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FAUDA: CUANDO EL TERROR PONE A PRUEBA NUESTRA HUMANIDAD

Una mirada desde LIBERTAS sobre el 7 de octubre, el terrorismo, la libertad y los derechos humanos

Hay un momento en la quinta temporada de Fauda en que la serie cambia. Ya no estamos ante una historia de agentes infiltrados, operaciones de inteligencia y persecuciones. La guerra deja de estar en algún lugar lejano y entra en una casa.

Ese cambio alcanza su punto más duro en los episodios 7 y 8, cuando la ficción regresa al 7 de octubre de 2023.

Una familia intenta sobrevivir. Hay niños. Hay personas escondidas. Hay hombres armados. La casa, ese lugar elemental en el que cualquier persona debería sentirse protegida, deja de ser un refugio.

Entonces Fauda obliga a mirar el terrorismo desde otro lugar.

No desde el mapa. Desde la persona.

Y quizás allí esté la pregunta que más interesa a LIBERTAS: ¿qué queda del ser humano cuando una causa política, religiosa o nacional considera legítimo disponer de su vida?

Los creadores de la serie decidieron abordar directamente el 7 de octubre. Avi Issacharoff explicó que, después de lo ocurrido, una serie que hablaba de la realidad israelí difícilmente podía ignorarlo. Lior Raz ha señalado, además, que no pretendieron realizar una reconstrucción documental. Fauda sigue siendo ficción. Los personajes son ficticios y las situaciones están dramatizadas.

Pero aquello que las inspira no lo es.

La Comisión Internacional Independiente de Investigación de Naciones Unidas concluyó que Hamás y otros grupos armados palestinos cometieron durante los ataques del 7 de octubre graves violaciones del derecho internacional, entre ellas ataques deliberados contra civiles, asesinatos, toma de rehenes y otros actos considerados crímenes de guerra.

Hay que decirlo con claridad.

Pero después hay que seguir pensando.

Porque condenar el terrorismo es el comienzo de la reflexión, no su final.

Cuando el terror entra en una casa

Los episodios 7 y 8 consiguen mostrar algo que ningún informe jurídico puede transmitir de la misma manera.

El terrorismo no pretende solamente matar.

Pretende producir miedo.

Se asesina a determinadas personas, pero el mensaje está dirigido a muchas más. El verdadero destinatario puede ser una sociedad entera.

“Esto también puede ocurrirte a ti.”

Cuando ese mensaje funciona, el terrorismo empieza a gobernar sin necesidad de estar presente.

Cambian las rutinas. Cambia la forma de mirar al desconocido. Cambian las conversaciones familiares. Crece la necesidad de protección. Aparece la sospecha. Y una sociedad que hasta ayer discutía sobre cuánto espacio debía conceder al Estado comienza a preguntarse cuánto está dispuesta a entregarle para sentirse nuevamente segura.

Eso hace particularmente inquietante la entrada de hombres armados en una vivienda.

La casa es mucho más que un edificio. Representa una frontera básica entre la persona y el poder de los demás.

Dentro de ella una familia debería poder comer, dormir, discutir, rezar, escuchar música o simplemente vivir sin pedir autorización.

Cuando alguien armado entra y decide quién puede salir, quién debe esconderse, quién será secuestrado o quién vivirá, esa frontera desaparece.

No hay autonomía.

No hay ciudadanía.

Hay poder sobre otro ser humano.

Por eso el terrorismo es también una negación radical de la libertad.

Antes que israelí o palestino

Aquí aparece el punto en el que la mirada de LIBERTAS necesita ir más allá de la política.

Antes que israelí, palestino, judío, musulmán, soldado, rehén o ciudadano existe una condición anterior:

la persona.

Parece una afirmación demasiado sencilla para un conflicto tan complejo. Sin embargo, buena parte de la tragedia comienza cuando dejamos de verla.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 parte precisamente de una idea que después de tantas décadas corremos el riesgo de repetir sin escuchar: todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos.

La palabra decisiva es dignidad.

La libertad necesita ese punto de partida. Si la dignidad depende de la nacionalidad, la religión, la ideología o el comportamiento de un gobierno, entonces deja de ser universal.

Desde una visión humanista de LIBERTAS hay una frontera que ninguna causa debería atravesar:

ningún ser humano puede ser convertido en instrumento de un proyecto político.

Ni siquiera de uno que crea tener razones históricas para actuar.

Una persona no puede ser asesinada para enviar un mensaje.

No puede ser secuestrada para obtener una concesión.

No puede ser utilizada para presionar a un gobierno.

No puede transformarse en una pieza dentro de una estrategia.

Cuando eso ocurre, la persona deja de importar por lo que es y pasa a valer por aquello que puede obtenerse mediante ella.

Esta distinción obliga a precisar de quién hablamos. El pueblo palestino no es Hamás. Los civiles palestinos no pueden cargar con una responsabilidad colectiva por los crímenes de una organización armada. El 7 de octubre tuvo autores y víctimas concretos: fueron Hamás y otros grupos armados quienes atacaron comunidades israelíes, asesinaron civiles y tomaron rehenes. Confundir a esos responsables con millones de palestinos no fortalece la condena del terrorismo; debilita el principio mismo que se pretende defender. Si la responsabilidad deja de ser individual y se vuelve étnica, nacional o religiosa, habremos aceptado una parte de la lógica de deshumanización que estamos denunciando.

