Entre la polarización y la República
La primera vuelta que volvió a dividir al gigante sudamericano
Estudio LIBERTAS | 4 de octubre de 2026
Brasil habló en las urnas. Pero todavía no decidió quién será su próximo presidente.
La primera vuelta de las elecciones del 4 de octubre dejó una competencia extraordinariamente concentrada entre dos proyectos políticos. Con aproximadamente el 99,4 % de las secciones escrutadas, Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal (PL), obtenía el 47,15 % de los votos válidos, frente al 45,01 % de Luiz Inácio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores (PT). La diferencia era de unos 2,54 millones de votos. Ninguno alcanzó la mayoría absoluta necesaria y ambos volverán a enfrentarse el 25 de octubre.
El dato político más importante de la jornada no está solamente en quién terminó primero. Está en la dimensión conjunta de ambos: alrededor del 92 % de los votos válidos quedó concentrado entre Bolsonaro y Lula. El resto de los candidatos, en conjunto, reunió menos de una décima parte del electorado. Augusto Cury aparecía tercero, cerca del 2,9 %, seguido por Renan Santos y Ronaldo Caiado, ambos algo por encima del 2 %.
Brasil llega así al balotaje profundamente dividido, pero con una diferencia suficientemente pequeña como para que los votos de los candidatos eliminados, la abstención, las alianzas políticas y la capacidad de cada candidato para ampliar su base original adquieran una nueva importancia.
LIBERTAS propone mirar esta elección desde otro lugar. No desde la simpatía por Lula o Bolsonaro, sino desde una pregunta anterior a cualquier candidato:
¿Qué proyecto ofrece garantías para que el poder, una vez obtenido democráticamente, continúe teniendo límites?
Porque una democracia determina quién gobierna. Una República determina hasta dónde puede hacerlo.
1. El primer mensaje de las urnas: Bolsonaro primero, pero sin definición
Flávio Bolsonaro terminó la jornada electoral por delante de Lula y consiguió un resultado superior al que anticipaban varias de las principales encuestas publicadas inmediatamente antes de la elección.
El contraste merece atención. Sondeos divulgados el sábado situaban a Lula ligeramente por delante de Bolsonaro en primera vuelta. El resultado real invirtió ese orden.
Eso no significa que las encuestas carezcan de utilidad. Significa que deben ser interpretadas como mediciones sujetas a márgenes de error, metodología, momento del relevamiento y comportamiento de los electores hasta el último día.
También obliga a evitar el error contrario: convertir la ventaja obtenida por Bolsonaro en primera vuelta en una predicción sobre el balotaje.
Son elecciones diferentes.
Los aproximadamente siete u ocho puntos porcentuales que no fueron a ninguno de los dos principales candidatos adquieren ahora una importancia evidente. También la tendrá la movilización de quienes no participaron: con el escrutinio todavía provisional, la abstención rondaba el 21 %.
El 25 de octubre no se repetirá simplemente la elección del 4 de octubre.
Comienza otra.
2. Una sociedad políticamente partida
El resultado confirma algo más profundo que una disputa electoral.
Brasil continúa organizado alrededor de dos grandes identidades políticas que exceden a sus candidatos.
Lula representa una tradición política construida durante décadas alrededor del PT, los movimientos sociales, sindicatos, políticas redistributivas, intervención estatal y una concepción de Brasil con fuerte autonomía estratégica internacional.
Flávio Bolsonaro recibe buena parte de la corriente política construida alrededor de su padre, Jair Bolsonaro, pero enfrenta un desafío propio: transformar ese movimiento en una candidatura capaz de trascenderlo.
No todos los electores de Lula son simplemente “de izquierda”.
Tampoco todos los votantes de Bolsonaro pueden reducirse al bolsonarismo más duro.
Detrás de ambos bloques existen ciudadanos preocupados por cuestiones concretas: inflación, empleo, impuestos, corrupción, seguridad, violencia, servicios públicos, libertad de expresión, desigualdad, criminalidad organizada y futuro económico.
Una democracia madura necesita escuchar esas preocupaciones sin convertir automáticamente al adversario en enemigo.
Cuando una elección empieza a entenderse como una batalla existencial en la cual la victoria del otro significa la destrucción del país, el pluralismo comienza a deteriorarse.
3. La cuestión Bolsonaro: herencia y autonomía
Flávio Bolsonaro enfrenta una paradoja política.
Su apellido constituye una de sus principales fortalezas electorales y, simultáneamente, uno de los factores que condicionan su candidatura.
Jair Bolsonaro continúa siendo la referencia principal de una parte considerable de la derecha brasileña. Pero los acontecimientos posteriores a la elección de 2022 forman también parte inevitable del debate institucional brasileño.
Por eso Flávio necesita resolver una cuestión que va mucho más allá de la campaña:
¿su eventual gobierno sería una continuación del enfrentamiento institucional de los últimos años o intentaría construir una nueva relación entre Presidencia, Congreso, Poder Judicial y oposición?
Desde una perspectiva republicana, esta cuestión importa más que las etiquetas ideológicas.
Defender menor presión tributaria, libertad económica, seguridad, propiedad privada o reducción de la burocracia pertenece plenamente al debate democrático.
Ninguno de esos objetivos, sin embargo, puede justificar el debilitamiento de elecciones libres, del debido proceso o de los límites constitucionales.
La derecha democrática necesita poder defender sus ideas sin depender de la erosión institucional.
Exactamente la misma exigencia debe aplicarse a la izquierda.
4. La cuestión Lula: defender la democracia también significa limitar el poder
Lula enfrenta una paradoja diferente.
Su sector político ha colocado la defensa de la democracia frente al bolsonarismo en el centro de su discurso. Ese argumento adquiere relevancia a partir de la crisis institucional posterior a las elecciones de 2022.
Pero existe una segunda parte que no puede omitirse.
La defensa de la democracia tampoco puede convertirse en una autorización para expandir indefinidamente el poder del Estado.
La libertad de expresión continúa siendo libertad cuando incomoda al gobierno.
El debido proceso continúa siendo obligatorio cuando el acusado resulta políticamente desagradable.
La separación de poderes continúa siendo necesaria cuando las instituciones consideran que actúan por una buena causa.
Y la crítica a los tribunales, siempre que respete el orden constitucional, forma parte de una sociedad libre.
El republicanismo pierde coherencia cuando exige límites solamente al adversario.
5. El Supremo Tribunal Federal y el problema de los límites
Pocas instituciones han ocupado un lugar tan central en la política brasileña reciente como el Supremo Tribunal Federal.
Sus defensores consideran que su actuación fue necesaria para proteger el orden constitucional frente a campañas de desinformación, ataques institucionales y acciones dirigidas contra la democracia.
Sus críticos cuestionan la extensión alcanzada por determinadas decisiones y plantean problemas relacionados con libertad de expresión, competencias judiciales, decisiones individuales de magistrados y debido proceso.
Es una discusión legítima.
Una República necesita tribunales fuertes.
Pero la independencia judicial no significa ausencia de límites.
Del mismo modo, controlar constitucionalmente a los tribunales no significa someterlos al gobierno.
La pregunta LIBERTAS debe permanecer idéntica con independencia del sector político beneficiado:
¿la reforma aumenta los controles entre poderes o facilita que un poder capture a otro?
Ese es el criterio republicano.
6. Seguridad: el Estado frente al poder criminal
La seguridad pública será uno de los grandes asuntos del balotaje.
Brasil enfrenta organizaciones criminales que han superado hace tiempo la dimensión de la delincuencia convencional. Controlan territorios, rutas, economías ilegales, sistemas de lavado de activos y estructuras capaces de atravesar fronteras.
El debate ya no puede limitarse a la cantidad de policías en las calles.
El desafío incluye inteligencia financiera, fronteras, sistema penitenciario, cooperación federal, lavado de dinero, narcotráfico, armas, corrupción y penetración criminal dentro de estructuras legales.
LIBERTAS sostiene aquí dos principios que deben convivir.
El ciudadano tiene derecho a que el Estado lo proteja frente al crimen.
Pero también tiene derecho a ser protegido frente al abuso del propio Estado.
Una política de seguridad republicana necesita autoridad suficiente para enfrentar organizaciones criminales poderosas y controles suficientemente fuertes para impedir arbitrariedades.
