Un día marcado por el estruendo y la incertidumbre abre, paradójicamente, una ventana a la esperanza. El bombardeo y la crisis que sacuden hoy a Venezuela no pueden leerse solo como un hecho militar, sino como el punto de quiebre de un ciclo de autoritarismo prolongado. En medio del dolor y la tensión, emerge la posibilidad —frágil pero real— de una restauración democrática fundada en la libertad, la república y la dignidad humana. Este artículo propone una lectura geopolítica y ética de los acontecimientos, situando el presente en el umbral de una reconstrucción que ya no depende del miedo, sino del coraje cívico y de la responsabilidad histórica.
“Geopolítica del Umbral: Conflictos, intereses y cuando la libertad irrumpe en el tablero del poder”
Qué implica la caída de Nicolás Maduro para la geopolítica internacional
Poder, legitimidad y reconfiguración del orden global
La caída del régimen de Nicolás Maduro en Venezuela marca un punto de inflexión histórico en la geopolítica internacional. No se trata de un simple cambio de gobierno ni de una transición interna más en América Latina: es la desarticulación de uno de los nodos autoritarios más relevantes del siglo XXI, con efectos directos sobre el equilibrio regional, las alianzas globales, los flujos energéticos y las narrativas dominantes sobre democracia, soberanía y poder.
La caída de Maduro redefine el tablero internacional porque Venezuela no es un actor periférico. Es un país con recursos estratégicos, ubicación geográfica sensible y una trayectoria reciente que lo convirtió en plataforma de proyección geopolítica para potencias extrahemisféricas. Su derrumbe no solo libera a una sociedad sometida: reconfigura relaciones de poder a escala global.
I. Venezuela como pieza geopolítica central
Durante más de dos décadas, Venezuela deja de ser un Estado nacional ordinario para transformarse en un instrumento geopolítico. El chavismo primero y el madurismo después convierten la política exterior en un mecanismo de supervivencia del régimen. Las alianzas internacionales no responden a una estrategia de desarrollo, sino a una lógica de blindaje frente a la presión democrática interna y externa.
Venezuela funciona como:
- plataforma energética,
- base de influencia política,
- espacio de confrontación simbólica con Occidente,
- y refugio de redes opacas de poder.
Por eso, la caída de Maduro no es un evento local: es la desactivación de un enclave autoritario que articula intereses transnacionales.
II. Estados Unidos: cierre de un ciclo hemisférico
Para Estados Unidos, la caída del régimen venezolano representa el cierre de un ciclo estratégico abierto a comienzos del siglo XXI. Durante años, Washington enfrenta en su entorno inmediato un régimen hostil, alineado con potencias rivales y generador de inestabilidad regional.
Con la salida de Maduro:
- Estados Unidos recupera influencia política en el Caribe y el norte de Sudamérica.
- Reduce la presión migratoria regional.
- Reordena el mapa energético hemisférico.
- Refuerza su capacidad de disuasión frente a otros regímenes autoritarios.
Este desenlace valida una estrategia de presión sostenida, sanciones, aislamiento diplomático y respaldo a la oposición democrática. Al mismo tiempo, instala un debate profundo sobre los límites del poder estadounidense, el uso de la fuerza y el precedente que se establece en el sistema internacional.
III. Unión Europea: la legitimidad como poder
La Unión Europea emerge como uno de los actores centrales de la etapa posterior. Su rol no es militar ni confrontativo, sino normativo e institucional. La caída de Maduro confirma el enfoque europeo basado en:
- defensa de los derechos humanos,
- sanciones selectivas,
- presión diplomática multilateral,
- y acompañamiento institucional.
La UE se posiciona como garante de la reconstrucción democrática, aportando asistencia técnica, apoyo económico condicionado y legitimidad internacional. En términos geopolíticos, refuerza su identidad como poder civil, demostrando que la influencia no siempre se ejerce mediante coerción directa, sino mediante reglas, incentivos y legitimidad.
IV. China: adaptación pragmática al nuevo escenario
Para China, la caída de Maduro no representa una derrota ideológica, sino un ajuste estratégico. Pekín no construye alianzas basadas en valores políticos, sino en intereses económicos y estabilidad.
