Una crónica de LIBERTAS sobre el encuentro de las izquierdas latinoamericanas
Montevideo se ha convertido esta semana en uno de los principales centros de reunión del progresismo continental.
Dirigentes políticos, parlamentarios, expresidentes, académicos y referentes de la izquierda de América Latina, América del Norte y Europa participan de una sucesión de encuentros que comenzó el 17 de agosto y que culminará con el III Congreso Panamericano, entre el 21 y el 23 de agosto.
No se trata de una reunión menor. Más de cien dirigentes y representantes de alrededor de quince países llegan a Uruguay para discutir democracia, integración regional, desigualdad, inteligencia artificial, soberanía digital, transformaciones del trabajo y, fundamentalmente, cómo debe responder el progresismo ante el nuevo escenario político continental.
Desde LIBERTAS observamos este encuentro con atención.
Y también con una pregunta que planteamos antes de que comenzaran estas reuniones y que hoy adquiere todavía mayor vigencia:
¿Puede defenderse verdaderamente la democracia cuando se condenan algunos autoritarismos mientras se guarda silencio frente a otros?
Una izquierda que busca reorganizarse
Hay algo que resulta evidente en las reuniones que se desarrollan en Montevideo: el progresismo latinoamericano sabe que atraviesa un momento de redefinición.
Los propios organizadores reconocen la necesidad de revisar estrategias, intercambiar experiencias y construir respuestas frente a un escenario internacional profundamente diferente al de comienzos del siglo XXI. Incluso se ha planteado la necesidad de realizar una autocrítica después de recientes derrotas electorales.
Eso es legítimo.
Las democracias necesitan partidos fuertes, ideas en competencia y organizaciones capaces de revisar sus propios errores.
Pero precisamente por eso esta reunión representa también una extraordinaria oportunidad.
La oportunidad de que la izquierda democrática latinoamericana establezca con claridad dónde termina el progresismo y dónde comienza el autoritarismo.
El problema de los dobles estándares
LIBERTAS lo señaló antes del comienzo del Congreso: la democracia no admite dobles estándares.
La democracia no admite dobles estándares – Libertas
No alcanza con denunciar los riesgos autoritarios cuando provienen de adversarios ideológicos.
La verdadera prueba democrática aparece cuando quien vulnera las instituciones pertenece al propio espacio político.
Si la democracia es un valor universal, debe defenderse en Washington, Buenos Aires, Montevideo, Caracas, Managua, La Habana o cualquier otro lugar.
No existen derechos humanos de izquierda y derechos humanos de derecha.
No existe libertad de expresión progresista y libertad de expresión conservadora.
No existen presos políticos aceptables dependiendo de quién gobierne.
Existen —o deberían existir— democracia, derechos humanos, libertad, pluralismo, separación de poderes y elecciones auténticamente competitivas.
Ese es el punto sobre el cual Montevideo debería hablar con particular claridad.
Una reunión importante, pero también una prueba
El encuentro reúne sensibilidades muy diferentes. Hay socialdemócratas, progresistas, sectores de izquierda latinoamericana y representantes del Partido Demócrata estadounidense. Entre los participantes anunciados aparecen dirigentes como Yamandú Orsi, Carolina Cosse, Axel Kicillof, Jeannette Jara y legisladores estadounidenses, además de representantes políticos de numerosos países.
Precisamente esa diversidad convierte al Congreso en una oportunidad.
Porque el debate no debería limitarse a cómo enfrentar electoralmente a las derechas o a cómo construir una nueva estrategia progresista continental.
La pregunta previa debería ser mucho más sencilla:
¿Qué democracia queremos defender?
Si la respuesta es una democracia liberal, pluralista y republicana, entonces deberían existir algunos mínimos compartidos que no dependan de las circunstancias políticas.
Elecciones libres y competitivas.
Alternancia en el poder.
Independencia judicial.
Libertad de prensa.
Respeto a la oposición.
Protección de las minorías.
Libertad de asociación.
Separación de poderes.
Respeto irrestricto de los derechos humanos.
No deberían ser principios negociables.
Uruguay tiene una responsabilidad particular
Que este encuentro tenga lugar en Montevideo posee además un significado especial.
Uruguay ha construido durante décadas un prestigio internacional asociado a su estabilidad institucional, su sistema de partidos, su cultura republicana y su capacidad de convivencia democrática.
Ese capital institucional pertenece a todos los uruguayos.
Por eso sería deseable que Montevideo no fuera simplemente el escenario de una reorganización política continental.
Podría convertirse en algo bastante más importante:
el lugar donde una parte significativa de la izquierda latinoamericana reafirme sin ambigüedades su compromiso con la democracia, incluso cuando hacerlo implique cuestionar gobiernos ideológicamente cercanos.
Ese sería un mensaje poderoso.
No alcanza con advertir sobre la derecha
Buena parte de los debates de esta semana están atravesados por la preocupación frente al crecimiento de movimientos de derecha y de nuevas expresiones políticas consideradas autoritarias por los participantes. También aparecen las transformaciones geopolíticas, el papel de Estados Unidos, la desigualdad, la inteligencia artificial y la soberanía digital.
Son discusiones legítimas.
Pero una defensa verdaderamente democrática necesita mirar en todas las direcciones.
Porque cuando la democracia comienza a evaluarse según la identidad ideológica de quien gobierna, deja lentamente de ser un principio para transformarse en un instrumento.
Y allí comienza el problema.
Montevideo puede enviar otro mensaje
Desde LIBERTAS no cuestionamos que las fuerzas progresistas se reúnan.
Todo lo contrario.
La libertad política incluye precisamente el derecho de organizarse, debatir ideas, construir alianzas y buscar alternativas de gobierno.
Eso también es democracia.
Pero la misma libertad que permite hoy estas reuniones en Montevideo debe reclamarse para quienes piensan distinto en cualquier país del continente.
La libertad no puede depender del color político del gobierno.
Los derechos humanos no pueden depender de afinidades ideológicas.
La democracia no puede ser defendida solamente cuando beneficia a los nuestros.
Por eso estos días Montevideo no es únicamente la capital circunstancial del progresismo continental.
Es también el escenario de una pregunta mucho más profunda.
Una pregunta que atraviesa a izquierdas y derechas por igual:
¿estamos dispuestos a defender la democracia cuando quien la amenaza pertenece a nuestro propio espacio político?
La respuesta definirá buena parte de la calidad democrática de América Latina durante los próximos años.
En LIBERTAS nuestra posición permanece inalterada:
la libertad no tiene ideología, los derechos humanos no tienen partido y la democracia no admite dobles estándares.
LIBERTAS, por la Libertad, la Democracia y la República