Seguridad sin libertad termina en autoritarismo. Libertad sin seguridad puede convertirse en una promesa vacía para quien vive sometido al poder criminal.
7. Economía: el debate que llegará después de la campaña
La economía será otro de los grandes campos de disputa.
Los dos espacios parten de concepciones diferentes sobre el tamaño del Estado, el gasto público, la política social, la regulación, los impuestos y el papel de la inversión pública.
Pero reducir la discusión a “más Estado” o “menos Estado” sería insuficiente.
Un Estado grande no garantiza justicia social.
Un Estado pequeño tampoco garantiza libertad.
Puede existir intervencionismo estatal acompañado de ineficiencia, clientelismo y dependencia política. Y puede existir una economía formalmente liberal dominada por privilegios, posiciones monopólicas, captura regulatoria o relaciones privilegiadas entre empresarios y gobierno.
La libertad económica requiere competencia, reglas previsibles, propiedad protegida, estabilidad monetaria, responsabilidad fiscal y oportunidades reales para emprender.
La política social, por su parte, debe evaluarse por su capacidad para ampliar autonomía y oportunidades, no por su rentabilidad electoral.
Brasil necesitará discutir seriamente gasto, deuda, crecimiento y productividad una vez que termine la campaña.
8. Libertad de expresión: una prueba para ambos proyectos
Brasil se ha convertido en uno de los grandes laboratorios mundiales de la discusión sobre libertad de expresión, redes sociales, desinformación y poder de las plataformas.
No existen soluciones simples.
Las campañas coordinadas de manipulación existen.
La desinformación existe.
También existe el riesgo de que combatirlas termine creando mecanismos excesivamente amplios de censura o vigilancia.
LIBERTAS debe mantener una posición especialmente exigente en este terreno.
El Estado puede perseguir delitos definidos por la ley.
Puede investigar amenazas, fraude, incitación criminal y organizaciones ilegales.
Lo que una democracia debe evitar es convertir conceptos imprecisos en herramientas que permitan decidir administrativamente qué opiniones son aceptables.
La libertad de expresión tiene sentido precisamente cuando protege expresiones incómodas, minoritarias o contrarias al poder.
9. Brasil entre Washington, Beijing y los BRICS
El resultado tendrá consecuencias fuera de Brasil.
La relación con Estados Unidos será uno de los puntos de contraste entre los dos candidatos. También lo será la relación con China y la orientación brasileña dentro de los BRICS.
Pero Brasil tiene una dimensión que le permite evitar alineamientos automáticos.
Es la mayor economía latinoamericana y posee intereses propios en América del Sur, Estados Unidos, Europa, China, África y el mundo emergente.
Desde una visión LIBERTAS, la autonomía internacional debería significar capacidad de decisión, no neutralidad moral frente a cualquier régimen.
La defensa de la soberanía no debería convertirse en silencio ante violaciones de derechos humanos cometidas por gobiernos políticamente próximos.
Tampoco una relación privilegiada con Washington debería significar aceptar automáticamente la agenda estadounidense.
La política exterior de una República libre necesita defender intereses nacionales sin abandonar principios.
Democracia, derechos humanos y libertad deberían aplicarse con el mismo criterio a aliados y adversarios.
10. América Latina mira a Brasil
La elección brasileña tendrá consecuencias regionales.
Brasil pesa en Mercosur, integración energética, comercio, seguridad fronteriza, Amazonia y relaciones entre América Latina y las grandes potencias.
También posee capacidad para modificar equilibrios diplomáticos.
Un cambio de orientación en Brasilia puede alterar las relaciones con Argentina, Uruguay, Paraguay y otros países sudamericanos, además de modificar la dinámica interna del Mercosur.
Para Uruguay, por razones geográficas y económicas, Brasil nunca es una elección exterior cualquiera.
Lo que ocurra en Brasil tendrá repercusiones comerciales, diplomáticas y regionales que exceden ampliamente la identidad ideológica de quien ocupe el Palacio del Planalto.
11. Hay otra elección dentro de la elección
El foco internacional está colocado sobre Lula y Bolsonaro, pero Brasil eligió mucho más que presidente.
Este 4 de octubre se renovaron los 513 integrantes de la Cámara de Diputados y 54 de los 81 integrantes del Senado, además de gobernadores y legislaturas estaduales.