China:
- reconoce rápidamente a las nuevas autoridades,
- renegocia deudas y contratos,
- preserva su acceso a recursos estratégicos,
- y mantiene su presencia económica.
Este comportamiento refuerza la imagen de China como actor pragmático, paciente y adaptable, capaz de operar en contextos políticos cambiantes sin confrontación abierta. La geopolítica china se afirma como una geopolítica de largo plazo, no de lealtades personales o ideológicas.
V. Rusia: pérdida simbólica y repliegue estratégico
La reacción más incómoda es la de Rusia. Venezuela es para Moscú un símbolo de proyección global, un punto de apoyo para disputar influencia a Estados Unidos en su propia región.
La caída de Maduro implica:
- pérdida de un aliado estratégico,
- debilitamiento de la narrativa de poder global ruso,
- y reducción de su presencia en América Latina.
Rusia responde con retórica soberanista, denuncias de intervención y discursos sobre el orden internacional, pero su capacidad real de acción es limitada. Este repliegue confirma una tendencia mayor: Moscú concentra recursos en escenarios prioritarios y cede influencia en regiones donde el costo supera el beneficio.
VI. América Latina: fin del eje autoritario
En el plano regional, la caída de Maduro significa el colapso del eje autoritario latinoamericano. Venezuela deja de ser el sostén económico, político y simbólico de regímenes afines como Cuba y Nicaragua.
El impacto es profundo:
- Cuba pierde un aliado estratégico vital.
- Nicaragua queda expuesta y aislada.
- La narrativa de resistencia autoritaria se debilita.
- La democracia recupera centralidad como horizonte político.
América Latina entra en una fase de reordenamiento, no ideológico sino institucional. El mensaje es claro: el poder sin límites tiene fecha de vencimiento.
VII. Energía y economía global
Venezuela posee algunas de las mayores reservas de petróleo del mundo. La caída del régimen abre el camino a la normalización progresiva del sector energético, con impacto directo en los mercados internacionales.
Esto implica:
- diversificación de proveedores,
- reducción de cuellos de botella energéticos,
- reinserción económica del país,
- y nuevas oportunidades de cooperación internacional.
La energía deja de ser un instrumento de aislamiento y se transforma nuevamente en factor de integración.
VIII. Derecho internacional y precedentes
Uno de los efectos más profundos es el impacto sobre el derecho internacional. La caída de Maduro reabre el debate sobre:
- soberanía,
- intervención,
- responsabilidad de proteger,
- y límites del orden jurídico global.
El caso venezolano se convierte en precedente inevitable. No ofrece respuestas simples, pero instala una pregunta central: ¿qué hace la comunidad internacional cuando un régimen destruye todas las vías internas de corrección democrática?
Este interrogante redefine el debate global sobre legitimidad y excepcionalidad.
IX. Democracia como actor geopolítico
La caída de Maduro devuelve a la democracia un rol activo en la geopolítica. No como simple valor moral, sino como fuerza capaz de alterar equilibrios de poder. El mensaje es potente: los regímenes autoritarios no son invencibles, incluso cuando parecen eternos.
La democracia reaparece como:
- fuente de legitimidad,
- factor de estabilidad,
- y elemento de reorganización internacional.
X. Conclusión: el fin de un nodo autoritario
La caída de Nicolás Maduro no resuelve automáticamente los problemas de Venezuela ni pacifica el sistema internacional. Pero sí elimina un nodo central de autoritarismo, dependencia y confrontación.
Para la geopolítica internacional implica:
- reordenamiento de alianzas,
- redistribución de influencia,
- impacto energético,
- y redefinición de reglas.
No se trata de una catástrofe natural ni de un simple fracaso económico. Es el resultado de:
Cuando un régimen:
- cierra todas las vías democráticas,
- reprime de manera sistemática,
- provoca una crisis humanitaria regional,
- y se mantiene mediante la fuerza,
El sistema internacional entra en una zona de tensión moral y política: tolerar la dictadura implica ser cómplice pasivo; intervenir implica romper reglas fundamentales.
Nada de lo que hoy se discute —bombardeos, capturas, intervenciones— puede comprenderse sin asumir una verdad incómoda: la dictadura de Maduro creó las condiciones para su propio desenlace excepcional.
La degradación de los derechos humanos en Venezuela no fue un daño colateral, sino el núcleo funcional del régimen. Al destruir las instituciones, criminalizar la disidencia y someter a la población, el poder chavista anuló cualquier salida política gradual.
Cuando la legalidad es abolida desde el Estado, la excepcionalidad deja de ser una anomalía y pasa a ser la única vía imaginable. Ese es el drama venezolano: no solo la caída de una dictadura, sino el alto costo humano, social y regional de haberla tolerado durante demasiado tiempo.
Aplausos, gritos y una democracia que comienza a renacer
Hubo un instante —breve, frágil, irrepetible— en que el silencio del miedo se quebró. Y entonces llegaron los aplausos, primero tímidos, luego incontenibles. Los gritos no fueron de furia, sino de alivio: la respiración contenida durante años que, al fin, encuentra salida. En Venezuela, ese sonido no es solo celebración; es memoria que se sacude y futuro que se atreve.
No es la victoria definitiva —las democracias no nacen completas—, pero sí el gesto inaugural: el momento en que la ciudadanía vuelve a sentirse autora de su destino. Renacer no es olvidar; es recordar sin cadenas. Es entender que la democracia no es un trofeo, sino una práctica diaria hecha de reglas, límites y respeto por la dignidad humana.
En las plazas, en las casas, en los mensajes que se cruzan como chispas, aparece una certeza humilde y poderosa: el miedo ya no manda. Mandan la palabra, la ley que se reconstruye, el acuerdo que reemplaza a la imposición. Mandan las manos que aplauden porque saben que lo que empieza ahora exige cuidado, paciencia y coraje cívico.
Que los aplausos no tapen las tareas. Que los gritos no sustituyan a las instituciones. Que la alegría sea promesa de responsabilidad. Porque cuando una democracia renace, no pide adoración: pide ciudadanos.
Y en ese latido compartido —aplausos, gritos, esperanza— comienza, otra vez, la historia.

Reacciones internacionales: poder, principios y cálculo estratégico
La posible reinstauración de un orden democrático en Venezuela no es solo un acontecimiento nacional o regional. Es, ante todo, un evento geopolítico que interpela a las grandes potencias y las obliga a posicionarse entre principios declarados y intereses concretos. Las reacciones de Estados Unidos, la Unión Europea, China y Rusia revelan tanto sus valores proclamados como sus prioridades reales.
Estados Unidos: respaldo político y validación estratégica
Estados Unidos observa el proceso venezolano como una oportunidad de cierre de ciclo. Tras años de sanciones, presión diplomática y apoyo explícito a la oposición democrática, una transición efectiva validaría su narrativa de que los regímenes autoritarios del hemisferio pueden ser contenidos y revertidos.
Washington tenderá a:
- respaldar públicamente cualquier proceso que incluya elecciones libres y restauración institucional,
- ofrecer apoyo técnico, financiero y político a una transición,
- y buscar estabilizar el país para evitar nuevos flujos migratorios y desorden regional.
Sin embargo, este apoyo no es altruista: una Venezuela democrática implica reordenamiento energético, debilitamiento de alianzas antioccidentales y refuerzo de la influencia estadounidense en América Latina. Para EE. UU., democracia y estabilidad estratégica convergen.
Unión Europea: legitimidad, derechos humanos y reconstrucción
La Unión Europea se posiciona desde una lógica distinta, aunque convergente en el objetivo. Su reacción privilegia el lenguaje normativo: derechos humanos, legalidad internacional, instituciones y procesos verificables.
Bruselas tenderá a:
- exigir garantías jurídicas claras,
- condicionar el apoyo económico a avances institucionales concretos,
- y ofrecer cooperación para la reconstrucción del Estado, el sistema judicial y los servicios públicos.
Para la UE, Venezuela representa un caso testigo: la demostración de que la presión diplomática sostenida, combinada con sanciones selectivas y mediación, puede conducir a una salida democrática. Su rol será menos estridente, pero estructuralmente decisivo en la fase de reconstrucción.
China: pragmatismo silencioso y adaptación
La reacción de China será, previsiblemente, sobria y calculada. Pekín no se compromete con regímenes, sino con intereses. Su relación con el chavismo fue principalmente económica y estratégica, no ideológica.
Ante una transición democrática, China tenderá a:
- reconocer al nuevo poder de facto sin confrontación,
- renegociar contratos y deudas,
- preservar acceso a recursos y mercados.
El discurso chino enfatizará la no injerencia y el respeto a la soberanía, evitando juicios de valor sobre el régimen saliente. Para Pekín, el cambio de gobierno no es un problema si el Estado continúa siendo un socio funcional. La ideología es secundaria frente a la estabilidad.
Rusia: denuncia, repliegue y narrativa de confrontación
Rusia es el actor más incómodo ante este escenario. Venezuela fue, durante años, una plataforma geopolítica para proyectar influencia en el hemisferio occidental y desafiar a Estados Unidos en su área histórica de influencia.
La reacción rusa combinará:
- denuncias de “intervencionismo” y “golpe promovido desde el exterior”,
- retórica en defensa de la soberanía y el orden internacional,
- y un repliegue táctico, consciente de sus limitaciones reales de acción en la región.
Moscú pierde con la transición venezolana no solo un aliado, sino un símbolo. Por ello, su respuesta será más discursiva que efectiva, orientada a reforzar su narrativa global de confrontación con Occidente.
Las reacciones internacionales confirman una verdad central: la reinstauración democrática no es neutra. Redistribuye poder, redefine alianzas y obliga a recalibrar estrategias.
Estados Unidos y la Unión Europea verán en el proceso una victoria normativa y política; China buscará adaptarse sin confrontar; Rusia intentará resistir simbólicamente una pérdida estratégica.
Pero más allá de estas respuestas, el dato decisivo es otro: cuando una democracia comienza a renacer, incluso las grandes potencias deben reacomodarse. La legitimidad popular, una vez recuperada, se convierte en un actor geopolítico por derecho propio.

Nuevos pasos: Cuba y Nicaragua ante el fin del eje autoritario
La eventual reinstauración democrática en Venezuela no constituye un hecho aislado. Funciona como un sismo político regional cuyas ondas expansivas alcanzan, de manera directa, a Cuba y Nicaragua, los dos regímenes que, junto al chavismo, conformaron el núcleo duro del autoritarismo latinoamericano del siglo XXI.
Ambos países quedan hoy objetivamente comprometidos: por sus alianzas, por su dependencia material y simbólica, y por la fragilidad estructural de sus propios sistemas de poder.
Cuba: el agotamiento del modelo y la pérdida del sostén externo
Durante más de dos décadas, Cuba fue el cerebro ideológico y operativo del eje bolivariano. La alianza con Venezuela permitió sostener un modelo económico inviable mediante subsidios energéticos, cooperación opaca y exportación de servicios estatales. Ese vínculo fue vital.
El debilitamiento o colapso del régimen venezolano deja a Cuba en una situación crítica:
- pérdida de recursos estratégicos,
- reducción de margen diplomático,
- mayor exposición de su crisis económica interna,
- y aumento del malestar social.
El régimen cubano enfrenta un dilema clásico de los sistemas cerrados en fase terminal: reformarse implica perder control; no reformarse implica colapsar. La salida venezolana del tablero no obliga a Cuba a democratizarse de inmediato, pero reduce drásticamente su capacidad de postergar decisiones.
En este nuevo contexto, La Habana tenderá a:
- reforzar el control interno,
- endurecer el discurso antiimperialista,
- y buscar nuevos socios pragmáticos.
Sin embargo, la narrativa de resistencia histórica pierde fuerza cuando el andamiaje regional que la sostenía se desmorona.
Nicaragua: el eslabón más débil
Si Cuba es el bastión ideológico, Nicaragua es el eslabón más frágil del eje. El régimen de Daniel Ortega carece del peso histórico cubano y del volumen geopolítico venezolano. Su poder se sostiene casi exclusivamente en la represión directa, el control familiar del Estado y la eliminación total de la competencia política.
El nuevo escenario regional expone a Nicaragua a:
- mayor aislamiento internacional,
- presión diplomática creciente,
- debilitamiento de apoyos económicos y políticos,
- y mayor visibilidad de sus violaciones a los derechos humanos.
