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URUGUAY · AMÉRICA · MUNDO

La democracia antes de perderse

Las democracias rara vez desaparecen en un instante. Antes de que una elección deje de ser libre, un Parlamento pierda relevancia o un gobierno elimine definitivamente los contrapesos, suele producirse un deterioro menos visible: los ciudadanos empiezan a desconfiar de las instituciones y algunos comienzan a preguntarse si esas reglas siguen siendo necesarias.

Las tres miradas de hoy recorren distintos momentos de ese problema. Uruguay continúa siendo una de las democracias más sólidas de América Latina, pero aparecen señales de desafección que merecen atención. Nicaragua muestra el extremo al que puede llegar una erosión prolongada de libertades y contrapesos. Alemania, desde su propia memoria histórica, vuelve a advertir sobre polarización, extremismos y pérdida de confianza democrática.

🇺🇾 URUGUAY

EL 45% QUE DEBERÍA PREOCUPARNOS

Cuando resolver los problemas empieza a importar más que la democracia

Uruguay conserva una posición excepcional dentro de América Latina.

Instituciones estables, alternancia política, elecciones competitivas, libertades públicas y una larga tradición republicana continúan diferenciándolo de buena parte de la región.

Precisamente por eso algunos resultados recientes del Latinobarómetro merecen ser observados sin dramatismo, pero también sin complacencia.

El apoyo explícito a la democracia como forma preferible de gobierno descendió al 64%. Y un dato resulta especialmente inquietante: 45% de los consultados afirma que no le importaría que llegara al poder un gobierno no democrático si fuera capaz de resolver los problemas.

El dato no significa que el 45% de los uruguayos quiera una dictadura.

Interpretarlo así sería incorrecto.

Expresa algo posiblemente más complejo: una parte importante de la ciudadanía parece dispuesta a relativizar el valor de las formas democráticas cuando percibe que las instituciones no responden adecuadamente a sus problemas.

Ahí aparece una señal que merece atención.

Porque las democracias no compiten solamente contra las dictaduras.

Compiten también contra una promesa mucho más seductora:

la eficacia sin límites.

El autoritarismo rara vez se presenta ante una sociedad diciendo que quiere quitarle derechos.

Promete resolver.

Promete ordenar.

Promete decidir rápidamente.

Promete terminar con los obstáculos.

Y esos obstáculos suelen tener nombres conocidos: Parlamento, Justicia, oposición, prensa, procedimientos, controles.

Precisamente las instituciones que pueden parecer lentas son las que impiden que alguien concentre todo el poder.

Una República tiene costos.

Negociar lleva tiempo.

Construir mayorías demora.

Los tribunales pueden frenar decisiones.

La oposición incomoda.

La prensa cuestiona.

Los organismos de control exigen explicaciones.

Pero esa aparente ineficiencia contiene una virtud política decisiva: nadie puede decidirlo todo.

Uruguay debería prestar atención además a otros datos del estudio.

Una mayoría importante de ciudadanos declara no sentirse representada adecuadamente por diputados y senadores. También existe una fuerte desconfianza sobre la utilización de los recursos públicos.

El problema, entonces, no se resuelve simplemente diciéndole a la ciudadanía que debe valorar más la democracia.

Las instituciones también tienen responsabilidades.

Deben representar mejor.

Explicar mejor.

Rendir cuentas.

Responder con mayor eficacia.

Transparentar sus decisiones.

La democracia no puede pedir confianza como un acto de fe.

Tiene que merecerla.

La advertencia del Latinobarómetro debería ser recibida precisamente desde allí.

No como anuncio de una crisis democrática inmediata.

Como una señal temprana.

Uruguay continúa teniendo una democracia fuerte.

La pregunta es qué estamos haciendo para que la próxima generación considere que vale la pena conservarla.

🌎 AMÉRICA

NICARAGUA Y LA SOLEDAD DE LOS DERECHOS

¿Qué puede hacer América cuando una democracia deja de serlo?

La Organización de los Estados Americanos volvió a colocar a Nicaragua en el centro de la discusión regional.

La OEA reclama el restablecimiento de libertades civiles, información sobre presos políticos y desaparecidos, y condiciones que permitan recuperar una competencia política efectiva.

Pero Nicaragua abandonó formalmente la organización en 2023.

Y esa circunstancia expone una debilidad mucho mayor del sistema interamericano.

¿Qué ocurre cuando un Estado acepta reglas democráticas mientras le resultan convenientes y abandona progresivamente los mecanismos regionales cuando empiezan a cuestionar su conducta?

La experiencia nicaragüense resulta especialmente relevante porque muestra que el deterioro democrático no comienza necesariamente con la abolición de las elecciones.

Puede comenzar mucho antes.

Cuando se debilita la independencia judicial.

Cuando aumenta la presión sobre periodistas.

Cuando organizaciones civiles pierden espacio.

Cuando la oposición empieza a competir en condiciones cada vez más desiguales.

Cuando determinadas voces son perseguidas.

Cuando las reglas electorales dejan de ofrecer garantías suficientes.

Cada paso puede justificarse individualmente.

Seguridad.

Estabilidad.

Orden público.

Defensa de la soberanía.

Protección frente a supuestas conspiraciones.

Pero cuando esos pasos se acumulan, llega un momento en que todavía existen instituciones con nombres democráticos mientras desaparecen las condiciones que les daban contenido.

Ese es uno de los aprendizajes más importantes del deterioro democrático contemporáneo.

Una democracia puede vaciarse antes de desaparecer formalmente.

Nicaragua plantea además un dilema difícil para América Latina.

El principio de soberanía es indispensable.

Ningún país debería decidir unilateralmente quién gobierna otro Estado.