La misma precisión debe aplicarse a Israel. Después del 7 de octubre, proteger a su población frente a nuevos ataques, recuperar a los rehenes y enfrentar a una organización armada que había atacado deliberadamente a civiles constituyen objetivos que deben distinguirse de la discusión sobre los medios empleados para alcanzarlos. La cuestión que plantean los derechos humanos no es si una sociedad debe resignarse a ser atacada. No debe hacerlo. La cuestión aparece en los límites: qué medios utiliza, cómo distingue entre combatientes y civiles, qué precauciones adopta y cómo responde cuando existen denuncias de transgresiones. Defender a una población y exigir límites al ejercicio de la fuerza no son principios incompatibles. Precisamente porque una democracia reclama para sí una diferencia respecto del terrorismo, esa diferencia debe poder reconocerse también en la manera en que ejerce su poder.

El rehén

Quizás el rehén sea la representación más brutal de esta lógica.

Una persona secuestrada continúa teniendo nombre, familia, recuerdos, miedos, proyectos. Para quien la mantiene cautiva, sin embargo, puede convertirse en otra cosa: capacidad de negociación.

Entonces un ser humano adquiere valor por aquello que puede conseguirse a cambio de él.

Prisioneros. Concesiones. Propaganda. Presión internacional. Impacto psicológico.

Por eso la prohibición de tomar rehenes ocupa un lugar tan claro dentro del derecho internacional humanitario.

Para LIBERTAS debería existir una afirmación igualmente sencilla: ninguna causa tiene derecho a apropiarse de una persona.

Y aquí Fauda resulta particularmente efectiva. Nos obliga a recordar que detrás de palabras que repetimos durante meses —“rehenes”, “víctimas”, “desplazados”, “muertos”— existen individuos.

El lenguaje público necesita categorías.

El humanismo necesita volver a ponerles rostro.

Pero la pregunta difícil empieza después

Sería relativamente sencillo terminar aquí.

Hubo un ataque terrorista. Hubo víctimas. Hubo secuestros. Hay responsables.

Pero Fauda no termina allí.

Y LIBERTAS tampoco debería hacerlo.

Porque después del terror aparece la rabia.

Después de la rabia puede aparecer la venganza.

Y entonces surge una pregunta mucho más incómoda: ¿cómo combate una democracia a quienes desprecian sus reglas sin terminar despreciando esas mismas reglas?

La quinta temporada juega deliberadamente con esa tensión. Sus creadores han hablado de tha’r, la idea de la venganza de sangre, como uno de los motores narrativos de la temporada.

Es comprensible que una persona que vio morir a sus amigos quiera vengarse.

Es comprensible que una sociedad atacada reclame seguridad.

Es comprensible que un Estado persiga a quienes atacaron a sus ciudadanos.

Pero comprender una reacción humana no significa convertirla automáticamente en principio político.

Ahí existe una diferencia que una democracia no debería perder nunca: justicia y venganza no son lo mismo.

La justicia pregunta quién cometió el crimen.

La venganza puede terminar preguntando a qué grupo pertenece.

La justicia intenta determinar responsabilidades.

La venganza corre el riesgo de extenderlas.

La justicia necesita pruebas y límites.

La venganza encuentra precisamente en la ausencia de límites buena parte de su fuerza.

Dos niños

Hay una prueba especialmente incómoda para cualquier humanismo que pretenda ser coherente.

Imaginemos a un niño israelí escondido mientras hombres armados recorren su comunidad el 7 de octubre.

Ahora imaginemos a un niño palestino escondido mientras una operación militar golpea su barrio en Gaza.

Las circunstancias políticas no son iguales.

Las responsabilidades jurídicas deben analizarse por separado.

Los actores tampoco son intercambiables.

Pero hay algo que no puede cambiar.

El valor de esos dos niños.

Si nuestra sensibilidad hacia uno depende de quiénes son sus padres, dónde nació o qué bandera aparece detrás de él, entonces hemos dejado de hablar de derechos humanos universales.

Podemos condenar inequívocamente los crímenes cometidos por Hamás el 7 de octubre y defender el derecho de Israel a proteger a su población.

Y podemos, al mismo tiempo, sostener que la vida de los civiles palestinos posee exactamente la misma dignidad humana.

Una afirmación no cancela la otra.

Al contrario. Esa simultaneidad es precisamente la prueba del humanismo.

El peligro de dejar de ver personas

Todo terrorismo necesita algún grado de deshumanización.

Resulta más fácil matar cuando delante ya no vemos a una persona.

Vemos una categoría.

“Enemigo”, “Judío”, “Palestino”, “Colono”, “Infiel”, “Traidor”, “Objetivo”.

Las palabras cambian según quién las pronuncie. El mecanismo se parece.

La identidad colectiva termina ocupando el lugar de la persona concreta.