A diferencia de Cuba, Nicaragua no dispone de un relato épico de largo aliento ni de una estructura estatal sofisticada. Su estabilidad depende del miedo inmediato, lo que la convierte en un régimen altamente vulnerable a cambios de contexto.
El efecto dominó: cuando cae el sostén simbólico
Los regímenes autoritarios rara vez colapsan solo por presión externa. Colapsan cuando pierden la sensación de inevitabilidad. Venezuela cumplía un rol central como prueba de que el modelo podía resistir indefinidamente. Su quiebre —real o simbólico— introduce una idea corrosiva: el poder no es eterno.
Cuba y Nicaragua enfrentan ahora:
- el debilitamiento del relato de resistencia,
- la pérdida de un aliado estructural,
- y la reactivación de expectativas democráticas internas y externas.
Este es el verdadero peligro para ambos regímenes: no una invasión, sino la reaparición de la esperanza.
Nuevos pasos posibles: endurecimiento o transición
En el corto plazo, es esperable que ambos gobiernos opten por el endurecimiento: más control, más censura, más persecución.
Pero en el mediano plazo, la historia ofrece pocas alternativas. Los sistemas cerrados que pierden su red de apoyo regional enfrentan dos caminos:
- Transiciones controladas, con intentos de preservar cuotas de poder.
- Colapsos desordenados, producto del agotamiento económico y social.
La diferencia entre uno y otro dependerá de la capacidad de las sociedades civiles, del acompañamiento internacional y de la existencia —o no— de salidas institucionales creíbles.
Cuba y Nicaragua no caen automáticamente con el debilitamiento del chavismo, pero quedan desnudas. Sin el sostén venezolano, el eje autoritario latinoamericano pierde coherencia, recursos y sentido histórico.
La región entra así en una nueva fase: ya no se discute si el modelo autoritario puede perpetuarse, sino cuánto tiempo puede resistir. Y cuando esa pregunta se instala, la historia vuelve a moverse.

DECLARACiÓN DE LIBERTAS
En apoyo al proceso de reinstauración de la Democracia, la Libertad y la República
LIBERTAS expresa su apoyo firme y explícito a todo proceso genuino orientado a la reinstauración de la democracia, la plena vigencia del Estado de Derecho, y la recuperación de los valores de la Libertad y la República allí donde estos han sido vulnerados o anulados.
La democracia no es solo un mecanismo electoral: es un orden moral y jurídico que reconoce la dignidad de cada persona, limita el poder, garantiza derechos fundamentales y asegura la alternancia, la separación de poderes y la igualdad ante la ley.
Allí donde el poder se vuelve ilimitado, donde la disidencia es perseguida y donde el miedo sustituye a la ley, la democracia deja de existir, aunque conserve apariencias formales.
LIBERTAS sostiene que la Libertad no es concesión del poder, sino un derecho inherente a la condición humana; y que la República no es una abstracción, sino un sistema concreto de frenos, responsabilidades y controles que protege a la ciudadanía frente al abuso y la arbitrariedad. Sin República no hay democracia sostenible; sin Libertad no hay ciudadanía plena.
Acompañamos, por tanto, los esfuerzos cívicos, políticos e institucionales que apunten a:
- la restauración de la soberanía popular expresada libremente,
- la reconstrucción de instituciones independientes y legítimas,
- el respeto irrestricto a los derechos humanos,
- y el rechazo definitivo de toda forma de autoritarismo, violencia política y persecución.
Advertimos, al mismo tiempo, que no hay transición democrática posible sin verdad, justicia y memoria, ni futuro republicano viable sin reglas claras, legalidad y responsabilidad ética en el ejercicio del poder.
LIBERTAS reafirma su compromiso histórico con la defensa de la libertad, la democracia y la república, convencida de que los pueblos pueden renacer cuando recuperan la palabra, la ley y el coraje cívico. Allí donde una democracia comienza a levantarse, LIBERTAS estará del lado de quienes creen que la libertad no se negocia y la dignidad no se posterga.
LIBERTAS
Por la Libertad, la Democracia y la República
