Spread the love

Cuando la economía deja de ser “un tema” y se vuelve un veredicto político

Las crisis no siempre estallan: a veces se abren. Se abre una grieta, se abre una puerta, se abre una temporada en la que el miedo cambia de bando por instantes. En Irán, desde el 28 de diciembre de 2025, se desplegó una escena que ya no puede leerse como “disturbios” aislados ni como una protesta sectorial clásica. Lo que comenzó con reclamos vinculados al deterioro económico —inflación alta, devaluación del rial y empobrecimiento acelerado— evolucionó en pocos días hacia una disputa más profunda: la legitimidad misma del orden político.

Hay un patrón que se repite en el Irán contemporáneo: cuando el Estado se muestra incapaz de asegurar prosperidad, o al menos estabilidad básica, intenta compensar con control social; y cuando el control social se vuelve costoso (por rechazo interno y presión externa), el sistema ensaya una combinación de concesiones mínimas y represión ejemplarizante. Esta vez, sin embargo, la crisis parece tener un rasgo distintivo: el país llega al estallido con una acumulación de fatiga política y simbólica posterior a grandes oleadas previas (1999, 2009, 2019, 2022), pero también con un contexto geopolítico endurecido tras el ciclo de tensión regional y la confrontación con Estados Unidos e Israel en 2025.

En ese clima, la economía deja de ser “un problema técnico” para convertirse en una acusación moral: el pan, la moneda y el empleo se vuelven lenguaje político. Y cuando el lenguaje político se masifica, el régimen interpreta que ya no se discute el precio de la vida, sino el derecho a decidirla.

El disparador económico: inflación, moneda y vida cotidiana como detonantes

Los informes periodísticos y agencias coinciden en el componente inicial: el malestar se encendió por el costo de vida y la moneda. En 2025, el rial habría perdido cerca de la mitad de su valor frente al dólar y la inflación oficial llegó a alrededor del 42% en diciembre, una combinación que erosiona salarios, ahorros y expectativas. (Reuters)

Pero el punto no es solo macroeconómico. En regímenes con márgenes estrechos de pluralismo real, el “contrato” implícito suele ser: restricciones políticas a cambio de estabilidad. Cuando la estabilidad se rompe, la restricción deja de parecer tolerable y se vuelve ofensiva. En ese sentido, la economía no es únicamente causa: es el medio por el cual una sociedad experimenta, cada día, la diferencia entre lo prometido y lo vivido.

Por eso, el salto que se observa en estas protestas —de reclamo económico a consigna abiertamente anti-régimen— no es una anomalía: es la traducción política de una vivencia social. Reuters lo describe con claridad: las protestas “mutaron” desde un foco económico hacia consignas dirigidas directamente contra la autoridad, en un contexto de inflación elevada y moneda debilitada.

De la calle al símbolo: consignas, blancos y la disputa por el “relato del país”

A medida que la protesta se extendió, emergieron dos batallas paralelas:

  1. La batalla territorial: quién controla calles, barrios, plazas, universidades y centros comerciales.
  2. La batalla simbólica: quién representa a “Irán”, quién encarna la nación, quién porta la bandera emocional del futuro.

En ese plano simbólico, apareció con fuerza una tensión que el régimen conoce bien: cuando la protesta deja de pedir reformas y comienza a sugerir ruptura, el Estado responde con el lenguaje de la “seguridad” y la “subversión”. Reuters recoge cómo el liderazgo supremo acusó a manifestantes de actuar por influencia externa y se habló de castigos severos, incluso con la amenaza de pena de muerte por cargos religiosos-políticos.

En paralelo, parte de la oposición en el exilio —en especial la figura del hijo del último sha— buscó capitalizar el momento llamando a “tomar centros urbanos”. Reuters reporta ese llamado explícito a “seize city centres and hold them” (capturar y sostener centros de ciudad) como estrategia de escalamiento.

Ese dato no es menor: muestra que la protesta iraní actual está atravesada por una puja entre:

  • una energía social amplia, heterogénea y muchas veces sin conducción unificada, y
  • intentos de conducción externa o simbólica (monárquica, republicana, secular, etc.) que compiten por orientar el desenlace.

El resultado suele ser ambivalente: la ausencia de dirección única puede hacer al movimiento más difícil de “decapitar”; pero también puede dificultar negociaciones, transiciones y consolidación.

La respuesta del Estado: del control del espacio al control de la información

Cuando un régimen teme perder la calle, suele intentar dos cosas: fragmentarla (impedir concentraciones) y oscurecerla (impedir que se vea). En Irán, eso se expresó de manera drástica con el apagón de internet y telecomunicaciones.

AP describió el corte como una desconexión fuerte del país respecto del exterior, resaltando el impacto en la difusión de imágenes y testimonios y el rol de herramientas alternativas (como Starlink), junto a reportes de intentos de interferencia/jamming.

Amnistía Internacional fue aún más directa en su calificación: sostuvo que el apagón funciona como cobertura para violaciones de derechos humanos y que, por sí mismo, puede constituir una violación grave al impedir comunicación, documentación y acceso a información.

Este punto es central para entender la crisis: la represión contemporánea no es solo física; es informacional. La censura digital no es un accesorio: es parte del dispositivo. Sin internet, el costo político internacional baja; la coordinación interna se dificulta; y el miedo crece porque el ciudadano siente que protesta en un vacío, sin testigos. Por eso, figuras culturales iraníes en el exterior denunciaron el apagón como herramienta de represión y ocultamiento.

Violencia, muertos y detenidos: el problema de medir en condiciones de oscuridad

En crisis con apagón informativo, la contabilidad de víctimas se vuelve un terreno disputado. Reuters y otros medios citan estimaciones de organizaciones de derechos humanos (como HRANA). En los últimos reportes, Reuters señaló cifras como 116 muertos desde el 28 de diciembre (incluyendo personal de seguridad y manifestantes), mientras que en días previos se hablaba de 62 en las primeras dos semanas, lo que sugiere una escalada y/o actualización de conteos.

Lo importante analíticamente no es solo el número (que puede variar por verificación), sino el mecanismo:

  • La violencia estatal busca “restaurar el umbral del miedo”.
  • La violencia social (incendios, choques, ataques a infraestructura) busca mostrar que el poder ya no controla el orden.
  • La narrativa estatal intenta reencuadrar la protesta como terrorismo o vandalismo para legitimar el uso de fuerza.

Reuters reportó, por ejemplo, declaraciones del IRGC (Guardia Revolucionaria) acusando “terroristas” y definiendo la seguridad como “línea roja”, mientras el ejército regular prometía proteger infraestructura e intereses nacionales.

Al mismo tiempo, aparecen testimonios médicos: heridos con golpes severos, fracturas, y casos de munición real. Reuters incluyó el relato de un médico sobre pacientes con disparos y fallecidos en hospital.

En síntesis: la represión no es un “exceso”; es una estrategia. Y en regímenes que ya atravesaron episodios como 2019 y 2022, las fuerzas de seguridad han aprendido que el control temprano de la calle reduce el riesgo de “contagio” nacional. El problema es que esa misma estrategia, si se percibe como masacre, puede acelerar el colapso simbólico.

La dimensión internacional: cuando la calle iraní se conecta con el tablero regional

Ninguna crisis iraní es puramente doméstica, y en 2026 esto se ve con claridad. El componente externo aparece por tres vías:

1) La diplomacia y la condena política

Reuters reportó una declaración conjunta de líderes europeos (Francia, Reino Unido, Alemania) condenando muertes y pidiendo contención, además de expresiones de preocupación desde Naciones Unidas.

La Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos (OHCHR), a través de Volker Türk, expresó preocupación por violencia y recordó obligaciones respecto del derecho a protesta y la necesidad de investigar muertes.

2) La presión (y el riesgo) de Estados Unidos

En los reportes más recientes, el presidente Donald Trump aparece advirtiendo a Irán contra disparar contra manifestantes y sugiriendo disposición a “ayudar”, en un tono que combina apoyo retórico con amenaza.

Este elemento es delicadísimo: en el corto plazo puede fortalecer la moral de algunos manifestantes, pero también alimenta la narrativa del régimen (“interferencia extranjera”) y eleva el riesgo de una escalada militar regional.

3) Israel y la región como “círculo de fuego”

Reuters informó que Israel estaría en alerta alta ante la posibilidad de intervención estadounidense y que, desde Teherán, se advirtió que ante un ataque se considerarán blancos legítimos territorios israelíes y bases estadounidenses.

En otras palabras: la protesta interna ocurre bajo la sombra de una posible crisis de seguridad regional. Y ese solapamiento tiene efectos perversos: el régimen puede endurecerse “en nombre de la soberanía”; y actores externos pueden instrumentalizar la crisis para objetivos estratégicos no necesariamente alineados con una transición democrática estable.

La “oposición” como problema: energía social sin arquitectura política

Una de las preguntas más difíciles —y decisivas— es si existe capacidad para transformar protesta en proyecto. En situaciones de alta movilización, la historia enseña que hay tres rutas típicas:

  1. Represión exitosa: el régimen retoma control a costa de sangre, detenciones y miedo.
  2. Reforma controlada: concesiones parciales, cambios de gabinete, alivios económicos puntuales, promesas de diálogo.
  3. Crisis de élites: fracturas internas (fuerzas de seguridad, clero, tecnócratas) que abren una transición.

Los reportes actuales muestran que el gobierno ha intentado, al menos al principio, un discurso dual: reconocer algunas demandas económicas como “legítimas” mientras condena a “alborotadores” violentos.

Pero al escalar la protesta y endurecerse el lenguaje (“línea roja”, “terroristas”, amenazas de pena capital), el espacio para reforma controlada se reduce.

En este punto reaparece el dilema clásico: sin oposición unificada, el régimen negocia con nadie y reprime a todos. Con oposición unificada, el régimen puede intentar dividirla o perseguirla, pero al menos existe un interlocutor potencial para una salida política. El escenario iraní actual parece más cercano a la primera descripción: gran energía social, múltiples voces, y una disputa por símbolos (incluida la figura monárquica) que no necesariamente representa a la mayoría, pero sí captura atención y polariza.

La tecnología como campo de batalla: protestar en la era del apagón

Hay un rasgo contemporáneo que vuelve la crisis iraní especialmente ilustrativa: la protesta ya no se comprende sin su dimensión tecnológica.

  • El Estado corta internet, bloquea telefonía, presiona sobre plataformas, intenta aislar al país.
  • La sociedad busca rutas alternativas: VPN, satélites, redes de confianza, difusión desde diáspora, y uso de tecnología satelital.
  • Las ONG y el periodismo advierten que el apagón facilita abusos y reduce la rendición de cuentas.

El punto más profundo es político: en 2026, el control del territorio pasa por el control de la infraestructura informacional. Quien apaga la red, apaga —por un rato— la posibilidad de testimonio masivo. Y cuando no hay testimonio, la violencia se vuelve más “barata” para el represor.

Qué está en juego: escenarios plausibles a corto plazo

Sin prometer predicciones cerradas (porque los datos cambian día a día y el apagón reduce verificación), se pueden delinear escenarios con sus condiciones:

Escenario A: represión consolidada + fatiga social

Si el régimen logra mantener el apagón, detenciones y control físico de nodos urbanos, puede imponerse una “normalidad” forzada. El costo será alto en legitimidad y en aislamiento internacional, pero el sistema iraní históricamente ha demostrado capacidad de supervivencia.

Escenario B: estancamiento prolongado (“juego de resistencia”)

Reuters citó una visión de inteligencia estadounidense: un “endurance game” donde la oposición intenta sostener presión hasta que figuras clave huyan o se pasen de bando, mientras el Estado intenta infundir miedo sin dar pretexto a intervención externa.

Este escenario es el más inestable: puede durar semanas o meses y derivar en cualquiera de los otros.

Escenario C: fractura en fuerzas de seguridad / élites

Si sectores policiales, militares o del aparato administrativo se dividen, cambia todo. Por ahora, los mensajes públicos del IRGC y del ejército indican cohesión institucional y disposición a endurecerse.

Escenario D: internacionalización del conflicto

La amenaza de Teherán de responder contra Israel y bases estadounidenses ante un ataque, y el clima de alerta, introduce un riesgo: que la crisis doméstica se convierta en detonante de una nueva escalada regional.

Este escenario suele ser el peor para una transición democrática: cuando el país se militariza por amenaza externa, el régimen gana argumento para cerrar filas.

Cierre: la crisis como espejo del siglo XXI autoritario

La crisis iraní de estas semanas condensa varias realidades del autoritarismo contemporáneo:

  1. La economía como detonador de la política.
  2. La tecnología como línea de frente (apagón, censura, satélites, documentación).
  3. La represión como administración del miedo y del silencio.
  4. La geopolítica como sombra permanente: toda protesta se vuelve sospecha de guerra y toda guerra se vuelve excusa para represión.

Y sin embargo, también condensa algo más simple: que incluso en sistemas muy duros, el malestar puede cruzar el umbral y convertirse en acción. El desenlace no está escrito. Pero el hecho central ya ocurrió: una porción significativa de la sociedad iraní está disputando el sentido del orden, aun cuando el Estado intente apagar la luz para que nadie lo vea.

LIBERTAS – Declaración sobre la crisis en Irán

En defensa de los Derechos Humanos, la Libertad y la Democracia

LIBERTAS expresa su profunda preocupación ante la grave situación que atraviesa el pueblo de Irán como consecuencia de las protestas masivas iniciadas a fines de diciembre de 2025 y la respuesta represiva del régimen.

Millones de ciudadanos iraníes han salido pacíficamente a las calles para reclamar condiciones de vida dignas, libertades civiles y el derecho a decidir su propio futuro. Frente a estas legítimas demandas, el Estado ha respondido con violencia, detenciones arbitrarias, censura, uso de fuerza letal y un apagón informativo que busca ocultar al mundo la magnitud de la represión.

Estas acciones constituyen una violación grave y sistemática de los Derechos Humanos fundamentales: el derecho a la vida, a la libertad de expresión, a la protesta pacífica, al debido proceso y al acceso a la información.

LIBERTAS condena de manera categórica toda forma de violencia estatal contra civiles y rechaza la criminalización de quienes ejercen su derecho a manifestarse. La protesta social no es un delito; es una expresión legítima de la soberanía ciudadana cuando el poder niega justicia, dignidad y libertad.

Exigimos:

  • El cese inmediato de la represión.
  • La liberación de todas las personas detenidas por motivos políticos.
  • El restablecimiento pleno de las comunicaciones y del acceso a internet.
  • El respeto irrestricto de los estándares internacionales de derechos humanos.

LIBERTAS reafirma que ningún régimen que gobierna mediante el miedo, la censura y la violencia puede considerarse legítimo. La democracia, la República y el Estado de Derecho son las únicas bases aceptables para una convivencia política justa.

La libertad no se negocia.
La dignidad no se reprime.
Los derechos humanos no se suspenden.

LIBERTAS – Por la Libertad, la Democracia y la República.

.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *