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LIBERTAS | ANÁLISIS POLÍTICO Y GEOPOLÍTICO | 25 DE OCTUBRE DE 2026

María Corina Machado vuelve: Venezuela ante la disputa definitiva por su democracia

El regreso de la líder opositora plantea una pregunta que trasciende su figura: ¿podrá Venezuela recuperar la soberanía popular o quedará atrapada en una transición administrada por los mismos intereses que condicionaron su libertad?

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El retorno que cambia el escenario político

María Corina Machado regresó a Venezuela este domingo 25 de octubre de 2026, después de casi diez meses fuera del país. Su reaparición en el santuario de la Divina Pastora, en el estado Lara, y el recibimiento de sus seguidores constituyen un acontecimiento de considerable peso político.

Su anuncio fue breve: «Estoy aquí. Con ustedes».

Pero esas palabras adquieren otra dimensión cuando se pronuncian en un país donde durante años la oposición sufrió persecuciones, inhabilitaciones políticas, encarcelamientos y restricciones a sus libertades. Machado había salido de Venezuela en diciembre de 2025, cuando recibió el Premio Nobel de la Paz. Su retorno se produce después de varios intentos fallidos y en medio de una transición todavía sin calendario electoral definido.

La presencia de Machado dentro de Venezuela modifica el equilibrio político. La oposición recupera en el territorio nacional a una dirigente con capacidad de convocatoria, reconocimiento internacional y una legitimidad construida en la confrontación con el autoritarismo chavista.

Sin embargo, conviene evitar una lectura triunfalista. El regreso no constituye por sí mismo la restauración democrática. Tampoco garantiza que el país esté próximo a celebrar elecciones libres.

Desde la perspectiva de LIBERTAS, el acontecimiento debe interpretarse en una dimensión más profunda: la disputa entre la soberanía de los ciudadanos venezolanos y los intereses de quienes pretenden administrar la transición sin someter efectivamente el poder al voto popular.

Venezuela después de Maduro: ¿transición democrática o continuidad del sistema?

La captura de Nicolás Maduro durante la operación militar estadounidense de enero de 2026 alteró radicalmente el escenario venezolano. Pero la salida de Maduro del poder no significó el desmantelamiento de la estructura política que lo sostuvo.

Delcy Rodríguez, figura central del chavismo y antigua vicepresidenta de Maduro, asumió la presidencia interina. Desde entonces, su gobierno ha desarrollado relaciones de cooperación con la administración de Donald Trump, especialmente en asuntos económicos, petroleros y diplomáticos.

Esta situación expone una contradicción que no debería quedar fuera del análisis.

Estados Unidos contribuyó decisivamente a terminar con el gobierno personal de Maduro, pero posteriormente optó por trabajar con una parte importante de la estructura política que había formado parte de su régimen.

La explicación puede encontrarse en una lógica pragmática: evitar el colapso institucional, garantizar cierta estabilidad económica y negociar con quienes todavía controlan los mecanismos del Estado.

Esa estrategia tiene argumentos atendibles. Una ruptura desordenada podría producir enfrentamientos, agravar la crisis económica y deteriorar aún más las condiciones de vida de los venezolanos.

Pero también presenta un riesgo considerable: que la estabilidad termine convirtiéndose en una justificación para postergar indefinidamente la democracia.

Un sistema autoritario puede sobrevivir a la desaparición de su principal dirigente. Puede modificar su lenguaje, aceptar acuerdos internacionales, liberalizar parcialmente la economía y conservar, al mismo tiempo, el control de los tribunales, las instituciones electorales y los aparatos de seguridad.

Venezuela enfrenta precisamente esa posibilidad.

La pregunta deja de ser quién reemplazó a Maduro para convertirse en otra mucho más exigente: ¿quién controla realmente el poder y ante quién responde?

María Corina Machado frente a Washington: cuando la libertad incomoda a la geopolítica

Uno de los aspectos más reveladores del regreso de Machado es que su presencia resulta políticamente incómoda incluso para algunos actores que contribuyeron a debilitar al chavismo.

