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La intervención del primer ministro canadiense Mark Carney en la Foro Económico Mundial marca un punto de inflexión que trasciende a Canadá y a Davos. No se trata solo de un discurso duro, ni de una redefinición de política exterior: estamos ante una confesión histórica.
Carney puso en palabras algo que el sistema internacional viene evitando admitir desde hace décadas: el orden basado en reglas nunca fue universal, nunca fue simétrico y nunca fue neutral.

Desde la mirada de LIBERTAS, este momento debe leerse como el fin de una etapa de simulación normativa y el inicio de un escenario más honesto, pero también más peligroso.

Vivir dentro de la mentira: el verdulero global

La referencia al ensayo de Václav Havel, El poder de los sin poder, no fue un recurso intelectual elegante: fue una acusación directa al sistema internacional contemporáneo.
El “verdulero” de Havel —que exhibe consignas que no cree para evitar sanciones— es, en la lectura de Carney, el Estado medio y la empresa global que fingieron creer en un orden que sabían selectivo.

  • Las grandes potencias incumplieron reglas sin consecuencias.
  • Las instituciones multilaterales administraron legitimidad sin poder real.
  • El comercio global se transformó en instrumento de coerción política.

El problema no es que este orden haya muerto.
El problema es que se lo haya defendido como si fuera real, debilitando a las democracias que sí creyeron en él.

El “realismo basado en valores”

La nueva doctrina canadiense —realismo basado en valores— intenta conciliar dos tensiones que hoy atraviesan a todas las democracias liberales:

  1. Valores sin poder son retórica
  2. Poder sin valores es dominación

Carney propone resolver esa tensión apostando al valor de la fuerza, no como militarismo puro, sino como capacidad real de resistencia: energía, defensa, tecnología, cadenas de suministro, finanzas.

Esta doctrina tiene dos lecturas posibles:

Su lado positivo

  • Reconoce que la soberanía no es declamativa.
  • Entiende que sin autonomía energética, tecnológica y defensiva no hay libertad política.
  • Devuelve centralidad al Estado democrático como garante último.

Su lado negativo

  • Normaliza un mundo donde la fuerza vuelve a ser el árbitro principal.
  • Debilita el ya frágil principio de universalidad del derecho internacional.
  • Puede legitimar una carrera de autosuficiencia que fracture aún más al sistema global.

El realismo sin instituciones fuertes puede derivar en realismo sin límites.

La frase “si no estás en la mesa, estás en el menú” condensa el núcleo estratégico del discurso.
Carney interpela directamente a las potencias medias: Europa, Canadá, Australia, Corea, Japón, India, América Latina.

La subordinación elegante fue el gran error de las últimas décadas.
Competir por el favor de un hegemónico debilitó:

  • la soberanía real,
  • la autonomía de decisión,
  • la credibilidad democrática interna.

La propuesta de geometría variable —alianzas por temas, no por bloques ideológicos rígidos— refleja el mundo real que ya existe:

  • comercio con unos,
  • seguridad con otros,
  • tecnología con terceros.

Pero esta flexibilidad exige algo que no todos los países tienen: capacidad estratégica, cohesión interna y legitimidad democrática.

Choque de visiones: democracia, poder y cinismo

Las reacciones globales muestran que el discurso de Carney no es marginal:

  • Ursula von der Leyen y Emmanuel Macron leen este giro como una validación del proyecto de autonomía europea.
  • Donald Trump, en cambio, confirma con su pragmatismo algo inquietante: el nuevo mundo no se ofende, negocia.
  • India y el Sur Global ven oportunidades, pero también riesgos de quedar atrapados entre bloques flexibles y presiones múltiples.

Desde LIBERTAS, el dato clave es otro:
La democracia liberal ya no puede apoyarse en el “orden internacional” como garantía externa. Debe defenderse desde adentro, con instituciones fuertes y ciudadanía consciente.

El rechazo de Carney a las criptomonedas descentralizadas y su defensa de las CBDC abre un frente crítico.
Aquí LIBERTAS marca una advertencia clara:

  • La soberanía financiera no puede convertirse en vigilancia total.
  • La estabilidad monetaria no justifica la supresión de la libertad individual.
  • La tecnología sin límites republicanos erosiona la democracia desde dentro.

La fortaleza del Estado no puede construirse a costa del ciudadano libre.

Carney tiene razón en una cosa fundamental: el viejo orden no va a volver.

Pero LIBERTAS agrega algo más incómodo: el nuevo orden todavía no garantiza ni libertad, ni democracia, ni república.

La honestidad brutal puede ser un primer paso.
La fuerza real puede ser necesaria.
Pero sin límites, sin derecho, sin ciudadanía activa, el siglo XXI corre el riesgo de reemplazar una mentira cómoda por una verdad autoritaria.

El desafío no es elegir entre valores o poder.
El desafío es impedir que el poder vacíe de sentido a los valores.

Ese es el campo de batalla de nuestro tiempo.
Y ahí, LIBERTAS no es neutral.

América Latina ante el nuevo mundo sin reglas

Geopolítica del margen, soberanía frágil y el caso Uruguay

El discurso de Mark Carney no solo clausura una etapa del orden internacional; desnuda una verdad incómoda para América Latina: la región nunca fue sujeto pleno del sistema global, sino escenario de aplicación selectiva del poder.
El llamado “orden basado en reglas” operó aquí como una promesa siempre condicionada, un horizonte normativo que exigía cumplimiento sin garantizar protección.

Desde la perspectiva de LIBERTAS, el fin de esa simulación coloca a América Latina frente a una pregunta decisiva:
¿puede la región construir soberanía real en un mundo donde las reglas dependen de la fuerza?

Una región acostumbrada a la excepción

Históricamente, América Latina fue:

  • laboratorio de políticas económicas,
  • espacio de disputa ideológica,
  • proveedora de recursos estratégicos,
  • periferia política del sistema internacional.

El nuevo escenario no rompe con esa lógica: la profundiza. La diferencia es que ahora ya no se disimula.

En un mundo de “realismo basado en valores”, las potencias medias buscan blindarse; las grandes potencias imponen; y las regiones fragmentadas negocian desde la debilidad.

El riesgo para América Latina no es quedar afuera del tablero —eso ya ocurrió—, sino seguir jugando sin estrategia propia, oscilando entre alineamientos coyunturales, discursos soberanistas vacíos y dependencias estructurales.

Recursos estratégicos sin poder estratégico

La paradoja latinoamericana se vuelve más aguda en el nuevo siglo:

  • Litio, cobre, agua dulce, biodiversidad.
  • Energía renovable, tierras raras, alimentos.
  • Posición geográfica clave en rutas marítimas y digitales.

Sin embargo, estos activos no se traducen automáticamente en soberanía, porque:

  • no hay política industrial regional,
  • no hay integración energética real,
  • no hay coordinación tecnológica,
  • no hay defensa común del interés democrático.

En el mundo que describe Carney, los recursos sin capacidad estatal se convierten en vulnerabilidad, no en poder.

Geometría variable: ¿oportunidad o trampa para la región?

La idea de alianzas flexibles por temas específicos puede resultar atractiva para América Latina. Pero LIBERTAS advierte un riesgo estructural: sin instituciones sólidas y sin consensos republicanos, la geometría variable se transforma en diplomacia reactiva, no estratégica.

Para la región, esto se expresa en:

  • acuerdos comerciales asimétricos,
  • dependencia tecnológica externa,
  • endeudamiento condicionado,
  • penetración de modelos autoritarios bajo retórica de eficiencia.

La flexibilidad, sin anclaje democrático, debilita la soberanía en lugar de fortalecerla.

Uruguay: una excepción institucional en un entorno volátil

En este escenario, Uruguay representa un caso singular.
No por su tamaño, sino por la persistencia de su arquitectura republicana.

Uruguay posee activos intangibles poco comunes en la región:

  • continuidad democrática,
  • respeto al Estado de derecho,
  • previsibilidad institucional,
  • cultura cívica,
  • credibilidad internacional.

Pero el mundo que emerge tras el discurso de Carney obliga a una redefinición:
la reputación ya no alcanza.

El riesgo del “buen alumno” en un mundo duro

Durante décadas, Uruguay capitalizó su imagen de país confiable dentro de un orden que premiaba la estabilidad normativa.
En el nuevo escenario, esa estrategia corre el riesgo de volverse insuficiente si no se complementa con capacidad real de decisión y resistencia.

Desde LIBERTAS señalamos un peligro central: confundir moderación con irrelevancia estratégica.

La nueva etapa exige a Uruguay:

  • dejar de pensar la soberanía solo como prestigio,
  • asumir que la neutralidad pasiva es un lujo del pasado,
  • comprender que la democracia también necesita protección material.

Cinco ejes para una soberanía republicana uruguaya

1. Autonomía energética y logística

Uruguay debe consolidar:

  • seguridad energética,
  • infraestructura portuaria y digital,
  • control soberano de nodos críticos.

La dependencia logística es hoy una forma silenciosa de subordinación.

2. Inserción internacional con criterio propio

No alineamientos automáticos, pero tampoco ambigüedad permanente.
Uruguay debe:

  • diversificar acuerdos,
  • defender reglas claras,
  • preservar margen de decisión.

La soberanía no es aislamiento: es capacidad de elegir.

3. Tecnología con límites democráticos

La digitalización del Estado y la IA deben:

  • fortalecer transparencia,
  • proteger derechos,
  • evitar derivas de vigilancia y control opaco.

La soberanía tecnológica no puede erosionar la libertad individual, o se convierte en su negación.

4. Defensa y seguridad en clave democrática

En un mundo más áspero, incluso los países pequeños necesitan:

  • capacidades defensivas básicas,
  • cooperación regional,
  • protección de espacios marítimos, financieros y digitales.

La paz se sostiene mejor cuando no depende solo de la buena voluntad ajena.

5. Liderazgo normativo y cívico

Uruguay puede ser:

  • articulador regional,
  • referente democrático,
  • voz creíble en foros internacionales.

Pero solo si esa voz está respaldada por coherencia interna y fortaleza institucional.

El nuevo mundo no castigará a los países injustos: castigará a los países débiles.

Y la debilidad no siempre es económica o militar; muchas veces es: institucional, cívica, moral.

América Latina no puede permitirse una nueva década de: populismo retórico, soberanías declamadas, democracias erosionadas desde adentro.

El discurso de Carney no es un modelo para imitar, sino un síntoma que debe interpretarse. La fuerza vuelve a importar. La honestidad estratégica reemplaza a la retórica vacía.

Pero desde LIBERTAS afirmamos algo esencial: sin república, sin límites al poder, sin ciudadanos libres, la fuerza no construye soberanía: la destruye.

En el siglo XXI, la libertad no será heredada. Será defendida, construida y cuidada.

LIBERTAS, por la Libertad, la Democracia y la República

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