Spread the love

Acompañamos interesante y preocupante artículo de EL PAIS de Madrid edición América: «Cuando la Democracia ya no importa»

Cuando la democracia ya no importa

Análisis de LIBERTAS sobre este artículo y su visión de la realidad y el futuro del desarrollo social en este contexto. Cuando la democracia deja de importar: poder, cultura y tecnología en la era de la desafección democrática

Introducción: el silencioso eclipse de la centralidad democrática

Hay épocas en la historia en las que las instituciones no caen por asalto, sino por desgaste. No por la violencia de los golpes, sino por la erosión del sentido. El momento contemporáneo parece inscribirse en esa lógica: la democracia no ha desaparecido formalmente del mundo, pero ha comenzado a perder su centralidad simbólica, su capacidad de movilizar imaginarios colectivos y su legitimidad emocional en amplios sectores de la sociedad.

El fenómeno es más profundo que un retroceso institucional. Se trata de un cambio cultural global. La democracia liberal, que durante décadas fue el horizonte normativo del orden internacional, aparece hoy cuestionada por múltiples frentes: la desigualdad persistente, la polarización política, la aceleración tecnológica, la inseguridad, la crisis de representación y la percepción de ineficacia frente a problemas urgentes.

En este contexto, afirmar que “la democracia ya no importa” no implica negar su valor normativo, sino advertir sobre un proceso de desafección social, deslegitimación institucional y relativización cultural que amenaza su sostenibilidad histórica. La preocupación no radica únicamente en el ascenso de regímenes autocráticos, sino en el debilitamiento progresivo del contrato democrático que sostenía la confianza ciudadana en la libertad, el pluralismo y el Estado de derecho.

Desde una perspectiva LIBERTAS —centrada en la defensa de la libertad, la democracia y la república en un contexto de transformación digital y geopolítica— este escenario exige un análisis profundo, multidimensional y prospectivo. No estamos ante una crisis coyuntural, sino ante una transición civilizatoria donde la democracia compite con nuevas formas de poder: algorítmico, geoeconómico, tecnocrático y emocional.

I. La erosión democrática como fenómeno estructural del siglo XXI

Durante gran parte del siglo XX, la narrativa histórica dominante fue la expansión progresiva de la democracia. Las transiciones postautoritarismo en Europa, América Latina y partes de Asia consolidaron la idea de que la democracia representativa constituía el destino político más legítimo y estable de las sociedades modernas.

Sin embargo, el siglo XXI ha introducido una dinámica inversa: el retroceso democrático gradual. Este fenómeno no se manifiesta necesariamente mediante rupturas abruptas, sino a través de procesos de degradación institucional, debilitamiento de contrapesos, concentración de poder ejecutivo y manipulación del espacio informativo.

La característica distintiva de esta nueva etapa es que las democracias no siempre colapsan; muchas se transforman en regímenes híbridos. Mantienen elecciones, pero debilitan la independencia judicial. Preservan constituciones, pero erosionan derechos. Conservan el lenguaje democrático, pero vacían sus contenidos sustantivos.

Esta mutación es particularmente peligrosa porque normaliza el deterioro. La ciudadanía se acostumbra gradualmente a menores estándares democráticos, mientras las instituciones pierden legitimidad sin generar una reacción proporcional.

Desde la mirada republicana, este proceso representa un desplazamiento del equilibrio entre libertad y poder. La democracia deja de ser una arquitectura de límites al poder para convertirse, en algunos casos, en un mecanismo formal de legitimación de su concentración.

II. La crisis del contrato democrático: desafección y fatiga institucional

Uno de los elementos más críticos del momento actual es el debilitamiento del contrato democrático. Este contrato, entendido como el acuerdo implícito entre ciudadanía e instituciones, se sustentaba en tres promesas fundamentales:

  1. Representación política legítima
  2. Protección de derechos
  3. Progreso material y social

Cuando estas promesas se perciben como incumplidas, la legitimidad del sistema se erosiona.

Hoy observamos una ciudadanía más escéptica, más informada pero también más expuesta a la desinformación, más conectada digitalmente pero menos vinculada institucionalmente. La democracia, que requiere tiempo deliberativo, negociación y pluralismo, se percibe en contraste con la lógica de la inmediatez digital como lenta, burocrática e ineficiente.

Este desajuste temporal entre la velocidad de las demandas sociales y los ritmos institucionales genera frustración. Y la frustración, en contextos de crisis, suele traducirse en la búsqueda de soluciones simplificadas, liderazgos fuertes o discursos antiinstitucionales.

La fatiga democrática no significa necesariamente rechazo explícito a la democracia, sino una pérdida de entusiasmo por su defensa activa. Es el tránsito del compromiso cívico al pragmatismo político.

III. El debilitamiento del orden internacional basado en democracia y derechos

Durante décadas, el sistema internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial se estructuró sobre la promoción de valores democráticos, derechos humanos y cooperación multilateral. Sin embargo, en el escenario contemporáneo se observa una redefinición de prioridades geopolíticas.