Donald Trump ha mantenido una relación pragmática con Delcy Rodríguez. Su administración ha priorizado acuerdos económicos, la recuperación de la actividad petrolera y negociaciones con sectores del poder venezolano.

El secretario de Estado, Marco Rubio, presentó el regreso de Machado como resultado de las condiciones creadas mediante las conversaciones de reconciliación respaldadas por Estados Unidos. También señaló la liberación de presos políticos y el retorno de dirigentes exiliados.

Sin embargo, Washington continúa colocando la estabilización institucional y económica por delante de la convocatoria inmediata a elecciones presidenciales.

Aquí emerge una tensión conocida en la historia de América Latina: la diferencia entre defender la democracia como principio y administrarla como instrumento de política exterior.

El gobierno estadounidense tiene intereses estratégicos legítimos, desde la seguridad regional hasta el abastecimiento energético. Venezuela, por su ubicación y sus recursos petroleros, ocupa una posición importante en ese cálculo.

Pero los intereses de una potencia no siempre coinciden con las aspiraciones democráticas de una sociedad.

Machado representa, en este momento, un problema para cualquier proyecto que pretenda estabilizar Venezuela sin devolverle a su población la decisión sobre su gobierno.

Su regreso obliga a discutir aquello que las negociaciones diplomáticas pueden aplazar: la legitimidad del poder.

Desde LIBERTAS corresponde sostener una posición inequívoca. La recuperación de la libertad venezolana no puede depender de la conveniencia electoral de Washington, de las necesidades petroleras internacionales ni de la voluntad de supervivencia del chavismo.

Estados Unidos puede acompañar, facilitar acuerdos y ofrecer garantías. Pero no debería sustituir la voluntad de los venezolanos.

Y ese principio también debe aplicarse a cualquier otra potencia extranjera que pretenda condicionar el futuro político del país.

La elección de 2024: una legitimidad que sigue pendiente de resolución

El regreso de Machado no puede interpretarse separadamente de las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024.

Después de ganar las primarias de la oposición en 2023, Machado fue impedida de presentarse como candidata presidencial. Edmundo González Urrutia ocupó finalmente ese lugar.

El Consejo Nacional Electoral proclamó vencedor a Maduro, mientras la oposición presentó actas que respaldaban una victoria amplia de González. La disputa electoral dio paso a una ola represiva que incluyó detenciones y denuncias de graves violaciones de los derechos humanos.

Este antecedente es decisivo porque introduce dos cuestiones distintas.

La primera es la legitimidad democrática de aquella elección. Las evidencias difundidas por la oposición y el cuestionamiento internacional de los resultados oficiales impiden considerar cerrado el problema de la voluntad popular expresada en 2024.

La segunda es la necesidad de construir una salida institucional viable en 2026.

Edmundo González representa la candidatura que disputó formalmente aquella elección. María Corina Machado conserva el liderazgo político que hizo posible la articulación de buena parte de la oposición.

Ambas legitimidades pueden complementarse, pero requieren coordinación.

González celebró públicamente el regreso de Machado y anunció su intención de retornar también a Venezuela.

Para LIBERTAS, la exigencia democrática es doble: esclarecer y reconocer la voluntad expresada en 2024 y establecer garantías para una competencia política genuinamente libre.

No alcanza con convocar elecciones si permanecen las estructuras capaces de manipularlas. Tampoco sería aceptable convertir el reclamo por la elección anterior en una excusa para evitar indefinidamente nuevas instancias de legitimación democrática.

La oportunidad y el riesgo del liderazgo de Machado

María Corina Machado ha conseguido algo que numerosos dirigentes latinoamericanos no lograron: sostener su relevancia política después de enfrentar inhabilitaciones, clandestinidad, persecución y exilio.

Su Premio Nobel de la Paz de 2025 reforzó su reconocimiento internacional, pero la fuente principal de su legitimidad política continúa siendo su capacidad de representar una demanda ciudadana de cambio.

Ese liderazgo tiene ahora una responsabilidad diferente.

Mientras enfrentaba al gobierno de Maduro, la prioridad estaba definida: denunciar el autoritarismo y organizar la resistencia democrática.

