Uruguay · América · Mundo | 19 de septiembre de 2026
Hay una pregunta que empieza a aparecer detrás de discusiones aparentemente distintas: ¿quién conserva realmente la capacidad de decidir?
Uruguay acaba de poner sobre la mesa la relación entre infancia, bienestar e inteligencia artificial. Venezuela negocia cómo recuperar miles de millones de dólares en reservas mientras reconstruye su arquitectura política e institucional. Y dentro de la propia industria de la IA crece una discusión que hasta hace poco parecía reservada a especialistas: si nuestra capacidad para supervisar estos sistemas está avanzando al mismo ritmo que su poder.
Tres escenarios diferentes. Una misma preocupación: la libertad no se pierde solamente cuando alguien nos impide decidir. También puede debilitarse cuando dejamos de comprender quién está decidiendo por nosotros.
🇺🇾 URUGUAY
URUGUAY DISCUTE CIUDADANÍA DIGITAL. AHORA APARECE UNA NUEVA FRONTERA: LA LIBERTAD COGNITIVA.
Cuando una máquina puede responder, aconsejar y producir la sensación de que nos comprende, saber utilizarla deja de ser suficiente. La nueva alfabetización necesita enseñar también cuándo cuestionarla, cuándo verificarla y cuándo no delegar.
Uruguay dedicó esta semana un espacio institucional a una pregunta que probablemente crecerá durante los próximos años.
Agesic y Ceibal realizaron el 17 de septiembre las IX Jornadas de Ciudadanía Digital, bajo un título deliberadamente provocador: “Cuando la IA parece entenderte”.
El encuentro se concentró especialmente en infancia y adolescencia y abordó oportunidades, riesgos y efectos sobre el bienestar derivados de la interacción con sistemas de inteligencia artificial. La convocatoria oficial planteó la necesidad de promover un vínculo crítico, seguro, responsable y consciente con estas tecnologías.
Jornadas de Ciudadanía Digital 2026 — Agesic
La palabra importante quizá no sea inteligencia.
Es “parece”.
Porque la relación que estamos construyendo con estas herramientas comienza a ser diferente de la que mantuvimos con cualquier tecnología anterior.
A una calculadora le pedimos una cuenta.
A un buscador, información.
A una inteligencia artificial podemos contarle un problema, pedirle consejo, discutir una idea, solicitar una explicación o pedirle que evalúe alternativas.
Y responde.
A veces incluso de una manera que percibimos como comprensiva.
Ese salto modifica el problema educativo.
La ciudadanía digital nació vinculada a cuestiones como privacidad, convivencia, seguridad, huella digital, desinformación y uso responsable de las redes.
Todo eso continúa vigente.
Pero aparece una capa nueva.
¿Qué ocurre cuando la tecnología no solamente nos muestra información, sino que conversa con nosotros sobre ella?
Una respuesta puede ser impecable y estar equivocada.
Puede sonar empática sin que exista detrás de ella una experiencia humana.
Puede personalizarse sin comprendernos en el sentido humano de la palabra.
Puede orientarnos sin conocer completamente las consecuencias de aquello que recomienda.
Por eso necesitamos algo más que alfabetización instrumental.
No alcanza con aprender a redactar mejores prompts.
No alcanza con conocer las funciones de una plataforma.
Ni siquiera alcanza con detectar sus errores.
Necesitamos aprender a mantener una distancia crítica frente a una herramienta cuya principal fortaleza consiste precisamente en reducir esa distancia.
Ahí aparece lo que desde LIBERTAS venimos proponiendo como Libertad Cognitiva.
No significa rechazar la IA.
Significa conservar la soberanía sobre nuestro propio juicio.
Utilizar una respuesta sin confundirla con una verdad.
Aceptar una recomendación sin convertirla automáticamente en una decisión.
Trabajar con una inteligencia artificial sin renunciar al derecho —y a la capacidad— de decir:
esto no me convence.
La educación tendrá una responsabilidad enorme.
Los estudiantes necesitan aprender a utilizar estas herramientas porque formarán parte del mundo en el que vivirán.
Pero precisamente por eso también necesitan aprender cuándo detenerlas, cuándo contradecirlas y cuándo pensar sin ellas.
LA PREGUNTA LIBERTAS
¿Cómo enseñamos a utilizar inteligencias artificiales cada vez más convincentes sin enseñar, al mismo tiempo, a entregarles nuestro propio criterio?
🌎 AMÉRICA
VENEZUELA NEGOCIA RECUPERAR SU ORO. LA PREGUNTA ES QUIÉN CONTROLARÁ LA LLAVE.
Gobierno y una fracción de la oposición negocian el destino de unos US$4.000 millones en reservas retenidas en Londres. La reconstrucción institucional venezolana también se juega en algo muy concreto: quién puede decidir sobre los recursos públicos y quién controla esa decisión.
Durante años, unas 31 toneladas de oro venezolano permanecieron inmovilizadas en el Banco de Inglaterra en medio de un prolongado litigio sobre quién poseía autoridad legítima para disponer de ellas.
Ahora puede abrirse una nueva etapa.
Fuentes consultadas por Reuters señalaron el 18 de septiembre que el gobierno interino encabezado por Delcy Rodríguez y una fracción de la oposición venezolana están negociando un acuerdo para trasladar aproximadamente US$4.000 millones en oro desde Londres hacia Estados Unidos. El esquema todavía no está cerrado.
Según esas fuentes, una de las posibilidades es que los activos sean depositados en la Reserva Federal de Nueva York; otra contempla una administración vinculada al Tesoro estadounidense. La propuesta daría al gobierno venezolano control jurídico sobre los activos, pero su utilización quedaría sometida a mecanismos de supervisión y aprobación. Parte de los recursos podría respaldar financiamiento destinado, entre otros fines, a la reconstrucción posterior a los terremotos de junio.
El Banco de Inglaterra aclaró que no puede actuar hasta que los tribunales británicos determinen quién posee autoridad legal sobre la cuenta. El gobierno venezolano y la fracción opositora involucrada no habían respondido a las consultas de Reuters al momento de publicarse la información.
Reuters — negociación sobre las reservas venezolanas
La noticia podría contarse simplemente como el regreso de unas reservas nacionales.
Pero el verdadero problema es institucional.
¿Quién debería tener la llave?
Venezuela atraviesa una transición en la que recuperar activos, atraer inversiones, reconstruir infraestructura y estabilizar la economía serán tareas enormes.
Precisamente por eso importa cómo se administran esos recursos.
Un país no reconstruye una República solamente celebrando elecciones o sustituyendo autoridades.
También necesita reconstruir los mecanismos mediante los cuales se toman decisiones sobre el dinero público.
Quién autoriza.
Quién ejecuta.
Quién controla.
Quién informa.
Y quién responde cuando algo sale mal.
La supervisión internacional puede introducir garantías adicionales sobre el destino de los fondos. También abre interrogantes legítimos sobre soberanía y sobre el momento en que esas facultades deberían regresar plenamente a instituciones venezolanas.
No existe todavía un acuerdo definitivo y sería prematuro evaluar un mecanismo que continúa negociándose.
Pero el caso permite observar algo más profundo.
Después de años en los que la concentración del poder deterioró los contrapesos institucionales venezolanos, la reconstrucción no puede limitarse a cambiar quién toma las decisiones.
Necesita cambiar cómo se toman.
Ese detalle separa una transición política de una reconstrucción republicana.
Porque el objetivo de una República no debería ser encontrar a la persona correcta para custodiar la llave.
Debería ser construir un sistema donde nadie pueda utilizarla sin controles.
LA PREGUNTA LIBERTAS
¿Cómo devuelve Venezuela el control de sus recursos a los venezolanos sin reconstruir, bajo nuevos protagonistas, otra concentración de poder?
🌍 MUNDO
LA PREGUNTA YA NO ES HASTA DÓNDE PUEDE LLEGAR LA IA. ES QUIÉN DECIDE HASTA DÓNDE LA DEJAMOS LLEGAR.
Investigadores, empresas y organismos internacionales discuten si los mecanismos de supervisión avanzan al mismo ritmo que los sistemas artificiales más poderosos. La cuestión deja de ser exclusivamente tecnológica: empieza a ser una discusión sobre poder, responsabilidad y control.
Algo está cambiando dentro de la industria de inteligencia artificial.
No significa que exista consenso.
Precisamente ocurre lo contrario.
Reuters reconstruyó hoy una secuencia de diez días durante los cuales investigadores y dirigentes de algunas de las principales compañías de IA expresaron públicamente preocupaciones sobre el ritmo de desarrollo, la capacidad de supervisión de sistemas cada vez más complejos y los riesgos asociados a agentes con mayores grados de autonomía.
Investigadores que abandonaron Anthropic formularon escenarios de riesgo extremadamente graves. Son estimaciones y advertencias, no predicciones demostradas, y existen fuertes desacuerdos dentro de la propia industria acerca de su probabilidad.
La diferencia de posiciones es significativa.
Responsables de Anthropic, OpenAI, Google DeepMind, Microsoft y xAI se mostraron favorables a distintos mecanismos de desaceleración, evaluación externa o mayores salvaguardas. Jensen Huang, de Nvidia, rechazó la idea de frenar el desarrollo, mientras Mark Zuckerberg defendió que cada laboratorio determine su propio ritmo y sostuvo que las responsabilidades legales generan incentivos para evitar daños.