La composición definitiva de esas cámaras será decisiva.
Brasil posee un presidencialismo en el que gobernar exige construir coaliciones parlamentarias. Por eso el poder real del próximo presidente dependerá también de la relación que pueda establecer con el Congreso.
Y aquí aparece una dimensión republicana particularmente interesante.
Un Ejecutivo limitado por un Congreso independiente puede constituir un contrapeso saludable.
Un Congreso que utilice su capacidad exclusivamente para distribuir recursos, cargos o privilegios puede convertirse en otra forma de captura del Estado.
La separación de poderes funciona cuando existen controles institucionales, no simplemente cuando existen instituciones diferentes.
12. El resultado que las encuestas no anticiparon
La primera vuelta deja además una advertencia metodológica.
Varias encuestas publicadas inmediatamente antes de la elección colocaban a Lula ligeramente por delante. El escrutinio prácticamente completo mostró a Flávio Bolsonaro primero, con una ventaja algo superior a dos puntos porcentuales.
La diferencia entre medición y resultado merece análisis, pero no conclusiones precipitadas.
Habrá que estudiar distribución territorial del error, indecisos, participación efectiva, voto tardío y metodología de cada instituto antes de afirmar por qué ocurrió.
Lo que sí puede afirmarse es que el electorado que finalmente votó produjo un resultado diferente del escenario central que reflejaban varios sondeos de víspera.
Eso debería aumentar la prudencia frente a cualquier pronóstico sobre el 25 de octubre.
13. El mapa político que deja el 4 de octubre
Con el escrutinio prácticamente concluido, cuatro datos sobresalen.
Primero: Flávio Bolsonaro ganó la primera vuelta con alrededor del 47,2 %, pero quedó por debajo de la mayoría necesaria para obtener la Presidencia.
Segundo: Lula, con aproximadamente el 45 %, permanece a poco más de dos puntos y llega al balotaje con un volumen electoral comparable al de su adversario.
Tercero: aproximadamente el 92 % del voto válido quedó concentrado entre ambos candidatos.
Cuarto: queda un electorado menor pero potencialmente decisivo que votó por otros candidatos, además de una abstención cercana al 21 %.
El centro de gravedad de la campaña cambia ahora.
Ya no alcanza con movilizar a los convencidos.
Cada candidato necesitará persuadir a ciudadanos que el 4 de octubre eligieron otra opción, se abstuvieron o podrían reconsiderar su voto.
Allí puede encontrarse una oportunidad democrática: obligar a ambos proyectos a salir de sus fronteras políticas.
14. La prueba del 25 de octubre
La segunda vuelta no debería reducirse a decidir cuál de los dos sectores derrota al otro.
Brasil enfrenta una prueba más profunda.
Quien gane deberá gobernar también a los millones que votaron en su contra.
Quien pierda deberá reconocer la legitimidad del resultado si el proceso se desarrolla conforme a las garantías electorales.
El gobierno tendrá que aceptar controles.
La oposición deberá ejercerlos dentro de la Constitución.
El Congreso tendrá que controlar sin sustituir al Ejecutivo.
Los tribunales deberán proteger el orden constitucional sin transformarse en actores políticos.
Los medios deberán poder investigar al poder.
Y los ciudadanos deberán conservar el derecho a cuestionarlos a todos.
Ese es el punto desde el cual LIBERTAS observa Brasil.
No se trata de elegir entre Lula y Bolsonaro desde estas páginas.
Se trata de establecer las condiciones bajo las cuales cualquiera de ellos debe gobernar.
Porque los nombres cambian.
Los partidos cambian.
Las mayorías cambian.
Precisamente por eso los principios tienen que permanecer.
La democracia decide quién gobierna.
La República limita el poder de quien gobierna.
La libertad protege al ciudadano incluso frente a la voluntad de la mayoría.
Brasil todavía no eligió presidente.
El 4 de octubre eligió a los dos hombres que disputarán esa responsabilidad.
El 25 de octubre de 2026 decidirá cuál de ellos llegará al Planalto.
La pregunta republicana seguirá abierta al día siguiente:
cuando uno tenga el poder, ¿qué instituciones, qué leyes y qué convicciones democráticas impedirán que crea que también le pertenece todo lo demás?
