Del colapso de la democracia pactada al autoritarismo de supervivencia
Ascenso de Hugo Chávez y la transición a Nicolás Maduro

Introducción
La historia política reciente de Venezuela no puede comprenderse como una simple alternancia de gobiernos ni como la biografía excepcional de un líder carismático. El ascenso de Hugo Chávez al poder y la posterior transición hacia Nicolás Maduro constituyen un proceso de larga duración en el que confluyen crisis estructurales, fracturas sociales, mutaciones institucionales y una progresiva redefinición de la relación entre Estado, ciudadanía y poder.
Este ensayo sostiene que el chavismo no fue un accidente histórico ni una anomalía puramente personalista, sino la expresión política de un colapso profundo del sistema democrático venezolano surgido tras 1958. A su vez, argumenta que la transición de Chávez a Maduro no representó una continuidad natural, sino una transformación cualitativa del régimen: del populismo carismático y plebiscitario hacia una forma de autoritarismo defensivo, orientado a la preservación del poder en condiciones de crisis económica, aislamiento internacional y pérdida de legitimidad social.
I. La erosión del orden democrático: el agotamiento del sistema puntofijista
Durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX, Venezuela fue presentada como una excepción democrática en América Latina. El sistema político nacido del Pacto de Punto Fijo, tras la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, garantizó estabilidad institucional, alternancia partidaria y una relativa paz social. Sin embargo, esta estabilidad se sostuvo menos sobre una ciudadanía políticamente integrada que sobre la abundancia de la renta petrolera.
El Estado venezolano se configuró como un Estado rentista, capaz de distribuir recursos sin construir una base productiva diversificada ni mecanismos sólidos de rendición de cuentas. Los partidos políticos, en lugar de actuar como mediadores democráticos, se transformaron progresivamente en estructuras cerradas, alejadas de las demandas sociales. La política se burocratizó, se volvió endogámica y perdió legitimidad simbólica.
Cuando la caída de los precios del petróleo en los años ochenta redujo drásticamente la capacidad distributiva del Estado, el pacto implícito entre gobernantes y gobernados se quebró. La ciudadanía comenzó a percibir que la democracia existente ya no garantizaba bienestar, movilidad social ni representación real. Este desencanto no fue gradual: se manifestó de forma abrupta y violenta en febrero de 1989.
II. El Caracazo como fractura fundacional
El estallido social conocido como el Caracazo marcó un antes y un después. Las protestas contra el aumento del costo de vida, derivadas de un programa de ajuste económico, fueron respondidas con una represión militar de magnitud inédita en democracia. Más allá del número exacto de víctimas, el mensaje fue claro: el Estado democrático estaba dispuesto a usar la fuerza letal contra su propio pueblo para preservar el orden económico.
Desde una perspectiva histórica, el Caracazo significó tres quiebres simultáneos. En primer lugar, destruyó la legitimidad moral del sistema político tradicional. En segundo lugar, reinstaló a las Fuerzas Armadas como actor central del orden interno. Y, en tercer lugar, generó una memoria colectiva de humillación y violencia que sería posteriormente capitalizada por un liderazgo emergente.
En ese vacío de representación comenzó a gestarse la posibilidad de una alternativa radical al sistema existente.
III. Hugo Chávez y la irrupción del outsider militar
Hugo Chávez no surgió como líder desde los márgenes sociales, sino desde el interior de una institución históricamente disciplinada: el ejército. La conformación del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 expresó una politización subterránea de sectores militares que interpretaron la crisis nacional como una traición de las élites civiles al proyecto histórico de la nación.
El intento de golpe de Estado de 1992 fracasó en términos militares, pero triunfó en el plano simbólico. El breve discurso televisado de Chávez, asumiendo la responsabilidad del levantamiento y pronunciando el célebre “por ahora”, condensó una narrativa poderosa: la de un hombre dispuesto a enfrentar al sistema en nombre del pueblo y a pagar el costo personal de esa osadía.
Ese gesto lo convirtió en una figura pública con capital político propio. En una sociedad hastiada de políticos profesionales, Chávez encarnó la figura del anti-político, del outsider que hablaba un lenguaje simple, directo y emocional, en contraste con la retórica tecnocrática y distante de las élites.
IV. La vía electoral y la promesa de refundación
El paso de Chávez de la rebelión armada a la competencia electoral no implicó una renuncia a su lógica confrontativa, sino una reconfiguración estratégica. Su candidatura presidencial en 1998 se construyó sobre una promesa central: la refundación del Estado mediante una Asamblea Constituyente.
La victoria electoral de Chávez no fue solo un triunfo personal, sino el colapso definitivo del sistema partidario tradicional. Millones de venezolanos votaron no tanto por un programa detallado, sino contra un orden que percibían como agotado, corrupto y excluyente.
Una vez en el poder, Chávez impulsó un proceso constituyente que dio origen a la República Bolivariana de Venezuela. La nueva Constitución amplió derechos sociales y mecanismos de participación directa, pero también reforzó el presidencialismo y debilitó los contrapesos institucionales. La democracia representativa fue progresivamente sustituida por una democracia plebiscitaria, centrada en la relación directa entre líder y pueblo.
V. Populismo, carisma y Estado petrolero
El chavismo se consolidó como un régimen populista clásico, basado en un liderazgo carismático que dividía el campo político entre un “pueblo” homogéneo y una “oligarquía” enemiga. Chávez no gobernó únicamente mediante políticas públicas, sino mediante un relato épico en el que él mismo encarnaba la voluntad popular y la historia nacional.
