanos democráticos.
Cuando el algoritmo encuentra nuestras diferencias
Existe, además, una nueva variable que las encuestas tradicionales apenas comienzan a capturar.
Las diferencias políticas actuales se desarrollan dentro de un ecosistema digital diseñado para conocer nuestras preferencias.
Los algoritmos descubren qué nos interesa.
Qué nos indigna.
Qué compartimos.
Qué rechazamos.
Y aprenden.
Si interactuamos con determinado contenido político, probablemente recibamos más contenido similar.
La consecuencia puede ser paradójica.
Creemos estar conociendo cada vez mejor el mundo cuando podemos estar conociendo cada vez mejor una versión del mundo construida alrededor de nuestras preferencias anteriores.
Dos uruguayos pueden vivir a pocas cuadras, trabajar juntos y votar en el mismo circuito electoral y, sin embargo, comenzar cada mañana observando representaciones completamente diferentes del Uruguay en el que viven.
Una democracia necesita diferencias.
Pero necesita también alguna realidad compartida sobre la cual discutir esas diferencias.
La pregunta que deja la encuesta
Por eso los datos de Equipos Consultores son interesantes no porque permitan anunciar que Uruguay se convirtió en otra cosa.
No lo permiten.
Son interesantes porque funcionan como una señal.
Nos obligan a preguntarnos qué está cambiando.
¿Las preferencias electorales?
¿Las identidades partidarias?
¿Las prioridades de los ciudadanos?
¿El significado de izquierda y derecha?
¿O también está comenzando a cambiar la relación que tenemos con quienes se ubican en el otro extremo?
Esta última pregunta es la que más debería interesarnos.
Porque una democracia puede sobrevivir perfectamente a un desplazamiento hacia la izquierda.
Puede sobrevivir perfectamente a un desplazamiento hacia la derecha.
Lo que difícilmente puede sobrevivir indefinidamente es a ciudadanos que dejan de reconocerse mutuamente como miembros legítimos de la misma comunidad política.
Lo verdaderamente importante
Quizá dentro de algunos años descubramos que una de las mayores fortalezas de Uruguay no era que los uruguayos pensábamos parecido.
Era algo bastante más sofisticado:
pensábamos diferente y, aun así, conseguíamos vivir juntos.
Detrás de cada Parlamento, tribunal, elección y gobierno existe un acuerdo invisible:
Perdí.
Ganaste.
Gobernás.
Te controlo.
Te critico.
Intentaré derrotarte en la próxima elección.
Y si entonces gano yo, espero que vos hagas exactamente lo mismo.
Esa secuencia contiene una de las conquistas más extraordinarias de la civilización política.
Reemplaza la fuerza por el voto.
La imposición por la discusión.
El enemigo por el adversario.
La violencia por procedimientos.
Por eso la encuesta de Equipos Consultores debería interesarnos mucho más allá de determinar si Uruguay se desplazó algunos puntos hacia un lado u otro del espectro político.
Nos ofrece la oportunidad de hacernos una pregunta bastante más importante:
¿Podemos alejarnos ideológicamente sin alejarnos democráticamente?
Una República no necesita ciudadanos que piensen igual.
Necesita ciudadanos capaces de vivir juntos pensando diferente.
Uruguay todavía parece conservar esa capacidad.
Y precisamente por eso no deberíamos esperar a perderla para comenzar a defenderla.
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