Las grandes potencias han comenzado a privilegiar:

  • seguridad estratégica
  • competencia tecnológica
  • defensa
  • control de recursos críticos

por encima de la promoción activa de la democracia global.

Este desplazamiento no implica necesariamente un abandono discursivo de los valores democráticos, pero sí una reducción práctica en el financiamiento, la diplomacia y el apoyo institucional a organizaciones de la sociedad civil, defensores de derechos humanos, periodistas independientes y movimientos cívicos.

El resultado es un vacío normativo internacional. Cuando el orden global deja de sancionar retrocesos democráticos, estos tienden a multiplicarse. La ausencia de presión multilateral efectiva contribuye a la normalización del deterioro institucional.

Desde la perspectiva LIBERTAS, esta situación es especialmente preocupante, porque debilita el ecosistema global de protección de libertades fundamentales.

IV. Democracia y eficacia: el conflicto narrativo contemporáneo

Uno de los desafíos más complejos que enfrenta la democracia en el siglo XXI es el conflicto entre legitimidad democrática y percepción de eficacia.

En contextos de:

  • crisis económicas
  • inseguridad
  • narcotráfico
  • migraciones masivas
  • desastres climáticos
  • disrupción tecnológica

muchos sectores sociales priorizan resultados rápidos por encima de procedimientos institucionales complejos.

Se instala así una narrativa peligrosa: la idea de que la democracia es débil frente a los problemas urgentes, mientras que modelos autoritarios serían más eficientes.

Sin embargo, la evidencia empírica histórica demuestra lo contrario. Las democracias tienden a generar:

  • mayor crecimiento económico sostenible
  • mejor salud pública
  • mayor inversión educativa
  • menor mortalidad infantil
  • mayor estabilidad institucional

La paradoja contemporánea radica en que las democracias funcionan mejor estructuralmente, pero comunican peor simbólicamente su valor.

V. La transformación digital y el riesgo de la posdemocracia algorítmica

El siglo XXI introduce una variable inédita en la historia política: el poder tecnológico como actor estructurante del orden social. La digitalización masiva, la inteligencia artificial, el big data y las plataformas digitales han redefinido la relación entre poder, información y ciudadanía.

Sin regulación democrática, la infraestructura digital puede derivar en:

  • vigilancia masiva
  • manipulación informativa
  • extractivismo de datos
  • concentración de poder tecnológico
  • microsegmentación política

La democracia tradicional fue diseñada para un mundo analógico, donde el flujo informativo era limitado y relativamente verificable. Hoy, la sobreabundancia de información y la opacidad algorítmica alteran las condiciones del debate público.

Desde el enfoque de DemocracIA y Humanismo Digital —líneas coherentes con los modelos educativos contemporáneos centrados en ciudadanía digital— se hace evidente que la defensa de la democracia en el siglo XXI pasa necesariamente por la alfabetización tecnológica crítica.

Sin cultura democrática digital, la tecnología puede convertirse en una herramienta de dominación sofisticada.

VI. América Latina: democracia, desigualdad y legitimidad social

América Latina representa un laboratorio democrático complejo. La región ha experimentado transiciones democráticas significativas desde los años 80, pero también enfrenta desafíos estructurales persistentes:

  • alta desigualdad
  • fragmentación institucional
  • polarización política
  • economías vulnerables
  • presencia del crimen organizado

En este contexto, la legitimidad democrática depende no solo de la existencia de elecciones libres, sino de la capacidad del sistema político para generar bienestar, seguridad y oportunidades reales.

Cuando la democracia no logra traducirse en mejoras materiales perceptibles, surge el riesgo de que sectores sociales consideren alternativas autoritarias como soluciones pragmáticas.

Uruguay, en particular, constituye una excepción relativa en la región por su estabilidad institucional, cultura cívica y tradición republicana. Sin embargo, no está aislado de las tendencias globales de desafección política, transformación digital y tensiones geopolíticas.

VII. Educación, ciudadanía y reconstrucción del sentido democrático

Desde una perspectiva educativa —especialmente relevante en modelos institucionales humanistas y republicanos— la crisis democrática no puede abordarse únicamente desde la política institucional. Requiere una respuesta pedagógica profunda.

La democracia no se sostiene solo por leyes; se sostiene por cultura cívica.

Esto implica formar ciudadanos capaces de:

  • pensamiento crítico
  • alfabetización mediática
  • ética digital
  • deliberación argumentativa
  • comprensión institucional

En la era de la inteligencia artificial, la educación democrática debe incluir también la comprensión de:

  • sesgos algorítmicos
  • manipulación informativa
  • responsabilidad tecnológica
  • derechos digitales

La escuela, la universidad y los espacios educativos emergen así como pilares estratégicos para la sostenibilidad democrática.

VIII. Democracia sustantiva: más allá del formalismo institucional

Una de las críticas contemporáneas más relevantes es la distinción entre democracia formal y democracia sustantiva. La primera se limita a procedimientos electorales; la segunda implica justicia social, igualdad de oportunidades y protección efectiva de derechos.

El desafío actual no es reemplazar la democracia, sino profundizarla. Superar sus fallas sin abandonar sus principios.

Una democracia sustantiva requiere:

  • instituciones transparentes
  • participación ciudadana real
  • inclusión social
  • acceso equitativo a la educación
  • regulación ética del poder tecnológico

Sin estos elementos, la democracia corre el riesgo de ser percibida como un sistema vacío, incapaz de responder a las demandas contemporáneas.

IX. La dimensión ética y filosófica de la defensa democrática

Desde una perspectiva filosófica, la defensa de la democracia no es únicamente instrumental, sino ética. La democracia reconoce la dignidad intrínseca del individuo, su libertad de expresión, su derecho a participar en la vida pública y su capacidad de autodeterminación.

Pensadores contemporáneos han advertido sobre el riesgo de sociedades tecnológicamente avanzadas pero políticamente controladas. En ese escenario, la eficiencia podría reemplazar a la libertad como valor rector.

La historia demuestra que la concentración de poder sin contrapesos tiende, tarde o temprano, a derivar en abusos. La democracia, con todas sus imperfecciones, constituye el sistema más eficaz para limitar el poder y proteger la pluralidad.

X. Prospectiva: ¿puede la democracia sobrevivir al siglo XXI?

La supervivencia de la democracia dependerá de su capacidad de adaptación a tres grandes transformaciones:

  1. La revolución tecnológica
  2. La reconfiguración geopolítica
  3. La transformación cultural de las sociedades

Si logra integrar:

  • regulación tecnológica ética
  • legitimidad social renovada
  • eficacia institucional
  • educación cívica avanzada

la democracia no solo sobrevivirá, sino que evolucionará hacia formas más participativas, digitales y sustantivas.

Pero si no logra responder a la desigualdad, la inseguridad y la crisis de representación, corre el riesgo de ser desplazada por modelos autoritarios tecnológicamente sofisticados.

Conclusión general: la democracia como proyecto cultural y civilizatorio

La democracia no es un estado natural de las sociedades; es una construcción histórica frágil, exigente y permanentemente inacabada. Su debilitamiento actual no debe interpretarse como una señal de obsolescencia, sino como un llamado a su renovación profunda.

Renovar la democracia implica:

  • fortalecer instituciones
  • educar en libertad
  • regular la tecnología con ética
  • reconstruir la confianza ciudadana
  • defender el pluralismo

En última instancia, la democracia importa no solo porque garantiza derechos, sino porque constituye el único sistema político capaz de equilibrar poder, libertad y dignidad humana en sociedades complejas.

Abandonarla por desesperanza o cinismo no representa una solución, sino un retroceso histórico cuyas consecuencias podrían ser irreversibles. La democracia, más que un sistema político, es un horizonte civilizatorio que exige defensa activa, reflexión crítica y compromiso cultural permanente.

Declaración de LIBERTAS sobre el debilitamiento contemporáneo de la democracia

Ante el creciente desgaste simbólico, institucional y cultural de la democracia en el escenario global, LIBERTAS declara que la defensa de la libertad, la república y los derechos humanos constituye una responsabilidad histórica ineludible de nuestras sociedades.

Advertimos con profunda preocupación que la desafección democrática, la relativización de los valores republicanos y la expansión de formas de poder concentrado —político, tecnológico y económico— configuran un riesgo estructural para la dignidad humana, la libertad de expresión, la prensa libre y el Estado de derecho.

Sostenemos que la democracia no es un sistema débil, sino la arquitectura política más compleja y humanamente avanzada creada para limitar el abuso del poder, garantizar derechos y promover sociedades justas, inclusivas y sostenibles. Su crisis actual no justifica su abandono, sino su profundización hacia modelos más sustantivos, participativos y éticamente regulados en la era digital.

LIBERTAS reafirma que en el siglo XXI la defensa de la democracia implica también la defensa de la ciudadanía digital, la alfabetización crítica frente a la inteligencia artificial, la protección de las libertades fundamentales y el fortalecimiento de instituciones legítimas, transparentes y responsables.

Finalmente, declaramos que renunciar a la democracia por desesperanza, cinismo o pragmatismo autoritario significaría comprometer el futuro de las nuevas generaciones. Por ello, convocamos a educadores, ciudadanos, instituciones y líderes a reconstruir el sentido democrático como proyecto cultural, pedagógico y civilizatorio, capaz de garantizar libertad, justicia y dignidad humana en un mundo atravesado por profundas transformaciones tecnológicas y geopolíticas.

LIBERTAS, por la Libertad, la Democracia y la República.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *