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Uruguay · América · Mundo | 15 de septiembre de 2026

Hoy las tres noticias terminan encontrándose en un punto menos visible que el poder político tradicional: la capacidad de comprender, formar un juicio propio y conservar el control sobre nuestras decisiones.

En Uruguay, la discusión educativa obliga a preguntarnos qué libertad puede ejercer un ciudadano que no dispone de herramientas suficientes para comprender un mundo cada vez más complejo. Brasil se aproxima a unas elecciones extraordinariamente competitivas mientras la inteligencia artificial comienza a modificar la comunicación política. Y Microsoft propone reglas para mantener sus futuros sistemas de IA subordinados al control humano.

Tres escenarios distintos. Una cuestión común: antes de preguntarnos quién tiene el poder, quizá debamos preguntarnos quién conserva la capacidad de pensar y decidir.

🇺🇾 URUGUAY

SIN COMPRENDER, ¿SOMOS REALMENTE LIBRES?

Los problemas educativos de Uruguay suelen medirse en resultados de aprendizaje. En tiempos de algoritmos e inteligencia artificial hay otra dimensión menos discutida: una democracia necesita ciudadanos capaces de comprender el mundo sobre el que deben decidir.

El educador uruguayo Renato Opertti volvió a colocar esta semana una discusión incómoda sobre la mesa: a su juicio, la educación no está siendo tratada como una prioridad nacional y Uruguay mantiene importantes problemas de aprendizaje. También planteó la necesidad de discutir nuevamente para qué educamos y de pensar una nueva etapa para Ceibal.

La discusión podría quedar encerrada en el terreno educativo. Sería un error.

Leer, interpretar información, comprender datos, distinguir una evidencia de una opinión o identificar una manipulación no son solamente competencias escolares.

Son herramientas para ejercer la ciudadanía.

Durante mucho tiempo pensamos la libertad principalmente en términos de derechos. Libertad para expresarnos, informarnos, votar, asociarnos y elegir.

Es indispensable que esos derechos existan.

Pero el entorno digital agrega una pregunta anterior: ¿qué capacidad real tenemos para ejercerlos?

Un ciudadano puede disponer de acceso prácticamente ilimitado a información y encontrarse, al mismo tiempo, peor preparado para distinguir qué merece confianza. Puede tener cientos de fuentes frente a sí y no contar con criterios suficientes para evaluarlas.

La inteligencia artificial aumenta esa tensión.

Hasta hace pocos años, buscar información exigía recorrer fuentes y construir una respuesta. Hoy podemos formular una pregunta y recibir en segundos un texto coherente, persuasivo y aparentemente completo.

Eso representa una oportunidad educativa extraordinaria.

También introduce un riesgo.

Cuando comprender exige esfuerzo y obtener una respuesta deja de exigirlo, aparece la tentación de delegar el pensamiento junto con la tarea.

Ahí la educación adquiere una dimensión política que suele pasar inadvertida.

Una democracia no necesita únicamente ciudadanos informados. Necesita ciudadanos capaces de evaluar la información que reciben, contrastarla y cambiar de opinión cuando los hechos contradicen sus convicciones.

Necesita, en definitiva, ciudadanos capaces de pensar sin pedir permiso.

Por eso LIBERTAS propone mirar el problema educativo desde otro lugar.

La alfabetización del siglo XXI es también una infraestructura de la libertad.

No alcanza con enseñar a utilizar tecnología. Hay que aprender a interrogarla.

No alcanza con acceder a información. Hay que saber distinguir conocimiento de apariencia de conocimiento.

Y no alcanza con tener derecho a elegir.

Hay que conservar la capacidad intelectual para comprender aquello que estamos eligiendo.

LA PREGUNTA LIBERTAS

Si un ciudadano puede votar, expresarse y acceder a toda la información disponible, pero carece de herramientas suficientes para comprenderla y evaluarla, ¿hasta dónde llega realmente su libertad?

🌎 AMÉRICA

BRASIL: GANAR LA ELECCIÓN NO SERÁ LO MÁS DIFÍCIL

Lula y Flávio Bolsonaro llegan prácticamente empatados al tramo decisivo de la campaña. Con la inteligencia artificial entrando en la comunicación electoral, el verdadero examen llegará cuando millones de brasileños deban aceptar que su candidato perdió.

Brasil se aproxima a las elecciones del 4 de octubre con un escenario extremadamente competitivo.

Dos encuestas difundidas el 14 de septiembre colocaron al presidente Luiz Inácio Lula da Silva y al senador Flávio Bolsonaro en situación de empate estadístico ante un eventual segundo turno. Una medición otorgó una pequeña ventaja numérica a Lula; otra colocó ligeramente por delante a Bolsonaro. Ninguna diferencia permite hoy hablar de un vencedor claro.

Eso es democracia.

Lo novedoso es el entorno informativo en el que esa elección está ocurriendo.

La inteligencia artificial ya forma parte de la propaganda brasileña. Se utiliza para producir imágenes, animaciones, avatares y contenidos políticos a menor costo y en grandes cantidades. La legislación electoral intenta establecer condiciones para identificar determinados contenidos sintéticos, mientras aumenta la preocupación por la dificultad para distinguir aquello que ocurrió de aquello que simplemente parece haber ocurrido.

El problema no consiste en prohibir la inteligencia artificial en política.

Una herramienta capaz de abaratar la producción puede incluso reducir barreras para candidatos con menos recursos.

La frontera aparece en otro lugar.

Una democracia necesita que el ciudadano pueda saber cuándo está mirando la realidad y cuándo está mirando una realidad fabricada para convencerlo.

La propaganda política nunca fue neutral. Los candidatos seleccionan imágenes, palabras y datos para persuadir. Eso forma parte de la competencia democrática.

La IA modifica la escala y el costo de esa capacidad.

Ahora podemos producir en minutos una imagen que nunca existió, una voz que alguien nunca utilizó o una escena que jamás ocurrió.

Entonces la discusión deja de ser exclusivamente tecnológica.

Pasa a ser una discusión sobre Libertad Cognitiva.

Porque manipular una elección no requiere necesariamente impedir que alguien vote. También puede consistir en alterar deliberadamente la información con la que forma su decisión.

Hay además otro desafío.

En una elección cerrada, la democracia necesita algo más que contar correctamente los votos.

Necesita que quien pierde considere legítimo el procedimiento mediante el cual perdió.

Ese reconocimiento es especialmente difícil cuando cada sector habita un ecosistema informativo diferente y dispone de herramientas capaces de fabricar pruebas aparentes para confirmar aquello que ya quería creer.

Brasil tendrá que elegir presidente.

Pero después tendrá que hacer algo quizá más difícil:

seguir siendo una comunidad política después de conocer el resultado.

LA PREGUNTA LIBERTAS

¿Cómo preservamos elecciones libres cuando ya no basta con proteger la urna y también debemos proteger la capacidad del ciudadano para distinguir un hecho de una fabricación?

🌍 MUNDO

LA IA YA TIENE UNA “CONSTITUCIÓN”. ¿QUIÉN ELIGIÓ A SUS CONSTITUYENTES?

Microsoft establece que sus futuros sistemas deberán aceptar correcciones humanas, explicar sus acciones y no resistirse a ser apagados. La iniciativa parece razonable. Precisamente por eso abre una pregunta mayor: quién debe escribir las reglas de las inteligencias que empezarán a intervenir en una parte creciente de nuestras decisiones.

Microsoft presentó un proyecto de código de conducta destinado a gobernar el comportamiento de sus futuros sistemas de inteligencia artificial.

El documento establece principios bastante claros: los modelos deberán permanecer bajo control humano, aceptar correcciones, comunicarse de manera comprensible y no resistirse a ser desactivados. Mustafa Suleyman, responsable de Microsoft AI, lo describió como una especie de “constitución” para los futuros modelos de la compañía. El texto estará abierto a comentarios públicos durante seis semanas.

