
MITO, PODER y REVOLUCIÓN

La historia que ocurrió y la historia que nos contaron
SERIE ESPECIAL DE INVESTIGACIÓN HISTÓRICA
«La historia puede convertirse en mito cuando dejamos de interrogar los hechos y comenzamos a aceptar los relatos como verdades indiscutibles».
Una investigación sobre los movimientos guerrilleros latinoamericanos de las décadas de 1960 y 1970, con especial atención al MLN-Tupamaros y a la historia política uruguaya. Diez capítulos dedicados a confrontar las interpretaciones con los documentos y los acontecimientos, desde una perspectiva comprometida con la Libertad, la Democracia y la República.
Índice general de la serie
PRIMERA PARTE · EL MITO Y LA REVOLUCIÓN LATINOAMERICANA
Capítulo 1. Del mito antiguo al héroe revolucionario: cómo se construyen las verdades políticas. De la Antigüedad a las mitologías políticas del siglo XX.
Capítulo 2. La Revolución Cubana y la construcción del guerrillero heroico (1953–1967). La revolución de 1959 y su influencia política y simbólica.
Capítulo 3. La revolución continental: guerrillas, ideología y violencia en América Latina (1960–1980). Experiencias armadas, estrategias y consecuencias en el continente.
SEGUNDA PARTE · URUGUAY Y EL MLN-TUPAMAROS
Capítulo 4. Uruguay antes de la guerrilla: democracia, crisis social y radicalización política (1955–1963)
Capítulo 5. Los orígenes del MLN-Tupamaros: de la militancia social a la organización armada (1962–1967)
Capítulo 6. La guerrilla urbana y la construcción de su leyenda (1968–1970)
Capítulo 7. La escalada de violencia y la derrota del MLN-Tupamaros (1971–1972)
Capítulo 8. Del enfrentamiento armado al golpe de Estado: responsabilidades, dictadura y ruptura institucional (1968–1985)
TERCERA PARTE · DE LA LUCHA ARMADA A LA MEMORIA POLÍTICA
Capítulo 9. De la clandestinidad al poder democrático: la transformación política de los tupamaros (1985–2010)
Capítulo 10. La batalla por la historia: mitos, memoria y verdad republicana (1985–2026)
«Investigar el pasado es ejercer la libertad de pensar por nosotros mismos».
Una invitación de LIBERTAS a leer, contrastar fuentes y construir una mirada propia sobre los acontecimientos que marcaron nuestra historia.
MITO, PODER Y REVOLUCIÓN
La historia que ocurrió y la historia que nos contaron
CAPÍTULO I
Del mito antiguo al héroe revolucionario
Cómo se construyen las verdades políticas y cómo los relatos pueden transformar nuestra comprensión de la historia

smarthistory.org La muerte de Marat, de Jacques-Louis David (1793), representa uno de los ejemplos más conocidos de transformación de un acontecimiento político en una imagen de martirio revolucionario.
- El poder de contar la historia
Una sociedad puede olvidar detalles de su pasado, confundir fechas o atribuir a determinados personajes acciones que nunca realizaron. Pero existe un fenómeno más complejo: puede recordar acontecimientos verdaderos a través de relatos que modifican profundamente su significado.
Una revolución puede convertirse en una epopeya sin contradicciones. Un dirigente político puede adquirir la condición de héroe incluso cuando sus decisiones produjeron consecuencias discutibles. Una derrota puede ser recordada como una victoria moral. La muerte de un combatiente puede transformarlo en símbolo de una causa que sobrevive durante generaciones.
Nada de esto requiere necesariamente inventar un acontecimiento. A veces alcanza con seleccionar una parte de lo sucedido, otorgarle un significado particular y dejar el resto fuera de la narración.
La historia humana está atravesada por ese proceso.
Los antiguos griegos utilizaron los mitos para explicar el origen del cosmos, las relaciones entre los dioses y los seres humanos, los conflictos entre ciudades y las normas que organizaban la vida colectiva. Los romanos vincularon su identidad política con relatos fundacionales. Las monarquías medievales recurrieron a genealogías, ceremonias y símbolos religiosos para presentar su autoridad como parte de un orden superior.
Con el nacimiento de los Estados modernos, las revoluciones y los grandes movimientos ideológicos, el mito no desapareció. Cambió de lenguaje.
Los dioses cedieron espacio a los héroes nacionales. Las promesas de salvación religiosa encontraron paralelos en las promesas de regeneración política. El sacrificio por una divinidad fue acompañado por el sacrificio por la patria, la clase social o la revolución.
Pero sería equivocado deducir que todos esos relatos son idénticos o que sus protagonistas actuaron por las mismas razones. Lo que interesa es comprender un mecanismo común: la capacidad de transformar una experiencia histórica en una narración que pretende explicar el pasado y orientar la conducta del presente.
La cuestión adquiere particular importancia cuando ese relato deja de ser una interpretación entre otras y comienza a utilizarse como una verdad que no admite discusión.
Allí aparece el problema que recorrerá esta serie de LIBERTAS.
Los movimientos revolucionarios latinoamericanos de las décadas de 1960 y 1970 produjeron documentos, desarrollaron estrategias, realizaron acciones y tuvieron consecuencias verificables. También construyeron imágenes de sí mismos. Sus dirigentes explicaron sus decisiones, atribuyeron significados a sus derrotas y presentaron sus métodos dentro de una visión política determinada.
Décadas después, las generaciones que no presenciaron aquellos acontecimientos recibieron una mezcla de hechos comprobados, memorias personales, interpretaciones académicas y relatos políticos.
¿De qué manera podemos distinguirlos?
Para responder, conviene remontarse mucho más atrás que el siglo XX.
1. Cuando el mito explicaba el mundo
En las sociedades antiguas, el mito cumplía funciones que hoy distribuimos entre distintas formas de conocimiento.
Explicaba fenómenos naturales, ofrecía respuestas sobre el origen de las comunidades, transmitía normas de convivencia y permitía comprender la relación entre los seres humanos y aquello que consideraban sagrado.
