Lo ocurrido con Marcos Israel y una señal que Uruguay no debería ignorar
Por LIBERTAS
Lo ocurrido recientemente con Marcos Israel en el Centro Universitario Regional del Este (CURE) merece ser observado más allá de la discusión puntual que pudo desarrollarse en aquella sala.
Porque Marcos Israel no representa solamente una posición sobre un conflicto internacional. Es un ciudadano uruguayo, una figura representativa de la comunidad judía y una persona con una destacada trayectoria de participación social e institucional. Actualmente integra, además, el directorio de la Institución Nacional de Derechos Humanos y Defensoría del Pueblo.
Por eso, el verdadero interrogante no debería ser si compartimos cada una de sus palabras.
La pregunta debería ser otra:
¿Qué está sucediendo en Uruguay para que el antisemitismo vuelva a convertirse en un asunto sobre el cual debemos encender señales de alarma?
No estamos hablando de un hecho aislado
Sería sencillo reducir lo sucedido en el CURE a una controversia política. Pero hacerlo significaría perder de vista el contexto.
Desde octubre de 2023 se vienen registrando en Uruguay episodios que, considerados en conjunto, resultan preocupantes: pintadas con esvásticas, vandalización de símbolos vinculados a la comunidad judía, expresiones de odio, amenazas, agresiones verbales y hostigamientos.
La propia Institución Nacional de Derechos Humanos resolvió en 2026 crear un grupo de trabajo específico sobre antisemitismo ante lo que diferentes organizaciones habían identificado como un “aumento sostenido” de expresiones y acciones antisemitas.
También hemos visto episodios particularmente inquietantes porque afectan la vida cotidiana: adolescentes perseguidos e insultados por ser judíos, vandalizaciones contra espacios religiosos y símbolos nazis utilizados deliberadamente para intimidar.
Cada acontecimiento, considerado individualmente, puede parecer pequeño.
El problema comienza cuando dejamos de mirarlos individualmente.
Una pintada.
Un insulto.
Una amenaza.
Una persona señalada.
Una institución vandalizada.
Un adolescente perseguido.
Una voz que empieza a resultar incómoda simplemente por representar a determinada comunidad.
Cuando los puntos comienzan a conectarse aparece algo que una sociedad democrática tiene la obligación de observar.
Marcos Israel es, antes que cualquier otra cosa, un ciudadano uruguayo
Existe una cuestión elemental que parece necesario recordar.
Marcos Israel es uruguayo.
Los integrantes de la comunidad judía uruguaya son uruguayos.
Sus derechos, su libertad, su seguridad y su posibilidad de participar plenamente de la vida pública no pueden quedar condicionados por las acciones del gobierno de otro país.
Esta distinción resulta fundamental.
Es absolutamente legítimo cuestionar al gobierno de Israel. Es legítimo manifestarse por la situación de la población palestina. Es legítimo discutir el sionismo, la guerra en Gaza, las decisiones de Benjamin Netanyahu o cualquier aspecto de la política internacional.
Pero un ciudadano judío de Uruguay no puede transformarse en representante obligatorio de las decisiones del Estado de Israel.
Esa asociación constituye precisamente uno de los mecanismos históricos mediante los cuales comienza a operar el prejuicio: convertir una identidad en una responsabilidad colectiva.
No podemos aceptarlo.
Hay algo más profundo que está cambiando
Quizás el fenómeno más preocupante no sean siquiera las expresiones extremas.
Es la progresiva naturalización de determinadas palabras, símbolos y actitudes.
Las democracias rara vez pierden su cultura de convivencia de un día para otro.
Primero cambia el lenguaje.
Después cambia aquello que estamos dispuestos a tolerar.
Más tarde cambia aquello frente a lo cual dejamos de indignarnos.
Y finalmente aparecen conductas que algunos años antes hubieran resultado socialmente inadmisibles.
Por eso el antisemitismo debe preocuparnos incluso cuando afecta a una comunidad relativamente pequeña dentro de nuestra sociedad.
Porque la calidad de una democracia no se mide solamente por cómo vive la mayoría. Se mide especialmente por la seguridad y la libertad con las que pueden vivir sus minorías.
No es una discusión entre judíos y no judíos
Este punto resulta central para LIBERTAS.
Combatir el antisemitismo no es una responsabilidad de la comunidad judía.
