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Artículo de Cristian Frers (*)

En búsqueda de una política de estado liberal ambiental

Cuando hablamos de ambiente, comúnmente nos referimos a todo aquello que nos rodea, que en cierta forma puede cumplirse, pero desde allí surgen una serie de interrogantes por el cómo no se hace referencia a la relación estrecha entre ambiente y sociedad, o, dicho de otra manera, jamás se especifica la interacción entre el medio y los seres humanos.

Hay muchas creencias equivocadas en lo respecta a la posición del liberalismo sobre el ambiente. Muchos creen que estos conceptos son opuestos y que la política liberal condenará al planeta a la contaminación sin límite y otros consideran que los liberales deben oponerse a cualquier política ambiental.

La realidad es que, ni una idea ni la otra. Ni el ambientalismo va en contra del progreso, ni el capitalismo y los liberales tienen la culpa de cualquier problema ecológico o ambiental que existe.  Por este motivo que se plantea un escenario complicado, en el que las partes políticas enfrentadas como la derecha y la izquierda deberían encontrar una postura centrada, abandonando las demagogias y los populismos, en busca de la aplicación de políticas liberales que cuiden del ambiente.

La filosofía de la libertad destaca la importancia de la rendición de cuentas, la responsabilidad personal y la eficiencia: valores que deberían ser los puntos centrales de cualquier proyecto de protección del medio ambiente que merezca la pena. ¿Por qué, entonces, la opinión predominante hace de la propiedad privada y de la libre competencia de mercado los enemigos de la naturaleza, considerados como fuentes de contaminación generalizada, la destrucción de los ecosistemas y el agotamiento irreflexivo de los recursos? Está claro que algo se ha perdido en la traducción en el camino de la historia tanto Adam Smith, David Ricardo y William Petty, hicieron sus primeros aportes, y más tarde Marshall, Walras, Pareto, Pigou, Coase, se dedicaron al estudio de la asignación eficiente de los recursos ante diferentes opciones de utilización, dando los primeros pasos en incorporar la economía al medio ambiente. No obstante, la creciente preocupación contemporánea respecto del deterioro ambiental y a los límites y efectos del proceso económico, la teoría económica de los recursos naturales no es aún parte medular de la praxis del análisis económico.

La transformación de bosques en cultivos, la desaparición de hábitats por ocupación del territorio y el agotamiento de acuíferos por sobreexplotación disminuyen nuestra capacidad para satisfacer necesidades y, por tanto, nuestro bienestar. A pesar de ello, el deterioro ambiental aún no está integrado en el principal índice que mide el bienestar material de los países: el producto interior bruto. El medio ambiente también es riqueza, el reto es incluir su valor en la contabilidad de las Municipalidades, de las Provincias y de la Nación.

Hay una especie de esperanza en relación a que los recursos naturales resuelvan los problemas económicos del país. Los recursos naturales son una condición necesaria pero no suficiente para solucionar los problemas. Es importante hacer uso de esos recursos de manera estratégica.

El producto interior bruto contabiliza el valor de todos los bienes y servicios finales que produce una economía (un país o una región) en un año. El PIB es un buen indicador para conocer la evolución del sector productivo de un país y, como tal, un buen elemento de diagnóstico de problemas económicos.

El liberalismo debe rechazar la idea de los derechos de propiedad absolutos y aceptar restricciones que limiten la libertad de abusar de la naturaleza y los recursos naturales. Sin embargo, rechaza el control del crecimiento de la población y cualquier control sobre la distribución de recursos como incompatible con la libertad individual, en cambio favorece el control del lado de la oferta: producción más eficiente, energías renovables, frenos a la sobreproducción y la sobreexplotacion,​ medidas para no contaminar ríos o lagos, evitar la deforestación, introducir una educación ambiental para crear una economía baja de carbono y desarrollo sustentable dentro de una economía de mercado

El verdadero compromiso social con el ambiente, es la parte más sustantiva del proceso social, no se puede hablar de justicia social si no va acompañada de justicia ambiental. No sacamos nada con crear leyes eficientes y protocolos de trabajo, si no tomamos un compromiso serio y responsables como sociedad con conciencia y ética del hacer, que a pesar de las necesidades y de lo imperioso de la búsqueda del desarrollo, debemos proteger y no destruir. de nada valen si no tomamos conciencia como sociedad de la importancia y del respeto que debemos tener por el ambiente.

Lamentablemente, hoy en día, lo ambiental ha tenido un papel apenas marginal en la teoría del desarrollo, donde ha ocupado una posición subordinada respecto a la prioridad que se otorga al crecimiento económico. De este modo, lo ambiental se ha constituido en el convidado de piedra del desarrollo, un factor aludido y eludido al mismo tiempo.

Una gestión sana hacia el ambiente, es parte esencial del desarrollo sostenible que debemos buscar. Es por esto que el ambiente y el liberalismo están estrechamente ligados. Es por esto que el futuro de la humanidad se encuentra en la libertad y el respeto. La libertad funciona, incluso para proteger el medio ambiente.