En la Grecia antigua, los relatos sobre Zeus, Atenea, Prometeo, Aquiles y otros personajes formaban parte de una tradición narrativa que, aun con numerosas variantes y contradicciones, ayudaba a transmitir valores y modelos de comportamiento.
No existía una única versión universalmente aceptada de cada mito. Los relatos podían variar según la ciudad, el poeta o el período histórico.
Las obras de Homero y Hesíodo muestran precisamente esa riqueza. La Ilíada presenta una guerra donde el honor, la cólera, la gloria y la muerte están vinculados con la intervención divina. La Teogonía de Hesíodo organiza genealogías de dioses y narra conflictos que desembocan en un determinado orden cósmico.
Las historias no se limitaban a entretener. Ofrecían referencias para pensar la autoridad, la justicia, el destino y las relaciones entre los individuos.

El mito de Prometeo resulta especialmente sugestivo para nuestro estudio.
En diferentes versiones de la tradición griega, Prometeo aparece relacionado con la entrega del fuego a los seres humanos y con el castigo impuesto por Zeus. Posteriormente, su figura fue reinterpretada como símbolo del desafío al poder, del conocimiento y de la emancipación.
El personaje pertenece a la mitología antigua, pero sus significados posteriores muestran cómo una misma narración puede ser utilizada para representar valores diferentes.
Para ciertos intérpretes, Prometeo simboliza la rebeldía contra una autoridad injusta. Para otros, expresa el precio de desafiar los límites establecidos.
El relato permanece reconocible; la lectura histórica y cultural cambia.
Esta característica será decisiva cuando estudiemos las representaciones de los revolucionarios modernos. El significado que una generación atribuye a un personaje puede ser muy distinto del que tenía para sus contemporáneos.
Roma: entre la memoria histórica y la legitimidad política
La antigua Roma ofrece otro ejemplo.
La tradición situó su fundación en el año 753 antes de nuestra era y vinculó sus orígenes con Rómulo y Remo, los hermanos que, según la leyenda, fueron amamantados por una loba.

La arqueología y el estudio de las fuentes permiten investigar el desarrollo de los asentamientos que dieron origen a Roma, pero no confirman como hecho histórico el relato de los hermanos fundadores.
Eso no impidió que el mito desempeñara un papel duradero en la identidad romana.
Rómulo representaba el origen de la comunidad política. La leyenda permitía presentar la existencia de Roma como resultado de un pasado heroico, acompañado de conflictos, decisiones y vínculos con lo sagrado.
Siglos después, autores como Tito Livio recuperaron las tradiciones fundacionales en una narración histórica donde convivían elementos legendarios y acontecimientos documentables.
La utilidad política del relato no dependía exclusivamente de su exactitud factual. Dependía de que ofreciera una explicación reconocible sobre el nacimiento de la ciudad y sus valores.
La diferencia entre una reconstrucción histórica y una tradición fundacional comienza a hacerse visible: una puede investigarse mediante evidencias; la otra debe estudiarse también por las funciones culturales y políticas que cumple.
Esta distinción resulta necesaria. Los mitos no carecen de valor histórico por contener elementos imaginarios. Son fuentes para conocer lo que una comunidad creía, cómo se representaba a sí misma y qué clase de legitimidad pretendía otorgar a sus instituciones.
Lo que no corresponde es utilizarlos como pruebas directas de acontecimientos que no han podido verificarse.
2. El mito como justificación del poder
Las sociedades antiguas y medievales no recurrieron a los relatos únicamente para explicar sus orígenes. También los utilizaron para justificar quién tenía derecho a gobernar.
La autoridad política se presentó frecuentemente como heredada de los antepasados, vinculada con una genealogía prestigiosa o legitimada por una voluntad divina.
En algunas monarquías europeas, la consagración religiosa de los soberanos contribuyó a reforzar la idea de que el poder del rey poseía una dimensión sagrada.
Las ceremonias de coronación, los símbolos de la realeza y las narraciones dinásticas formaban parte de esa construcción.
Conviene distinguir aquí dos cuestiones.
La primera es la creencia sincera. Muchos gobernantes y súbditos aceptaban verdaderamente las concepciones religiosas y políticas de su época.
La segunda es la utilización de esas creencias para sostener relaciones de autoridad.
Un relato puede expresar convicciones profundamente arraigadas y, al mismo tiempo, cumplir una función política favorable a quienes gobiernan.
Esta observación impide reducir toda la historia del mito a una conspiración de dirigentes que engañan deliberadamente a sus pueblos.
Las interpretaciones colectivas pueden surgir de tradiciones compartidas, experiencias traumáticas, expectativas de futuro y necesidades de identidad. Después pueden ser aprovechadas, modificadas o institucionalizadas por organizaciones políticas.
El poder no siempre inventa el relato desde cero. Con frecuencia selecciona aquello que ya existe y lo transforma en una explicación conveniente.
Con el nacimiento del nacionalismo moderno, los Estados recurrieron a relatos de continuidad histórica, gestas militares y personajes ejemplares para construir identidades colectivas.
La enseñanza de la historia, los monumentos públicos, los aniversarios nacionales y las ceremonias cívicas contribuyeron a fijar determinadas imágenes del pasado.
Muchas de esas prácticas sirvieron para fortalecer vínculos ciudadanos. Otras promovieron interpretaciones excluyentes, glorificaron conquistas o relegaron las experiencias de grupos que no encajaban en la identidad dominante.
Los historiadores Eric Hobsbawm y Terence Ranger estudiaron este fenómeno en The Invention of Tradition, publicado en 1983. Su obra mostró que determinadas prácticas presentadas como antiguas pueden haber sido creadas o sistematizadas en períodos mucho más recientes para establecer continuidad, cohesión y legitimidad.
La expresión «invención de la tradición» no significa que toda tradición sea falsa. Permite investigar cuándo surgió una práctica, cómo se consolidó y por qué comenzó a ser presentada como una herencia histórica estable.
El mismo razonamiento resulta aplicable a los movimientos políticos modernos.
Una organización puede construir ceremonias, símbolos, canciones, fechas conmemorativas y narraciones sobre sus fundadores. Con el paso de los años, esas representaciones pueden transformarse en parte de su identidad.
La pregunta histórica consiste en distinguir entre la experiencia que dio origen al movimiento y la interpretación que sus integrantes elaboraron posteriormente.
La Revolución Francesa: cuando el héroe político se convierte en mártir
La Revolución Francesa constituye uno de los episodios más útiles para observar la transición desde los relatos tradicionales de legitimidad hacia las modernas narraciones revolucionarias.
En 1789, Francia atravesaba una grave crisis fiscal, tensiones sociales y un cuestionamiento creciente de las estructuras políticas del Antiguo Régimen.
El 5 de mayo comenzaron las reuniones de los Estados Generales. El 17 de junio, los representantes del Tercer Estado se proclamaron Asamblea Nacional. El 14 de julio se produjo la toma de la Bastilla y el 26 de agosto fue aprobada la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.
Estos acontecimientos marcaron el inicio de profundas transformaciones políticas e institucionales.
La revolución cuestionó privilegios hereditarios y formuló principios que tendrían una influencia duradera sobre el constitucionalismo moderno.
Sin embargo, su desarrollo estuvo atravesado por conflictos internos, guerras, persecuciones y episodios de violencia política.
En septiembre de 1792 fue abolida la monarquía. El 21 de enero de 1793, Luis XVI fue ejecutado. Ese mismo año, la radicalización revolucionaria condujo a mecanismos extraordinarios de represión y al período conocido como el Terror.
La Revolución Francesa dejó, por tanto, un legado complejo: afirmaciones de derechos y soberanía política coexistieron con prácticas que vulneraron libertades y garantías de numerosas personas.
Esa tensión no desaparece por reconocer la importancia histórica de sus transformaciones.
El caso de Jean-Paul Marat
Jean-Paul Marat fue médico, periodista y una figura radical de la Revolución Francesa. Desde su publicación L’Ami du peuple intervino en las disputas políticas de su tiempo, formuló denuncias y defendió posiciones que suscitaron fuertes adhesiones y rechazos.
El 13 de julio de 1793 fue asesinado por Charlotte Corday mientras se encontraba en su domicilio.
El asesinato es un hecho históricamente documentado.
Pero lo que convierte a Marat en un ejemplo central para esta investigación es la representación artística y política que apareció después de su muerte.
Jacques-Louis David, pintor comprometido con el movimiento revolucionario, realizó ese mismo año La muerte de Marat.
El cuadro muestra al dirigente muerto en su bañera, con una composición austera y una iluminación que recuerda la iconografía del martirio religioso.
La escena conserva elementos del acontecimiento, pero los organiza para producir una interpretación determinada.
Marat aparece como una víctima sacrificial. La composición no muestra el enfrentamiento ideológico de la época, las controversias alrededor de sus posiciones políticas ni el contexto de violencia que rodeaba a los revolucionarios.
La obra no es simplemente un registro visual. Es una interpretación que contribuyó a convertir al protagonista en mártir de la revolución.
Esta distinción merece atención.
Marat fue efectivamente asesinado. David no necesitó inventar su muerte para producir una imagen con una enorme carga política.
Lo que hizo fue seleccionar el momento, construir una representación y otorgarle un significado público.
La pintura sobrevivió al contexto inmediato del asesinato y terminó convirtiéndose en una de las imágenes más reconocibles de la Revolución Francesa.
El acontecimiento y su representación adquirieron vidas históricas diferentes.
La muerte pertenece a la historia de 1793. La imagen pertenece, además, a la historia de cómo las generaciones posteriores aprendieron a mirar aquella revolución.
La construcción de un martirio
Las organizaciones políticas descubrieron tempranamente el valor de transformar la muerte de un dirigente en símbolo colectivo.
Un personaje vivo debe responder por sus decisiones, enfrentar contradicciones y adaptarse a circunstancias cambiantes.
La figura de un muerto puede quedar asociada permanentemente con determinadas virtudes, promesas o ideales.
Esto no significa que toda conmemoración de una víctima constituya manipulación.
Recordar a alguien asesinado puede ser un acto legítimo de duelo, reconocimiento y justicia.
El problema aparece cuando el sufrimiento o la muerte de una persona se convierten en prueba automática de que todas sus ideas, métodos y objetivos eran legítimos.
La condición de víctima y la validez de una doctrina política son cuestiones diferentes.
En el caso de Marat, la muerte violenta del periodista no resuelve por sí misma la valoración histórica de su actuación durante la revolución.
El análisis exige considerar sus publicaciones, sus posiciones, los conflictos de la época y las consecuencias de las decisiones que defendió.
Ese criterio resultará indispensable al estudiar, en los próximos capítulos, a los dirigentes revolucionarios latinoamericanos que adquirieron una dimensión simbólica después de su muerte.
3. La modernidad política: la promesa de construir un mundo nuevo
Las revoluciones modernas introdujeron una modificación profunda en la manera de representar el cambio histórico.
Durante siglos, numerosas sociedades habían explicado su legitimidad política mediante el pasado: los antepasados, las dinastías, las tradiciones y el orden religioso.
Las ideologías revolucionarias comenzaron a otorgar un lugar cada vez mayor al futuro.
La sociedad existente podía presentarse como una etapa provisional que debía ser superada. La historia adquiría una dirección y el movimiento político se atribuía la responsabilidad de conducirla.
El cambio es importante porque permite comprender una característica de determinadas narraciones revolucionarias: la legitimación de las decisiones presentes a partir de una promesa futura.
Una acción podía justificarse no solamente por sus consecuencias inmediatas, sino por su supuesta contribución a una sociedad mejor.