Es una responsabilidad de todos los demócratas.
De la misma manera que combatir cualquier forma de discriminación no corresponde exclusivamente a quienes la padecen.
Cuando una persona es intimidada por su religión, origen o identidad, la cuestión deja de pertenecer solamente a esa persona.
Pasa a involucrar a toda la República.
Porque mañana la minoría puede ser otra.
La historia demuestra que las sociedades que comienzan clasificando ciudadanos terminan inevitablemente debilitando el concepto mismo de ciudadanía.
La Universidad tiene además una responsabilidad especial
Que un episodio de estas características se produzca en un ámbito universitario agrega una dimensión particular.
La Universidad debe ser el territorio del pensamiento crítico, de la discusión intensa y de la confrontación intelectual.
Precisamente por eso debe ser también uno de los principales espacios de protección de la pluralidad.
Una Universidad verdaderamente libre no es aquella en la que todos coinciden.
Es aquella en la que alguien puede decir algo profundamente incómodo y otro puede responderle con la misma libertad.
El límite no debería ser la incomodidad.
El límite debe ser la intimidación.
Porque cuando determinadas personas comienzan a sentir que algunos ámbitos académicos, culturales o sociales ya no son espacios donde pueden expresarse libremente, tenemos un problema que excede ampliamente a quienes lo padecen.
Uruguay debe mirarse a sí mismo
Tenemos razones para sentir orgullo de nuestra tradición republicana.
Uruguay construyó durante generaciones una cultura de integración, laicidad, tolerancia y convivencia que constituye uno de nuestros mayores patrimonios.
Pero precisamente por eso no deberíamos pensar que somos inmunes.
Ninguna democracia lo es.
El antisemitismo no nació en sociedades primitivas. Alcanzó algunas de sus expresiones más terribles en sociedades altamente educadas, culturalmente sofisticadas y políticamente desarrolladas.
La educación por sí sola no inmuniza contra el odio.
Las instituciones tampoco.
Necesitan ciudadanos dispuestos a defenderlas.
La frontera que debemos cuidar
Existe una frontera sencilla y debemos ser extremadamente claros al respecto:
Criticar a Israel no es antisemitismo.
Pero responsabilizar a los judíos uruguayos por Israel sí puede convertirse en antisemitismo.
Defender los derechos del pueblo palestino no es antisemitismo.
Pero utilizar esa causa para justificar insultos, amenazas o estereotipos contra los judíos es otra cosa.
Discutir políticamente con Marcos Israel es democracia.
Pero convertir su pertenencia comunitaria en motivo de señalamiento, deslegitimación o hostilidad constituye una señal que merece nuestra atención.
Mantener estas diferencias no debilita ninguna causa.
Fortalece la democracia.
La libertad empieza por la libertad del otro
Para LIBERTAS, lo sucedido debe ser leído desde nuestros tres principios fundamentales: Libertad, Democracia y República.
Libertad significa poder vivir y expresarse sin miedo por nuestra identidad.
Democracia significa aceptar que el espacio público pertenece también a quienes piensan distinto.
República significa que antes que integrantes de comunidades, religiones, partidos o colectivos somos ciudadanos iguales ante la ley.
Por eso defender hoy a un ciudadano judío frente al antisemitismo no constituye una toma de posición sobre Medio Oriente.
Constituye una toma de posición sobre Uruguay.
Y quizá allí esté la cuestión fundamental.
No necesitamos esperar a que aparezcan acontecimientos extraordinariamente graves para reaccionar.
Las sociedades democráticas inteligentes detectan las señales cuando todavía parecen pequeñas.
Una pintada importa.
Una amenaza importa.
Un adolescente perseguido importa.
Una sinagoga vandalizada importa.
Y lo que le sucede a una persona reconocida por su trayectoria social e institucional también importa.
No porque pensemos igual.
Sino porque somos ciudadanos de la misma República.
El antisemitismo nunca es solamente un problema de los judíos.
Es una señal sobre la sociedad en la que aparece.
Y si alguna vez permitimos que un uruguayo tenga menos libertad, menos seguridad o menos derecho a participar del espacio público por ser judío, el que habrá perdido libertad no será solamente él.
Habremos perdido libertad todos.
Porque la República comienza exactamente allí: cuando la libertad del otro nos importa tanto como la nuestra.
LIBERTAS, por la Libertad, la Democracia y la República.