Ese desacuerdo es importante.
Demuestra que no estamos frente a una certeza científica sobre el futuro de la IA.
Estamos frente a una discusión abierta sobre cómo gobernar una tecnología cuyo desarrollo continúa acelerándose.
El debate ya salió de Silicon Valley.
El secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, señaló el 16 de septiembre que el potencial de la IA para educación, salud y desarrollo es enorme, pero sostuvo también que el avance de sus capacidades está superando la comprensión de algunos de sus riesgos. Reclamó coordinación internacional y advirtió contra una competencia que lleve a reducir estándares de seguridad simplemente para no quedar atrás frente a otro país o empresa.
Reuters — Ten days that changed the course of AI
Naciones Unidas — Guterres sobre IA y cooperación internacional
La discusión no debería quedar atrapada entre dos caricaturas.
No es necesario creer que la inteligencia artificial conducirá inevitablemente a una catástrofe para considerar razonable establecer mecanismos de supervisión.
Tampoco corresponde asumir que cada avance tecnológico representa por sí mismo una amenaza.
La pregunta más interesante está en otro lugar.
¿Quién decide cuánto riesgo estamos dispuestos a aceptar?
Hoy una parte importante de esa decisión pertenece inevitablemente a las compañías que desarrollan los modelos.
Ellas poseen el conocimiento técnico.
La infraestructura.
Los investigadores.
Los datos.
Y buena parte de la información necesaria para conocer las capacidades y limitaciones de sus propios sistemas.
Pero también compiten entre sí.
Buscan inversión.
Pretenden conquistar mercados.
Y saben que reducir unilateralmente el ritmo puede permitir que otro laboratorio —o incluso otro país— avance primero.
Ahí aparece un problema clásico de gobernanza.
Todos pueden considerar conveniente que existan determinadas reglas y, al mismo tiempo, tener incentivos para no ser los primeros en someterse a ellas.
Los Estados intentan regular.
Los científicos intentan comprender.
Los organismos internacionales intentan coordinar.
Las empresas intentan innovar.
Y los ciudadanos, que vivirán con buena parte de las consecuencias, todavía tienen escasa participación en la definición de esas fronteras.
Ese es el punto que interesa a LIBERTAS.
Durante siglos construimos instituciones para limitar el poder político.
Después tuvimos que aprender a limitar poder económico, financiero, militar y comunicacional.
La inteligencia artificial incorpora ahora otra forma de poder:
la capacidad de intervenir en procesos intelectuales y decisiones a una escala que ninguna tecnología anterior había alcanzado de la misma manera.
Eso no convierte a la IA en enemiga de la libertad.
Puede hacer exactamente lo contrario.
Puede democratizar conocimiento, ampliar capacidades, reducir barreras y permitir a millones de personas hacer cosas que antes estaban fuera de su alcance.
Precisamente porque ese potencial es enorme, también debería serlo nuestra atención sobre las reglas que lo gobiernan.
La cuestión decisiva no es si permitiremos avanzar a la inteligencia artificial.
Ya está avanzando.
La cuestión es si nuestras instituciones, nuestras leyes y nuestra comprensión avanzarán lo suficiente para que sigamos teniendo una palabra sobre hacia dónde.
LA PREGUNTA LIBERTAS
Cuando una tecnología empieza a transformar educación, trabajo, información, seguridad y decisiones públicas, ¿pueden sus límites quedar definidos únicamente por quienes poseen la capacidad técnica para desarrollarla?
TRES MIRADAS. UNA MISMA PREGUNTA.
Uruguay empieza a discutir cómo conservar el criterio propio cuando una máquina puede parecer que nos comprende.
Venezuela enfrenta el desafío de recuperar recursos sin reconstruir mecanismos opacos de concentración del poder.
Y la industria de inteligencia artificial comienza a preguntarse quién debe establecer los límites de sistemas cada vez más capaces.
No son problemas equivalentes.
Pero los tres conducen hacia la misma frontera.
El control.
La libertad necesita capacidad de elección.
La democracia necesita legitimidad para decidir.
La República agrega algo indispensable: nadie debería disponer de poder sin saber quién puede limitarlo.
Eso vale para un gobierno.
Vale para quien administra miles de millones de dólares públicos.
Vale para una empresa.
Y empieza a valer también para las inteligencias artificiales a las que entregamos información, tareas y decisiones.
Porque existe una manera evidente de perder libertad: que alguien nos quite la posibilidad de elegir.
Pero hay otra bastante más silenciosa.
Seguir creyendo que estamos eligiendo cuando ya no sabemos quién construyó las opciones, quién orientó nuestra decisión o quién terminó tomándola.
Por eso la pregunta de esta edición no pertenece únicamente a la tecnología.
Pertenece a la República del siglo XXI.