En esta interpretación, la revolución dejaba de ser exclusivamente un acontecimiento. Pasaba a convertirse en un proceso destinado a transformar las estructuras económicas, las instituciones y las relaciones sociales.
La tradición marxista aportó una explicación de los conflictos históricos centrada en las relaciones de producción y la lucha de clases. Karl Marx y Friedrich Engels publicaron el Manifiesto del Partido Comunista en 1848, en un contexto europeo atravesado por demandas de transformación política y social.
Sus ideas tuvieron una influencia extraordinaria sobre movimientos obreros, partidos y organizaciones revolucionarias.
Sin embargo, conviene evitar una simplificación frecuente: el marxismo no constituye una tradición política homogénea, ni todos sus seguidores defendieron una misma estrategia para alcanzar el poder.
Existieron corrientes parlamentarias y revolucionarias, posiciones reformistas y rupturistas, y profundas controversias sobre las relaciones entre democracia, organización política y transformación social.
Esta diversidad resulta especialmente importante para comprender el siglo XX latinoamericano, donde convivieron partidos comunistas legales, organizaciones socialistas que participaban en elecciones y movimientos que promovieron la insurrección armada.
Georges Sorel: el mito como motor de la acción
En 1908, el pensador francés Georges Sorel publicó Reflexiones sobre la violencia.
Su reflexión ocupa un lugar singular en la historia de las ideas políticas porque atribuyó al mito una función movilizadora.
Para Sorel, ciertos relatos colectivos no debían evaluarse únicamente como predicciones precisas sobre acontecimientos futuros. Su importancia residía también en la capacidad para despertar convicciones y orientar la acción.
El mito de la huelga general revolucionaria cumplía esa función dentro de su concepción del sindicalismo.
No era simplemente un programa detallado sobre cómo se desarrollarían los acontecimientos. Representaba una imagen de confrontación y transformación capaz de movilizar a los trabajadores.
La obra vinculó explícitamente mito, voluntad colectiva, conflicto y violencia, aunque esas ideas deben comprenderse dentro de las controversias específicas del sindicalismo revolucionario de comienzos del siglo XX.
Aquí aparece una distinción especialmente útil para nuestra investigación.
Un programa político puede evaluarse por sus propuestas y sus posibilidades de realización.
Un mito movilizador funciona de otra manera. Su eficacia no depende necesariamente de la precisión de sus previsiones, sino de la intensidad de las convicciones que genera.
Una organización puede continuar comprometida con una interpretación heroica de su lucha incluso después de que los acontecimientos hayan demostrado errores importantes en su estrategia.
La derrota puede ser atribuida exclusivamente a la traición, a la intervención extranjera o a circunstancias adversas. Las equivocaciones propias pueden quedar relegadas.
Estas interpretaciones no son siempre falsas. Las intervenciones externas, las divisiones internas y los factores imprevistos pueden haber tenido efectivamente un papel decisivo.
El problema aparece cuando una explicación se convierte en respuesta universal y deja de ser sometida al examen de las evidencias.
El pensamiento de Sorel permite comprender por qué algunas representaciones políticas sobreviven incluso cuando sus promesas originales no se cumplen.
También muestra por qué resulta insuficiente estudiar una organización revolucionaria únicamente a través de sus documentos programáticos: es necesario examinar las imágenes colectivas que movilizaron a sus integrantes y el significado que atribuían a sus acciones.
El siglo XX y la fabricación del dirigente providencial
La expansión de la fotografía, el cine, la radio y la prensa de masas alteró profundamente las posibilidades de construir relatos políticos.
Las imágenes de los dirigentes podían circular entre millones de personas. Sus discursos llegaban a públicos que nunca los habían visto personalmente. Las ceremonias públicas podían organizarse para producir una impresión de unanimidad, fuerza o identificación colectiva.
La política adquirió una dimensión visual y emocional que los regímenes de muy distinto signo utilizaron intensamente.
La revolución bolchevique y la representación del dirigente
La Revolución Rusa de 1917 fue un acontecimiento decisivo para el siglo XX.
En febrero cayó el régimen zarista. En octubre, los bolcheviques tomaron el poder, iniciando un proceso que desembocaría en la constitución de la Unión Soviética en 1922.
La guerra civil, la intervención extranjera, las dificultades económicas y la reorganización del Estado marcaron los primeros años del nuevo régimen.
Con la muerte de Vladímir Lenin en enero de 1924, su imagen comenzó a ocupar un lugar central en la legitimación simbólica del poder soviético.
Monumentos, retratos, ceremonias y publicaciones contribuyeron a construir una representación de Lenin como figura fundacional.
Su cuerpo embalsamado fue exhibido públicamente, transformándose en un elemento duradero de la memoria oficial del Estado.
Durante el gobierno de Iósif Stalin, el culto a la personalidad adquirió características especialmente intensas. La propaganda presentó a Stalin como conductor excepcional, mientras el régimen restringía la libertad política y desarrollaba mecanismos sistemáticos de persecución.
La representación del dirigente se convirtió en un instrumento para afirmar una autoridad que debía aparecer como indiscutible.
Aquí conviene distinguir la existencia de una tradición de pensamiento, sus protagonistas reales y la apropiación estatal de sus símbolos.
Las ideas de Lenin, la historia del bolchevismo y la construcción propagandística posterior no constituyen exactamente el mismo objeto de estudio.
Reducirlos a uno solo impediría comprender tanto la evolución política soviética como las disputas que existieron dentro del propio movimiento comunista.
El nazismo y el mito del salvador nacional
El régimen nacionalsocialista alemán muestra otra aplicación de los mecanismos de construcción política del mito, en un contexto ideológico y con objetivos diferentes de los movimientos comunistas.
La propaganda nazi presentó a Adolf Hitler como un dirigente providencial destinado a restaurar la grandeza de Alemania.
La representación no surgió espontáneamente de la admiración popular. Fue estimulada mediante campañas electorales, fotografías cuidadosamente organizadas, concentraciones públicas, discursos y posteriormente un aparato estatal de propaganda.
El United States Holocaust Memorial Museum ha documentado cómo la figura de Hitler fue presentada como la de un conductor excepcional y redentor de una nación supuestamente humillada.
El régimen recurrió a símbolos, ceremonias y mensajes sencillos para reforzar la identificación entre el dirigente, el partido y el pueblo alemán.
El resultado político fue mucho más grave que la exaltación de un individuo.
La propaganda contribuyó a la persecución de grupos presentados como enemigos, a la eliminación del pluralismo y a la legitimación de políticas que desembocaron en crímenes masivos y genocidio.
No corresponde equiparar ideologías distintas por el solo hecho de que utilizaran propaganda o construyeran representaciones heroicas.
La comparación histórica permite identificar mecanismos compartidos, pero exige conservar las diferencias entre doctrinas, sistemas de poder, finalidades y consecuencias.
El elemento relevante para nuestro análisis es otro: la construcción de una autoridad simbólica puede contribuir a presentar las decisiones de un dirigente como expresión directa de una voluntad colectiva, dificultando el examen de sus responsabilidades.
Cuando la adhesión personal sustituye la deliberación política, el relato sobre el dirigente adquiere una importancia que puede superar a la propia realidad de sus actos.
Esta tensión también puede aparecer, en distintas escalas, dentro de movimientos revolucionarios, organizaciones clandestinas y partidos que se identifican intensamente con sus fundadores.
6. Roland Barthes: cuando la historia empieza a parecer naturaleza
En 1957, el semiólogo francés Roland Barthes publicó Mitologías, una obra especialmente útil para comprender la construcción moderna del mito.
Barthes estudió objetos, imágenes y expresiones de la cultura cotidiana para mostrar cómo podían transmitir significados ideológicos que aparentaban ser naturales.
Su reflexión permite entender por qué el mito moderno no necesita adoptar la forma de una leyenda antigua.
Puede manifestarse en una fotografía, una portada periodística, una publicidad o una imagen política.
Lo importante es el proceso mediante el cual un objeto o acontecimiento adquiere un segundo significado que termina imponiéndose sobre su contexto original.
Según el análisis desarrollado por Barthes, el mito puede hacer que determinadas relaciones históricas parezcan evidentes, naturales o ajenas a las decisiones humanas que las produjeron.
Pensemos en una fotografía de un dirigente revolucionario.
La imagen puede mostrar a una persona concreta, tomada en un lugar y momento específicos.
Pero su difusión posterior puede transformarla en símbolo de valentía, resistencia, sacrificio o emancipación.
Quien contempla esa imagen décadas después tal vez desconozca cuándo fue tomada, qué estaba ocurriendo, cuáles eran las ideas políticas del retratado o qué decisiones adoptó a lo largo de su vida.
Sin embargo, puede reconocer inmediatamente el significado político que se le ha atribuido.
La imagen deja de funcionar únicamente como documento y comienza a actuar como símbolo.
Esta transformación no implica necesariamente falsificación fotográfica. Puede producirse mediante la selección de un encuadre, la repetición de una imagen y su circulación fuera del contexto original.
El caso de la fotografía del Che Guevara
Pocas imágenes del siglo XX ilustran tan claramente este fenómeno como el retrato de Ernesto Che Guevara conocido como Guerrillero Heroico.

El fotógrafo cubano Alberto Korda tomó la imagen el 5 de marzo de 1960, durante una ceremonia en La Habana relacionada con las víctimas de la explosión del buque La Coubre.
En los años posteriores, y especialmente alrededor de 1967, el retrato comenzó a adquirir una circulación internacional extraordinaria.
Fue reproducido en carteles, publicaciones, manifestaciones y objetos culturales. La imagen terminó vinculada con movimientos de protesta y expresiones de rebeldía en países muy diferentes.
Una fotografía tomada durante un acontecimiento concreto pasó a representar una idea política mucho más amplia.
El rostro del Che comenzó a circular separado de su trayectoria histórica completa.
Podía encontrarse en espacios donde apenas se discutían sus escritos sobre la lucha revolucionaria, sus responsabilidades en Cuba o sus posiciones sobre la violencia política.
Para algunos, la imagen simbolizaba la resistencia al imperialismo. Para otros, expresaba la lucha por la igualdad social. También hubo quienes cuestionaron la idealización de un dirigente que defendía explícitamente la insurrección armada y participó en el ejercicio del poder revolucionario cubano.
Estas interpretaciones no poseen todas el mismo alcance, pero permiten comprobar que el significado público de una imagen no queda fijado exclusivamente por el acontecimiento que la originó.
Es importante no confundir este ejemplo con una evaluación completa de la vida de Guevara. Su trayectoria, sus ideas y sus acciones serán estudiadas en los próximos capítulos dentro de su contexto histórico.
Lo que interesa aquí es el mecanismo.
La fotografía fue tomada en 1960.
El personaje murió en Bolivia en 1967.
La imagen se convirtió en un símbolo internacional que continuó circulando durante décadas, incluso entre personas que desconocían las circunstancias de su producción.
El documento visual adquirió una historia propia.
La fotografía constituye un hecho. El significado que distintas generaciones le atribuyeron forma parte de otra historia que también merece ser investigada.
4. Los mecanismos mediante los cuales se construye un mito político
Los ejemplos anteriores permiten identificar distintos procedimientos mediante los cuales los acontecimientos históricos pueden transformarse en relatos políticos duraderos.
No existe un mecanismo único ni todos los procesos son deliberados. Algunas representaciones aparecen espontáneamente y otras son producidas mediante campañas organizadas. En numerosos casos, ambas dimensiones se combinan.
La selección de los acontecimientos
Toda narración histórica requiere seleccionar información. Resulta imposible incorporar todos los acontecimientos, documentos y testimonios de una época en un único relato.
El problema surge cuando la selección responde a la necesidad de sostener una interpretación previamente establecida y elimina hechos que podrían modificarla.
Una organización revolucionaria puede destacar operaciones exitosas y relegar decisiones que provocaron víctimas civiles. Un gobierno puede presentar sus medidas represivas como respuestas defensivas y omitir las ilegalidades cometidas por sus propias fuerzas.
El investigador debe preguntarse qué hechos aparecen, cuáles fueron excluidos y si esas omisiones alteran la interpretación.
El silencio de una fuente, por sí solo, no demuestra una manipulación consciente. Puede deberse a desconocimiento, pérdida de documentos o limitaciones de acceso. Pero cuando las omisiones forman un patrón sistemático, merecen una investigación específica.
La transformación del lenguaje
Las palabras utilizadas para describir un acontecimiento pueden condicionar profundamente su interpretación.
Una apropiación violenta de dinero puede ser presentada por sus autores como una expropiación revolucionaria. Un gobierno puede denominar pacificación a una operación represiva. Una organización puede describir una muerte como consecuencia inevitable de la lucha, mientras sus adversarios utilizan expresiones que buscan condenar la totalidad de sus objetivos.
Cada denominación incorpora una perspectiva.
Esto no significa que todas las palabras sean igualmente precisas. El derecho, la investigación histórica y la documentación disponible proporcionan criterios para identificar conductas y establecer responsabilidades.
La exigencia metodológica consiste en evitar que la denominación utilizada por un protagonista sustituya automáticamente la descripción de lo que hizo.
Si una organización se apropió de dinero mediante armas, la investigación debe reconstruir quién intervino, qué ocurrió, quiénes resultaron afectados y cuál fue el destino de los bienes.
Después podrá analizar por qué sus integrantes eligieron llamarlo expropiación.
El término forma parte de la fuente histórica, pero no reemplaza al acontecimiento.
La construcción del enemigo
Los movimientos políticos suelen definir su identidad mediante objetivos compartidos. En determinadas circunstancias también lo hacen a través de la identificación de un adversario.
El enemigo puede ser presentado como responsable de todos los males de una sociedad.
La simplificación es eficaz porque permite explicar problemas complejos mediante una causa reconocible y atribuir a un grupo la responsabilidad de circunstancias muy diferentes.
El paso más peligroso aparece cuando la condición de adversario político se transforma en una descalificación moral absoluta.
Si quien piensa de otra manera deja de ser considerado un ciudadano con derechos, la confrontación política puede justificar prácticas de exclusión y violencia.
La experiencia histórica muestra que esta lógica puede aparecer en regímenes estatales autoritarios, movimientos revolucionarios y organizaciones extremistas de distintas orientaciones.
El sacrificio como legitimación
El sufrimiento ocupa un lugar central en numerosos relatos políticos.
La persecución, la prisión, el exilio y la muerte pueden convertirse en elementos de una memoria colectiva profundamente arraigada.
En numerosas ocasiones, estas experiencias corresponden a violaciones reales de derechos y merecen reconocimiento, investigación y reparación.
Sin embargo, sufrir una injusticia no convierte automáticamente todas las decisiones anteriores o posteriores de una persona en acciones legítimas.
La distinción puede resultar incómoda, pero es necesaria para comprender trayectorias históricas complejas.
Una persona puede haber participado en actos violentos y posteriormente ser víctima de tortura estatal. Ambos hechos requieren un examen propio. Reconocer la gravedad del segundo no obliga a justificar el primero.
Tampoco puede utilizarse la participación anterior en una organización armada para negar los derechos de una persona detenida.
El valor de las garantías jurídicas reside precisamente en que no dependen de la simpatía que despierten las ideas del individuo.
La derrota convertida en victoria moral
La derrota militar o política introduce una dificultad para los movimientos que habían prometido resultados concretos.
¿Cómo explicar que una estrategia considerada históricamente necesaria no haya logrado sus objetivos?
Las respuestas pueden ser diferentes. Algunos dirigentes reconocen errores de análisis, modifican sus ideas o abandonan métodos que consideran inadecuados.
Otros mantienen intacta su interpretación original y atribuyen el fracaso exclusivamente a fuerzas externas.
También puede aparecer una tercera posibilidad: transformar la derrota en símbolo de sacrificio.
El proyecto no habría fracasado en términos morales porque sus integrantes demostraron valentía, convicción o disposición a sufrir por sus ideales.
Aquí conviene separar la evaluación de las personas de la evaluación de la estrategia.
El valor demostrado en circunstancias peligrosas es una característica que puede investigarse y reconocerse. Pero no demuestra que los objetivos políticos fueran alcanzables, que representaran a la mayoría de la sociedad o que los métodos empleados fueran legítimos.
Esta diferencia será relevante cuando estudiemos el fracaso de distintas experiencias guerrilleras latinoamericanas y las interpretaciones posteriores elaboradas por sus participantes.
Memoria, historia y propaganda: tres conceptos que no debemos confundir
Hasta aquí hemos utilizado diferentes términos para analizar la construcción de los relatos políticos.
Conviene establecer una distinción metodológica que acompañará los diez capítulos.
La memoria es la manera en que las personas y las comunidades recuerdan acontecimientos. Incluye experiencias personales, emociones, interpretaciones y recuerdos transmitidos entre generaciones. Tiene un valor histórico propio, pero puede ser selectiva y cambiar con el tiempo.
La investigación histórica procura reconstruir e interpretar acontecimientos mediante el examen crítico de fuentes. Trabaja con documentos, testimonios, registros materiales y estudios anteriores. Sus conclusiones pueden ser revisadas cuando aparecen nuevas evidencias o interpretaciones mejor fundamentadas.
La propaganda política busca influir sobre percepciones, actitudes o comportamientos. Puede transmitir información verdadera, parcial o falsa. Lo que la define es su orientación persuasiva, aunque sus procedimientos varían considerablemente según el contexto.
Estas tres dimensiones pueden aparecer relacionadas.
Una persona puede recordar sinceramente una experiencia, convertirla en parte de su identidad política y transmitirla a otros mediante una campaña destinada a obtener adhesiones.
El recuerdo personal no es necesariamente falso. La campaña no demuestra por sí misma que los acontecimientos hayan sido inventados.
El investigador necesita identificar cada dimensión para evitar que la fuerza emocional de una narración se convierta en garantía de precisión histórica.
También debe reconocer sus propios límites.
Los documentos oficiales pueden contener falsedades. Los testimonios pueden registrar acontecimientos que los archivos omitieron. La prensa puede haber trabajado bajo censura o presiones políticas.
Por ello, ninguna categoría documental posee una presunción de infalibilidad.
El trabajo consiste en contrastar fuentes, reconstruir cronologías e identificar las circunstancias en que fueron producidas.
¿Por qué los mitos sobreviven a la evidencia?
Una pregunta aparece después de recorrer estos ejemplos.
Si los documentos permiten examinar los acontecimientos, ¿por qué determinados relatos continúan siendo aceptados incluso cuando existen evidencias que cuestionan partes de su contenido?
La respuesta no puede reducirse a la falta de información.
Los relatos políticos cumplen funciones de identidad. Permiten que las personas reconozcan una historia común, encuentren referentes y otorguen continuidad a sus convicciones.
Cuestionar una narración puede ser experimentado como un cuestionamiento de la comunidad a la que alguien pertenece.
Cuando una organización construye su identidad alrededor de determinados héroes, episodios y sacrificios, el examen histórico de esos elementos puede adquirir consecuencias políticas contemporáneas.
Algo semejante ocurre con las memorias nacionales.
La revisión crítica de un episodio considerado glorioso puede despertar resistencia, especialmente cuando exige reconocer decisiones equivocadas o responsabilidades que permanecieron fuera de la narración pública.
Pero también existen procesos de transformación.
Las sociedades revisan interpretaciones anteriores, incorporan testimonios de grupos que habían sido excluidos y recuperan documentos desconocidos.
La historia no permanece inmóvil.
La apertura de archivos, las investigaciones judiciales, las nuevas preguntas académicas y el transcurso de las generaciones pueden modificar profundamente la comprensión de un período.
El problema no radica en que las interpretaciones cambien. Ese cambio puede reflejar avances reales del conocimiento.
La dificultad aparece cuando la modificación responde a la necesidad de acomodar los acontecimientos a intereses actuales sin presentar nuevas evidencias que la sostengan.
Por eso, la investigación debe preguntarse no solamente qué afirma una versión, sino también cuándo apareció y qué circunstancias rodearon su difusión.
Una memoria publicada en 1990 sobre acontecimientos de 1965 constituye una fuente valiosa. Pero también es necesario considerar los veinticinco años transcurridos entre ambos momentos, las experiencias posteriores de su autor y las transformaciones de la vida política.
No se trata de descartar el testimonio. Se trata de comprenderlo.
5. La democracia frente a los relatos absolutos
El vínculo entre mito y poder adquiere particular importancia cuando una organización afirma poseer una interpretación exclusiva de los intereses de una sociedad.
La historia ofrece múltiples ejemplos de dirigentes que se presentaron como encarnaciones de la nación, representantes únicos de una clase social o intérpretes privilegiados de la voluntad popular.
Estas afirmaciones deben examinarse en su contexto. No todas producen las mismas consecuencias ni expresan idénticos proyectos políticos.
Sin embargo, plantean una cuestión común para la teoría democrática.
La representación política requiere mecanismos mediante los cuales los ciudadanos puedan elegir, controlar y sustituir a quienes ejercen el poder.
La idea de que un movimiento representa al pueblo por la sola convicción de sus integrantes no equivale a un mandato democrático.
Esa distinción será especialmente relevante cuando examinemos organizaciones revolucionarias que atribuyeron a la lucha armada una función de representación popular.
¿Quién les otorgó esa autoridad? ¿Qué procedimientos existían para controlar sus decisiones? ¿Cómo interpretaban la voluntad de quienes no compartían sus objetivos? ¿Qué lugar reservaban al pluralismo político dentro del sistema que aspiraban a construir?
Estas preguntas permiten investigar la relación entre los fines declarados y los mecanismos efectivos del poder.
También deben formularse respecto de los gobiernos que invocan la seguridad nacional para restringir libertades.
La existencia de amenazas internas no elimina las obligaciones constitucionales de las autoridades. El uso legítimo de la fuerza estatal se encuentra sometido a normas, controles y responsabilidades que lo distinguen de la violencia arbitraria.
Las instituciones republicanas se construyen, precisamente, para impedir que la convicción de estar defendiendo una causa justa se convierta en autorización ilimitada para ejercer el poder.
Desde la perspectiva editorial de LIBERTAS, esta distinción orientará el examen de los acontecimientos latinoamericanos.
No corresponde anticipar una interpretación histórica antes de estudiar los documentos. Pero sí es posible establecer los principios institucionales desde los cuales serán examinadas las decisiones.
La defensa de la libertad individual, el pluralismo político, la soberanía popular y las garantías constitucionales exige que ninguna causa quede dispensada de rendir cuentas por sus métodos.
11. América Latina: el momento en que el mito encuentra al guerrillero
A mediados del siglo XX, América Latina reunía condiciones políticas y sociales muy diversas.
Existían países gobernados por dictaduras, sistemas con importantes restricciones políticas y repúblicas que conservaban instituciones electorales.
Las desigualdades económicas, los conflictos agrarios, la industrialización desigual y las tensiones internacionales formaban parte de un escenario profundamente heterogéneo.
La Guerra Fría agregó otra dimensión.
Estados Unidos y la Unión Soviética disputaban influencia internacional, mientras los movimientos políticos latinoamericanos desarrollaban proyectos propios que no pueden explicarse exclusivamente como prolongaciones de esa confrontación.
La victoria de la Revolución Cubana en enero de 1959 modificó ese escenario.