Pero la soberanía tampoco puede convertirse en una barrera detrás de la cual cualquier gobierno pueda eliminar derechos fundamentales sin recibir cuestionamientos.

La tradición interamericana intentó resolver esa tensión mediante una idea sencilla: democracia y derechos humanos no son solamente asuntos internos.

Son compromisos asumidos voluntariamente por los propios Estados.

El problema aparece cuando faltan instrumentos eficaces para hacerlos cumplir.

La OEA puede denunciar.

Puede documentar.

Puede presionar diplomáticamente.

Puede mantener abierta la cuestión.

Pero su capacidad para modificar la conducta de un régimen que decidió aislarse del sistema es limitada.

Por eso Nicaragua plantea una pregunta que América todavía no ha resuelto:

¿cómo se defiende colectivamente la democracia sin convertir su defensa en una forma de intervención?

No existe una respuesta sencilla.

Pero existe una certeza.

El silencio regional tampoco es neutral.

Cuando una sociedad pierde progresivamente sus libertades, mirar hacia otro lado también produce consecuencias.

🌍 MUNDO

EL FANTASMA DE WEIMAR

Cuando los ciudadanos siguen votando pero empiezan a dejar de creer en la democracia

Alemania celebró el aniversario de su reunificación con una advertencia poco habitual.

El presidente Frank-Walter Steinmeier habló sobre polarización, extremismos, desinformación y debilitamiento de la confianza democrática. Y recurrió a una referencia que en Alemania posee un peso histórico extraordinario:

Weimar.

La comparación exige prudencia.

Alemania en 2026 no es la República de Weimar de comienzos de la década de 1930.

Tiene instituciones democráticas consolidadas, una Constitución construida precisamente para impedir la repetición de aquella experiencia, una sociedad civil fuerte y mecanismos de control que Weimar no poseía en la misma medida.

Convertir cualquier crecimiento de fuerzas extremistas en una repetición automática de los años treinta trivializaría la historia.

Pero la advertencia de Steinmeier apunta hacia algo más profundo.

Weimar no desapareció únicamente porque existieran enemigos de la democracia.

También se debilitó porque una parte creciente de la sociedad dejó de considerar que el sistema democrático merecía ser defendido.

Ese fenómeno merece atención en las democracias actuales.

Un ciudadano puede continuar votando y, al mismo tiempo, dejar de creer en la legitimidad de sus adversarios.

Puede defender elecciones únicamente cuando gana su candidato.

Puede considerar que los tribunales son legítimos solamente cuando fallan como espera.

Puede aceptar restricciones a la prensa cuando afectan a medios que rechaza.

Puede justificar poderes extraordinarios cuando gobierna alguien de su preferencia.

Formalmente continúa participando de una democracia.

Culturalmente empieza a abandonar algunos de sus principios.

Ése es el riesgo que merece ser discutido.

La democracia necesita elecciones.

Pero también necesita demócratas.

Personas capaces de aceptar que el adversario tiene derecho a existir.

Que una mayoría encuentra límites.

Que perder una elección no elimina derechos.

Que gobernar no significa apropiarse del Estado.

Que la prensa puede incomodar.

Que un juez puede fallar contra el gobierno.

Que la oposición puede convertirse mañana en mayoría.

La revolución digital agrega además una dimensión que Weimar jamás conoció.

Las sociedades contemporáneas construyen buena parte de su conversación pública dentro de plataformas cuyos algoritmos seleccionan, jerarquizan y amplifican información.

La desinformación puede atravesar fronteras en segundos.

Actores extranjeros pueden intervenir en conversaciones nacionales.

Imágenes falsas pueden parecer reales.

Una inteligencia artificial puede fabricar discursos, fotografías y videos prácticamente indistinguibles de materiales auténticos.

Pero aquí también aparece un límite que una sociedad libre debe defender.

Combatir la desinformación no puede significar entregar al gobierno la facultad de determinar qué puede pensar la ciudadanía.

La respuesta democrática al extremismo no puede consistir en debilitar la propia democracia.

Alemania conoce demasiado bien esa tensión.

Por eso la referencia a Weimar importa.

No como profecía.

Como memoria.

TRES MIRADAS. UNA MISMA ADVERTENCIA.

Uruguay muestra que incluso una democracia sólida necesita renovar permanentemente la confianza de sus ciudadanos.

Nicaragua enseña qué puede ocurrir cuando la erosión de los contrapesos avanza hasta dejar las instituciones democráticas casi sin contenido.

Alemania recuerda que una Constitución, unas elecciones y un Parlamento no bastan si una parte creciente de la sociedad deja de considerar indispensables las reglas que los sostienen.

Son situaciones muy diferentes.

No deben equipararse.

Pero permiten observar distintas estaciones de un mismo problema.

La democracia tiene una dimensión institucional: elecciones, separación de poderes, derechos, controles y Estado de derecho.

Tiene también una dimensión cultural.

Necesita ciudadanos dispuestos a aceptar límites incluso cuando esos límites perjudican momentáneamente a su propio sector político.

Ésa quizá sea la prueba democrática más difícil.

Defender la libertad del adversario.

Aceptar una derrota.

Controlar al gobernante que votamos.

Rechazar un abuso aunque favorezca nuestra causa.

Porque las instituciones pueden escribirse en una Constitución.

La convicción de vivir bajo ellas tiene que existir en la sociedad.

Y cuando esa convicción empieza a desaparecer, la democracia comienza a debilitarse mucho antes de que alguien cierre un Parlamento.

LIBERTAS

«La democracia empieza a estar en peligro mucho antes de que desaparezcan las elecciones: empieza cuando dejamos de considerar indispensable vivir bajo sus reglas.»

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