El mercado necesita que se respeten las líneas rojas del planeta. No podemos seguir creciendo a cualquier costo porque el planeta se está quedando sin fondos y ya no puede cubrir nuestros desmanes. La caja de los recursos naturales está casi vacía y los acreedores se amontonan en la puerta.

(*) Cristián Frers – Técnico Superior en Gestión Ambiental y Técnico Superior en Comunicación Social (Periodista).

organizacionlibertas@gmail.com

VISIÓN DE LIBERTAS: Ambiente, libertad y responsabilidad: una agenda pendiente

En tiempos en los que el debate ambiental suele quedar atrapado entre consignas extremas, el artículo de Cristián Frers propone una mirada que, desde la óptica liberal, busca reconciliar desarrollo y cuidado del entorno. Lejos de las caricaturas que enfrentan al mercado con la naturaleza, el autor invita a pensar el ambiente no como un límite infranqueable al progreso, sino como una dimensión inseparable del bienestar humano que debe ser integrada de forma inteligente a la política pública.

El punto de partida es claro: hablar de ambiente no es solo referirse a aquello que nos rodea, sino comprender la interacción constante entre la sociedad y su entorno. Esta relación —frecuentemente ignorada en los discursos simplificados— es la que exige abandonar falsos dilemas. Ni el ambientalismo es necesariamente enemigo del crecimiento, ni el liberalismo implica un “vale todo” depredador. En esa tensión mal planteada, según la visión de Libertas, se pierde la posibilidad de construir soluciones reales.

El artículo rescata una tradición poco difundida: la del pensamiento económico liberal que, desde sus orígenes, se preocupó por la asignación eficiente de los recursos. Desde Adam Smith hasta Coase, pasando por Pigou y Pareto, existe un hilo conductor que vincula mercado, incentivos y uso racional de bienes escasos. Sin embargo, ese legado no ha sido del todo incorporado a la práctica moderna, donde el deterioro ambiental aún queda fuera de los principales indicadores de progreso, como el PIB.

Aquí aparece uno de los puntos más relevantes: si el ambiente también es riqueza, entonces su degradación es una pérdida económica real. La mirada liberal que plantea Frers —y que Libertas recoge— no niega la intervención, pero la redefine. No se trata de controlar arbitrariamente la economía ni de imponer restricciones generalizadas a la libertad individual, sino de establecer reglas claras, incentivos correctos y límites concretos al abuso de recursos comunes.

En este enfoque, la propiedad privada deja de ser vista como problema y pasa a ser parte de la solución, siempre que esté acompañada por responsabilidad. El liberalismo, lejos de defender derechos absolutos sin condiciones, reconoce la necesidad de restricciones cuando el uso de un recurso perjudica a terceros o al ecosistema. La clave no es menos libertad, sino mejor estructurada: con accountability, información y costos bien asignados.

La propuesta también introduce un matiz importante: el control debe concentrarse en la oferta, no en la vida de las personas. Es decir, promover tecnologías más limpias, energías renovables, eficiencia productiva y educación ambiental, sin recurrir a políticas que limiten la población o la autonomía individual. Se trata de orientar la innovación hacia la sostenibilidad, no de imponer sacrificios desde arriba.

Sin embargo, el texto advierte que las herramientas por sí solas no alcanzan. La dimensión cultural es central. Sin una ética social que incorpore el respeto por el ambiente, cualquier marco normativo será insuficiente. En otras palabras, no hay justicia social sin justicia ambiental, pero tampoco hay política ambiental eficaz sin compromiso ciudadano.

Desde la óptica de Libertas, esta idea es crucial: el cambio no puede ser únicamente estatal ni exclusivamente de mercado. Es un proceso social más amplio, donde los valores importan tanto como los incentivos. El desarrollo sostenible, entonces, no es una consigna abstracta, sino una práctica concreta que exige coherencia entre crecimiento económico, cuidado ambiental y responsabilidad individual.

El cierre del artículo introduce una advertencia que no puede ser ignorada: los recursos naturales no son infinitos. El mercado —para funcionar correctamente— necesita reconocer los límites físicos del planeta. Crecer a cualquier costo no solo es ambientalmente inviable, sino también económicamente insostenible. Cuando el capital natural se agota, el sistema pierde su base.

En síntesis, la crónica deja una conclusión en línea con la visión liberal contemporánea: la libertad sigue siendo el mejor marco para organizar la sociedad, pero solo cuando se ejerce con responsabilidad y dentro de reglas que protejan el bien común. El desafío no es elegir entre desarrollo o ambiente, sino diseñar instituciones que permitan tener ambos.

Porque, como sugiere el espíritu de Libertas, la verdadera discusión no es si el liberalismo puede convivir con la sostenibilidad, sino si estamos dispuestos a actualizarlo para que esté a la altura de los desafíos del siglo XXI.

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