El derrocamiento de Fulgencio Batista tuvo una proyección continental y ofreció a distintos sectores revolucionarios un ejemplo concreto de conquista del poder mediante una lucha insurgente.
Pero la experiencia cubana no fue recibida únicamente como un acontecimiento histórico. También comenzó a funcionar como modelo político.
La figura del guerrillero adquirió nuevos significados.
El combatiente podía ser presentado como alguien dispuesto a abandonar la seguridad personal para enfrentarse a un poder considerado injusto.
La clandestinidad podía adquirir una dimensión de sacrificio. La disciplina interna aparecía asociada a la entrega revolucionaria. La muerte en combate podía transformarse en testimonio de una convicción que sobreviviría al propio individuo.
Algunos de estos elementos describían experiencias reales de quienes participaron en aquellos movimientos.
Otros formaban parte de una construcción simbólica que permitía presentar realidades diferentes dentro de un mismo ideal revolucionario.
Sin embargo, Cuba en 1959 no era Bolivia en 1967. Tampoco las condiciones políticas de Colombia, Argentina o Uruguay eran equivalentes.
Las estructuras sociales, las relaciones entre civiles y militares, las instituciones políticas y las posibilidades de participación electoral diferían considerablemente.
La importancia de estas diferencias quedará en evidencia al estudiar cómo diversas organizaciones intentaron adoptar estrategias inspiradas en la experiencia cubana.
En Uruguay, particularmente, la aparición del MLN-Tupamaros durante la década de 1960 plantea interrogantes propios.
Su historia comenzó antes de la dictadura instaurada en 1973 y atravesó distintas fases de organización clandestina, operaciones armadas, confrontación con las autoridades y posterior derrota militar.
Las memorias construidas después de aquellos acontecimientos agregaron nuevas interpretaciones, especialmente cuando antiguos integrantes del movimiento ingresaron a la actividad política democrática.
Pero esas cuestiones pertenecen a los próximos capítulos.
Antes necesitamos comprender cómo una revolución concreta, surgida en circunstancias nacionales específicas, terminó convirtiéndose en referencia continental para movimientos que actuaban en sociedades profundamente distintas.
Ese será el punto de partida de nuestra siguiente investigación.
Una pregunta que permanece abierta
La historia puede convertirse en una fuente de conocimiento o en un repertorio de símbolos destinados a confirmar convicciones anteriores.
La diferencia está en la disposición a investigar.
Los grandes relatos políticos suelen ofrecer explicaciones sencillas: protagonistas que actúan por motivos inequívocos, adversarios completamente identificables y acontecimientos que parecen conducir inevitablemente hacia un resultado.
La investigación histórica encuentra, en cambio, decisiones tomadas bajo incertidumbre, conflictos internos, información incompleta y consecuencias que los protagonistas no siempre previeron.
Esa complejidad no vuelve imposible el juicio histórico.
Lo vuelve más exigente.
Permite reconocer convicciones sin convertirlas en pruebas de legitimidad, estudiar injusticias sin justificar cualquier respuesta y valorar transformaciones políticas sin borrar las acciones que las precedieron.
También obliga a mirar críticamente nuestras propias interpretaciones.
Es relativamente fácil identificar los mitos políticos de quienes piensan de manera diferente. Resulta mucho más difícil reconocer los relatos que aceptamos porque coinciden con nuestras convicciones.
De allí surge una responsabilidad para todo trabajo que pretenda estudiar la historia desde principios republicanos: aplicar a las fuentes propias el mismo examen que se exige a las ajenas.
Esta serie de LIBERTAS no pide a sus lectores que abandonen sus ideas políticas. Los invita a contrastarlas con documentos, recuperar acontecimientos y considerar interpretaciones que quizá no hayan encontrado espacio suficiente en los relatos habituales.
Las revoluciones latinoamericanas y la historia del MLN-Tupamaros merecen ese trabajo.
Los protagonistas de aquellos años actuaron en circunstancias concretas, tomaron decisiones y produjeron consecuencias que pueden investigarse. Sus memorias posteriores forman parte de la historia, pero no poseen autoridad exclusiva para determinarla.
Ningún héroe necesita estar protegido de los documentos. Ninguna causa debería temer el examen de sus métodos. Ningún poder puede reclamar para sí el monopolio de la verdad histórica.
La libertad de pensamiento comienza cuando nos permitimos formular preguntas incluso sobre aquello que hemos aprendido a admirar o condenar.
Y la defensa de la democracia y la República exige que las respuestas permanezcan abiertas a la evidencia.
La historia no termina donde comienza el mito. Allí comienza, muchas veces, la investigación más necesaria.
Fuentes y lecturas para profundizar
La siguiente selección reúne obras teóricas y fuentes históricas utilizadas como apoyo del capítulo. Se distinguen los estudios sobre el mito de los materiales que documentan acontecimientos específicos.
1. Roland Barthes. Mitologías (1957). Para comprender cómo imágenes y representaciones cotidianas pueden adquirir significados ideológicos. Referencia y análisis bibliográfico.
2. Georges Sorel. Reflexiones sobre la violencia (1908). Obra de referencia sobre el mito movilizador, el sindicalismo revolucionario y el lugar de la violencia en la acción política. Edición disponible para consulta.
3. Eric Hobsbawm y Terence Ranger (editores). The Invention of Tradition (1983). Investigación sobre la construcción y formalización de tradiciones presentadas como antiguas.
4. Parcours Révolution, París. Cronología de los principales acontecimientos de la Revolución Francesa, incluidos el asesinato de Marat y el período del Terror. Consultar cronología histórica.
5. United States Holocaust Memorial Museum. Making a Leader y Nazi Propaganda. Materiales documentales sobre la fabricación de la imagen pública de Hitler y el uso de propaganda por el régimen nacionalsocialista. Consultar investigación.
6. German History in Documents and Images. Che Guevara as Revolutionary Icon (1970–1989). Material sobre la circulación internacional del retrato realizado por Alberto Korda y su conversión en símbolo político. Consultar documento e imagen histórica.
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