El problema es que la deshumanización puede contagiarse.

Una sociedad atacada puede comenzar a reproducirla contra quienes identifica con sus agresores. Puede instalarse en el discurso político, en las redes sociales, en conversaciones cotidianas. Poco a poco, las excepciones que parecían impensables empiezan a parecer razonables.

Por eso la responsabilidad nunca puede ser étnica, religiosa o nacional.

Los crímenes de Hamás no convierten a los palestinos en culpables.

Las decisiones de un gobierno israelí tampoco convierten a todos los israelíes, y mucho menos a todos los judíos, en responsables de ellas.

El individuo no hereda automáticamente la culpa del grupo al que otro decidió asignarlo.

Ese principio protege a israelíes y palestinos.

Pero también nos protege a todos.

El terrorismo puede ganar después del atentado

Hay una victoria terrorista mucho menos visible que la destrucción material.

Sucede cuando el miedo consigue transformar permanentemente a la sociedad atacada.

Cuando toda diferencia empieza a percibirse como amenaza.

Cuando la seguridad justifica cualquier medida.

Cuando se acepta que algunas vidas importan menos.

Cuando desaparece la distinción entre responsable e inocente.

Cuando el adversario político deja de ser adversario y se convierte en enemigo humano.

En ese momento el terrorismo ha conseguido introducir parte de su lógica dentro de aquello que quería destruir.

Esa posibilidad debería preocupar especialmente a una organización dedicada a pensar la libertad.

Porque una sociedad libre necesita defenderse.

Pero también necesita preguntarse qué está defendiendo.

Si para sobrevivir termina abandonando la dignidad humana, el Estado de derecho, la responsabilidad individual y los límites al poder, quizás sobreviva físicamente mientras pierde una parte de aquello que justificaba su defensa.

Doron y la democracia herida

Por eso Doron puede leerse como algo más que un personaje.

Es un hombre herido intentando decidir qué hacer con su herida.

Tiene miedo. Siente culpa. Está enojado. Quiere actuar.

Una democracia después de un atentado puede encontrarse en una situación parecida.

También está herida.

También siente miedo.

También necesita actuar.

Y también puede equivocarse.

Quizás esa sea una de las preguntas más profundas que deja Fauda:

¿qué debemos conservar de nosotros mismos mientras combatimos aquello que quiere destruirnos?

Los derechos humanos ofrecen una respuesta incómoda porque establecen límites precisamente cuando más tentador resulta eliminarlos.

No son una recompensa para las buenas personas.

No existen solamente durante la paz.

No desaparecen porque el enemigo los desprecie.

Si dependieran de la conducta del otro, dejarían de ser derechos.

Una mirada LIBERTAS frente al terrorismo

De los episodios 7 y 8 puede surgir entonces algo más interesante que una crítica de televisión.

Puede surgir una posición.

LIBERTAS rechaza el terrorismo porque niega la libertad desde su raíz: sustituye la voluntad por el miedo y convierte al ser humano en instrumento.

Defiende el derecho de las sociedades democráticas a protegerse y perseguir a quienes atacan deliberadamente a sus ciudadanos.

Pero establece al mismo tiempo un límite.

La lucha contra el terrorismo no concede un permiso para abandonar los principios que distinguen a una democracia de quienes utilizan el terror.

La dignidad no tiene nacionalidad.

La responsabilidad es individual.

El rehén nunca puede convertirse en moneda política.

El civil nunca debe convertirse deliberadamente en objetivo.

La seguridad necesita límites jurídicos.

La justicia no puede confundirse con la venganza.

Y ninguna identidad colectiva puede borrar al individuo que existe detrás de ella.

La última frontera

El 7 de octubre no terminó el 7 de octubre.

Continúa en las familias de quienes murieron. En quienes fueron secuestrados. En quienes sobrevivieron. En los soldados. En las familias palestinas que han sufrido la guerra posterior. En generaciones de israelíes y palestinos que tendrán que convivir con lo ocurrido mucho después de que desaparezca de las portadas.

Por eso los episodios 7 y 8 de Fauda resultan tan incómodos.

Nos obligan a mirar qué ocurre cuando el terror entra en una casa.

Pero la pregunta verdaderamente difícil comienza cuando salimos de ella.

¿Qué hacemos después?

El terrorismo puede destruir una vivienda. Puede asesinar. Puede secuestrar. Puede sembrar miedo y obligar a una democracia a defenderse.

Hay algo, sin embargo, que una sociedad libre no debería permitirle decidir:

en qué clase de sociedad se convertirá después del ataque.

Ahí está la última frontera.

La libertad comienza reconociendo nuestra propia dignidad. El humanismo exige reconocerla también en el otro.

Pero los derechos humanos plantean una exigencia todavía mayor: reconocerla incluso cuando hacerlo resulta difícil.

Porque defender la humanidad cuando nada nos amenaza es relativamente sencillo.

La verdadera prueba comienza cuando tenemos miedo.

Y quizás esa sea la batalla más profunda que deja abierta Fauda: derrotar al terrorismo sin permitir que el terror derrote nuestra humanidad.

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