En la nueva etapa debe contribuir a construir un orden político capaz de sobrevivir incluso a sus propios dirigentes.

Esta distinción es esencial.

La democracia necesita liderazgos, pero comienza a debilitarse cuando las instituciones quedan subordinadas a ellos. América Latina conoce demasiado bien las consecuencias del personalismo, incluso cuando aparece inicialmente como una respuesta a una injusticia.

Por eso, la principal prueba de Machado no será solamente conservar su popularidad o conseguir que se convoquen elecciones.

Será transformar la adhesión que despierta en un proyecto de reconstrucción institucional con garantías para quienes la apoyan y también para quienes discrepan con ella.

La libertad de expresión debe proteger a todos. La Justicia debe actuar con independencia, incluso frente a quienes ejerzan el nuevo gobierno. La competencia electoral tiene que admitir que una fuerza política pierda y pueda volver a presentarse sin persecuciones.

Y la transición debe distinguir entre las responsabilidades individuales por delitos y la pertenencia a una corriente política. La rendición de cuentas por graves violaciones de derechos humanos es imprescindible; la persecución colectiva de los adversarios sería incompatible con el Estado de derecho.

Una Venezuela verdaderamente libre deberá garantizar incluso a los antiguos partidarios del chavismo los derechos políticos que el chavismo negó a sus opositores.

Ese será uno de los indicadores más exigentes del éxito democrático.

La economía venezolana: entre la reconstrucción y una nueva dependencia

La recuperación económica aparece como uno de los principales argumentos utilizados para justificar la gradualidad de la transición.

Existe una razón concreta: ningún proceso democrático será estable si amplios sectores de la población siguen enfrentando precariedad, deterioro de los servicios públicos y falta de oportunidades.

Sin embargo, la estabilización macroeconómica y la democratización política no son equivalentes.

Una economía puede recibir inversiones mientras mantiene instituciones capturadas. Un gobierno puede lograr acuerdos internacionales sin contar con legitimidad electoral suficiente. El aumento de la producción petrolera tampoco asegura que sus beneficios lleguen a la población.

Por otra parte, sería un error rechazar las inversiones externas simplemente porque provienen de países con intereses estratégicos. Venezuela necesitará capital, tecnología y comercio internacional para reconstruirse.

La cuestión está en las condiciones.

Una reconstrucción compatible con la libertad requiere seguridad jurídica, contratos transparentes, protección de la propiedad, competencia económica y control público de los recursos estatales.

También necesita independencia judicial. Sin tribunales capaces de resolver conflictos frente al propio poder político, ninguna apertura económica puede considerarse plenamente segura.

Desde una visión liberal y republicana, la verdadera independencia nacional no consiste en aislarse de los mercados internacionales, sino en disponer de instituciones que impidan que los recursos del país se conviertan en patrimonio de grupos políticos o intereses particulares.

América Latina y Uruguay ante el desafío venezolano

El regreso de Machado también interpela a América Latina.

Durante décadas, la discusión sobre Venezuela estuvo condicionada por identificaciones ideológicas. Algunos gobiernos privilegiaron su proximidad política con el chavismo, mientras otros utilizaron la crisis venezolana como argumento de confrontación partidaria interna.

Ambas aproximaciones resultan insuficientes.

Las violaciones de los derechos humanos no deberían relativizarse por la orientación ideológica de sus responsables. Del mismo modo, el respeto a la soberanía nacional no puede convertirse en una autorización para desconocer la soberanía de los ciudadanos.

Uruguay dispone de una tradición republicana desde la cual puede contribuir a una discusión menos ideologizada y más institucional.

La defensa de las elecciones libres, el pluralismo, las garantías individuales y la independencia judicial debería constituir una posición de Estado, independientemente del partido que ejerza el gobierno.

El retorno de Machado plantea además consecuencias regionales concretas.

Una democratización efectiva de Venezuela podría facilitar la reunificación de familias separadas por el exilio, mejorar las condiciones para el retorno voluntario de migrantes y abrir oportunidades de integración económica.

Por el contrario, una transición indefinidamente postergada podría prolongar la incertidumbre y fortalecer la percepción de que en América Latina es posible conservar el poder sin legitimidad electoral mediante acuerdos entre élites políticas y actores internacionales.

