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Recordar a quienes murieron aquel día es también reafirmar aquello que el terrorismo intentó destruir: una sociedad de personas libres.

Hay fechas que pertenecen a un país. Hay otras que terminan perteneciendo a la humanidad.

El 11 de septiembre de 2001 es una de ellas.

Hace exactamente veinticinco años, el mundo observó cómo cuatro aviones comerciales secuestrados eran utilizados como armas. Dos impactaron contra las Torres Gemelas del World Trade Center, otro contra el Pentágono y el cuarto cayó en Pensilvania después de que pasajeros y tripulantes intentaran recuperar el control de la aeronave.

Aquella mañana fueron asesinadas 2.977 personas, procedentes de más de 90 países.

Pero ninguna cifra alcanza para explicar lo ocurrido.

Porque detrás de esos 2.977 nombres había familias, hijos, padres, amigos, compañeros de trabajo, proyectos y futuros que quedaron interrumpidos en pocas horas.

Por eso, veinticinco años después, el primer deber es sencillo:

recordarlos.

Recordar también a quienes, cuando miles intentaban escapar, corrieron en dirección contraria. Bomberos, policías, médicos, trabajadores de emergencia y ciudadanos comunes que eligieron ayudar a otros aun cuando hacerlo significaba poner en riesgo su propia vida.

En medio de uno de los peores actos de odio de nuestra época apareció también una de las expresiones más profundas de solidaridad humana.

NO FUE SOLAMENTE UN ATAQUE CONTRA EDIFICIOS

Las Torres Gemelas podían derrumbarse.

Pero el verdadero objetivo del terrorismo era mucho más ambicioso.

El terrorismo intenta instalar miedo donde existe libertad; intolerancia donde existe pluralismo; obediencia donde existe pensamiento crítico.

Busca que las sociedades abiertas comiencen a desconfiar de sí mismas.

Y por eso el 11 de septiembre debe ser comprendido también como un ataque contra una determinada idea de convivencia: aquella en la que personas diferentes pueden vivir juntas, expresar sus ideas, practicar sus creencias, disentir del poder y construir libremente sus proyectos de vida.

El fanatismo comienza exactamente en el punto contrario.

Comienza cuando alguien considera que posee una verdad tan absoluta que le concede el derecho de destruir al otro.

Por eso existe una enseñanza del 11-S que permanece vigente veinticinco años después:

ninguna causa, ninguna religión, ninguna ideología y ninguna pretendida verdad puede justificar la eliminación de quien piensa, cree o vive de manera diferente.

LIBERTAD, DEMOCRACIA Y REPÚBLICA

Desde LIBERTAS, recordar el 11 de septiembre implica reafirmar tres convicciones.

La Libertad, porque cada persona debe poder pensar, expresarse, creer y desarrollar su vida sin miedo.

La Democracia, porque nuestras diferencias deben resolverse mediante la palabra, las instituciones y el voto, nunca mediante la violencia.

Y la República, porque incluso frente al miedo debemos preservar la ley, los derechos individuales, los límites al poder y las instituciones que protegen al ciudadano.

Esta última enseñanza es particularmente importante.

Las sociedades libres deben defenderse de quienes quieren destruirlas. Pero deben hacerlo procurando no convertirse, en ese proceso, en aquello que combaten.

La defensa de la libertad no puede significar su abandono.

La seguridad y la libertad pueden entrar en tensión, especialmente después de acontecimientos traumáticos. Precisamente por eso las democracias necesitan instituciones fuertes, controles, justicia independiente y ciudadanos capaces de exigir que incluso las decisiones más difíciles permanezcan sometidas a la ley.

Una democracia demuestra verdaderamente su fortaleza cuando consigue defenderse sin renunciar a sus principios.

VEINTICINCO AÑOS DESPUÉS

Existe además una responsabilidad generacional.

El propio National September 11 Memorial & Museum recuerda, al cumplirse este aniversario, que alrededor de 100 millones de estadounidenses son demasiado jóvenes para conservar un recuerdo personal de aquel día.

Para millones de jóvenes, el 11 de septiembre ya no es memoria.

Es historia.

Y allí aparece una responsabilidad enorme para quienes sí lo vivimos: transmitir no solamente qué ocurrió, sino por qué importa recordarlo.

Porque olvidar el pasado deja a las sociedades indefensas frente a la repetición de sus errores.

Recordar no significa alimentar odio.

Todo lo contrario.

Significa comprender hasta dónde puede conducir el fanatismo cuando dejamos de reconocer humanidad en quien piensa diferente.

LOS NOMBRES ANTES QUE LAS CIFRAS

Hoy, en Nueva York, los familiares vuelven a reunirse en el Memorial y los nombres vuelven a ser pronunciados.

Uno por uno.

Ese gesto contiene quizás la respuesta más poderosa frente al terrorismo.

Porque quienes planificaron aquellos ataques imaginaron víctimas anónimas y pretendieron convertir seres humanos en números.

La memoria hace exactamente lo contrario.

Les devuelve sus nombres.

Les devuelve sus historias.

Les devuelve su humanidad.

Y nos recuerda que detrás de cada gran tragedia histórica existe siempre una tragedia individual multiplicada miles de veces.

Por eso este 11 de septiembre no debería ser únicamente una jornada para recordar cómo cayeron dos torres.

Debería ser una jornada para recordar qué debe permanecer en pie.

La libertad.

La tolerancia.

La convivencia.

La democracia.

La República.

Y nuestra capacidad de reconocer al otro como ser humano aun cuando piense diferente.

LA LIBERTAD TAMBIÉN TIENE MEMORIA

Veinticinco años después, las imágenes de aquella mañana continúan estremeciendo.

Pero quizás el homenaje más profundo que podemos ofrecer a quienes murieron no sea permanecer detenidos frente a aquellas imágenes.

Es continuar construyendo sociedades donde el miedo no derrote a la libertad, donde el fanatismo no derrote a la razón y donde nuestras diferencias nunca sean una excusa para destruirnos.

Hoy LIBERTAS recuerda a las 2.977 personas asesinadas el 11 de septiembre de 2001, a quienes arriesgaron sus vidas intentando salvarlas, a sus familias y a todos aquellos que todavía viven con las consecuencias de aquella jornada.

Veinticinco años después, nuestro homenaje puede resumirse en una convicción:

frente al terror, libertad.
Frente al fanatismo, tolerancia.
Frente al odio, humanidad.
Frente a quienes pretenden destruir la convivencia, Democracia y República.

Porque recordar a quienes perdimos también significa defender aquello que sus asesinos quisieron destruir.

La libertad también tiene memoria.

LIBERTAS — Por la Libertad, la Democracia y la República

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