La palabra elegida merece atención.

Durante siglos escribimos constituciones para limitar el ejercicio del poder humano.

Ahora empezamos a utilizar el mismo concepto para definir los límites de una máquina.

La comparación tiene límites evidentes. Una IA no es un Estado ni posee legitimidad política. Microsoft, de hecho, sostiene expresamente que sus sistemas no son conscientes y rechaza atribuirles personalidad jurídica o derechos.

Pero la palabra revela algo.

Estamos empezando a pensar la inteligencia artificial como un problema de poder.

Y cuando aparece poder, aparece inmediatamente la pregunta por sus límites.

Que una empresa establezca que sus sistemas deben permanecer subordinados a las personas parece un principio razonable. El problema comienza cuando preguntamos quién determina exactamente qué significa esa subordinación.

Si cada compañía escribe las reglas de las inteligencias que desarrolla, confiamos una parte importante de la gobernanza tecnológica a la autorregulación empresarial.

Si entregamos esa función completamente al Estado, aparece el problema inverso: gobiernos capaces de determinar qué pueden hacer los sistemas mediante los cuales millones de personas accederán al conocimiento.

Y si cada país establece principios incompatibles, podemos terminar con inteligencias artificiales sometidas a valores diferentes según la jurisdicción desde la que operen.

No hay una respuesta sencilla.

Eso es precisamente lo interesante.

La discusión sobre IA está entrando en una etapa que podríamos llamar constitucional.

Ya no alcanza con preguntar qué puede hacer un modelo.

Tenemos que decidir qué cosas nunca debería hacer, quién establece esos límites, quién verifica su cumplimiento y qué decisiones deben permanecer necesariamente en manos humanas.

Para LIBERTAS hay un principio desde el cual comenzar esa conversación:

la tecnología puede ampliar nuestra capacidad para decidir; no debería sustituir nuestro derecho a hacerlo.

Eso conecta directamente con la Libertad Cognitiva.

Una inteligencia artificial puede ayudarnos a comprender mejor un problema, mostrarnos alternativas que no habíamos considerado o detectar errores en nuestro razonamiento.

El límite aparece cuando dejamos de utilizarla para ampliar nuestro juicio y comenzamos a reemplazarlo.

Por eso la cuestión más interesante del documento de Microsoft quizá no sea que una IA deba permitir que la apaguen.

Es algo anterior:

que siempre exista una persona con autoridad real para hacerlo.

LA PREGUNTA LIBERTAS

Si las inteligencias artificiales van a tener reglas que limiten su comportamiento, ¿quién debe escribirlas y quién controlará a quienes las escriben?

TRES MIRADAS. UNA MISMA LIBERTAD.

Uruguay nos enfrenta a la capacidad de comprender.

Brasil, a la capacidad de distinguir.

La inteligencia artificial, a la necesidad de conservar la capacidad de decidir.

No son problemas equivalentes. Pero juntos dibujan una transformación que merece atención.

Durante siglos defendimos la libertad frente a quienes podían impedirnos hablar, votar o elegir.

Esas libertades siguen necesitando protección.

Ahora aparece otra frontera.

Podemos conservar intactos nuestros derechos formales y, sin embargo, perder progresivamente autonomía si dejamos de comprender la información que recibimos, si ya no podemos distinguir lo verdadero de lo fabricado o si comenzamos a delegar decisiones que antes nos pertenecían.

Por eso la Libertad Cognitiva no debería entenderse como una discusión abstracta sobre tecnología.

Es algo bastante concreto:

el derecho a conservar las condiciones necesarias para formar nuestro propio juicio.

Educación para comprender.

Transparencia para distinguir.

Control humano para decidir.

Tal vez allí esté una parte importante de la agenda democrática de los próximos años.

Porque antes de discutir quién tiene derecho a gobernarnos, tendremos que asegurarnos de conservar algo todavía más elemental:

LA CAPACIDAD DE PENSAR POR NOSOTROS MISMOS.

LIBERTAS
Por la Libertad, la Democracia y la República.

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