Para Uruguay, la cuestión venezolana no debería medirse por la simpatía o antipatía hacia María Corina Machado, Donald Trump o Delcy Rodríguez.

Debería medirse por la vigencia de principios que nuestra propia historia democrática considera irrenunciables.

Los escenarios que se abren

El regreso de Machado pone en movimiento un proceso cuyo resultado está lejos de conocerse.

Escenario 1. Transición democrática negociada

El gobierno interino, la oposición y los actores internacionales acuerdan un calendario electoral verificable, reformas institucionales y garantías para una competencia libre. Sería la salida más compatible con una democracia duradera, aunque requiere acuerdos políticos hoy todavía inciertos.

Escenario 2. Continuidad del chavismo sin Maduro

Delcy Rodríguez y las estructuras que conserva el oficialismo consolidan un nuevo equilibrio con Washington. Se producen aperturas económicas y concesiones políticas parciales, pero las elecciones siguen postergadas. El país obtiene cierta estabilidad sin resolver el problema de legitimidad.

Escenario 3. Presión ciudadana y crisis de la transición

La presencia de Machado impulsa movilizaciones y aumenta las exigencias de elecciones. Si las autoridades bloquean las reformas, podrían crecer las tensiones sociales y políticas. El riesgo sería un nuevo ciclo de confrontación, especialmente si los aparatos de seguridad siguen respondiendo a intereses partidarios.

Ninguno de estos escenarios puede considerarse inevitable. Su evolución dependerá de la capacidad de movilización ciudadana, la cohesión de la oposición, las decisiones del gobierno interino y la conducta de Estados Unidos.

No se trata de pronosticar cuál prevalecerá sin evidencias suficientes. Se trata de reconocer que la salida de Maduro abrió el proceso, pero no resolvió la disputa por el poder.

La mirada de LIBERTAS: el regreso de una dirigente y la deuda de una democracia

Hay acontecimientos que no necesitan producir un cambio institucional inmediato para modificar una realidad política.

El regreso de María Corina Machado pertenece a esa categoría.

Su sola presencia en Venezuela cuestiona la idea de que la transición pueda diseñarse exclusivamente en despachos gubernamentales, mesas de negociación diplomática o acuerdos económicos internacionales.

También recuerda que la política es una actividad humana y que la libertad conserva una dimensión que ninguna negociación puede sustituir: la decisión de las personas de hacerse responsables de su propio destino.

Sin embargo, sería equivocado convertir el retorno en una victoria consumada.

Machado recuperó su lugar físico en Venezuela. Los venezolanos todavía deben recuperar plenamente la posibilidad de elegir y controlar a quienes los gobiernan.

La distancia entre ambas cosas es la distancia entre un acontecimiento político y una democracia.

Una perspectiva liberal exige reconocer, además, que el derecho de los venezolanos a decidir su futuro está por encima de cualquier dirigente, incluido aquel que haya contribuido decisivamente a recuperar ese derecho.

La libertad no puede depender indefinidamente de una figura providencial. Debe quedar protegida por instituciones capaces de limitar a todos los gobernantes, incluso a los que cuentan con respaldo mayoritario.

Venezuela necesita elecciones, pero también necesita que los resultados sean respetados, que los adversarios puedan ejercer la oposición y que ningún presidente vuelva a confundir el Estado con su patrimonio político.

La caída de Maduro pudo poner fin a una etapa del poder autoritario. El regreso de María Corina Machado puede acelerar el comienzo de otra. Pero la democracia venezolana solamente habrá regresado cuando ningún ciudadano necesite la autorización del poder para ejercer sus derechos políticos.

Esa es la verdadera medida de la libertad.

Y esa es, todavía, la deuda pendiente de Venezuela.

FUENTES DE REFERENCIA · 25 DE OCTUBRE DE 2026

El análisis se fundamenta en las informaciones publicadas durante la jornada por Reuters, Noticias Telemundo y El País, entre otros medios. Los escenarios y valoraciones políticas constituyen interpretación editorial de LIBERTAS, no acontecimientos confirmados.

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