El contexto económico resultó decisivo. El aumento sostenido del precio del petróleo durante gran parte de su mandato permitió financiar programas sociales masivos, expandir el gasto público y sostener una política exterior ambiciosa. Esta bonanza reforzó la identificación entre bienestar material y liderazgo político, profundizando la dependencia del Estado y de amplios sectores sociales respecto del poder central.
Sin embargo, este modelo no construyó instituciones autónomas ni una economía sostenible. El Estado se volvió cada vez más personalista, y el sistema político quedó atado a la figura de Chávez como fuente principal de legitimidad.
VI. La enfermedad y el problema de la sucesión
La enfermedad de Hugo Chávez introdujo una fisura estructural en el régimen. El chavismo, concebido en torno a un liderazgo carismático irrepetible, carecía de mecanismos institucionales sólidos para la sucesión. Consciente de esta debilidad, Chávez optó por una solución excepcional: designar públicamente a su heredero político.
La elección de Nicolás Maduro respondió menos a su carisma o trayectoria que a su lealtad, su rol como articulador interno del movimiento y su vínculo estratégico con Cuba. La transferencia de legitimidad no se realizó mediante un proceso partidario abierto, sino por la palabra final del líder moribundo.
Este acto selló el carácter personalista del régimen y condicionó toda la etapa posterior.
VII. La transición a Maduro: continuidad sin carisma
La llegada de Nicolás Maduro al poder en 2013 marcó el inicio de una nueva fase. A diferencia de Chávez, Maduro no poseía un liderazgo carismático ni una conexión emocional profunda con las masas. Su legitimidad inicial fue frágil, basada en una victoria electoral ajustada y en la invocación permanente del legado del líder fallecido.
El contexto era radicalmente distinto. La caída de los precios del petróleo, la desorganización productiva y la dependencia extrema de importaciones generaron una crisis económica sin precedentes. Frente a la escasez, la inflación y el deterioro social, el régimen optó por cerrar filas en lugar de reformarse.
La respuesta fue una creciente concentración de poder, el debilitamiento sistemático de la oposición, el control del poder judicial y electoral, y una mayor militarización del Estado. El populismo distributivo de Chávez fue sustituido por un autoritarismo de supervivencia, orientado a conservar el poder ante la pérdida de apoyo social.
VIII. Del chavismo al madurismo: mutación del régimen
Si bien el madurismo se presenta como continuidad del chavismo, en términos políticos constituye una mutación. Donde Chávez gobernaba con carisma y legitimidad plebiscitaria, Maduro gobierna con control institucional y coerción. Donde Chávez ampliaba el consenso mediante el gasto social, Maduro lo sustituye por disciplinamiento político.
Esta transformación revela una verdad estructural: el chavismo no construyó un orden democrático alternativo, sino un régimen dependiente de condiciones excepcionales —liderazgo personal y renta petrolera— que, al desaparecer, dejaron al descubierto su fragilidad.
El ascenso de Hugo Chávez al poder fue la consecuencia directa de un colapso prolongado del sistema democrático venezolano, agravado por desigualdades estructurales, exclusión política y una crisis de representación profunda. Su liderazgo carismático canalizó ese descontento y permitió la construcción de un régimen populista apoyado en la renta petrolera y en una narrativa de refundación nacional.
La transición a Nicolás Maduro, lejos de representar una continuidad armónica, evidenció los límites del proyecto chavista. Sin carisma, sin bonanza económica y sin consenso social, el régimen derivó hacia formas cada vez más autoritarias, sostenidas por el control institucional y la fuerza coercitiva del Estado.
El caso venezolano constituye así una advertencia histórica: cuando la democracia se vacía de contenido social y representación efectiva, abre el camino a liderazgos redentores que, aun llegando por vías electorales, pueden terminar erosionando las bases mismas del orden democrático que prometieron salvar.

El Madurismo (2013–2026):
El madurismo no puede analizarse como una mera continuación del chavismo, ni como un gobierno autoritario más en la historia latinoamericana. Desde la asunción de Nicolás Maduro en abril de 2013 hasta su caída el 3 de enero de 2026, Venezuela atravesó un ciclo político excepcionalmente largo de deterioro económico, descomposición institucional, aislamiento internacional y control coercitivo del poder. Este ensayo sostiene que el madurismo fue, esencialmente, un régimen de supervivencia, nacido débil, sostenido artificialmente y condenado estructuralmente desde su origen.
A diferencia del chavismo fundacional, el madurismo careció de carisma, de legitimidad plebiscitaria amplia y de condiciones económicas favorables. Su longevidad no se explica por consenso social, sino por una combinación de control institucional, apoyo militar, alianzas internacionales estratégicas y fragmentación opositora. Su caída, finalmente, no fue un evento súbito, sino el desenlace de un proceso prolongado de agotamiento interno y pérdida total de viabilidad política.
Nicolás Maduro llegó al poder como heredero designado, no como líder emergente. Su legitimidad inicial descansó casi exclusivamente en la palabra póstuma de Hugo Chávez, quien lo presentó como garante de la continuidad del proyecto bolivariano. Esta transferencia simbólica fue excepcional y, al mismo tiempo, profundamente frágil.
La elección presidencial de 2013, ganada por un margen mínimo, dejó tres marcas indelebles:
- Un país partido en dos, sin consenso mínimo.
- Una presidencia débil desde el origen, cuestionada interna y externamente.
- La ausencia de carisma, reemplazada por la invocación constante del líder muerto.
Desde el inicio, el madurismo gobernó mirando hacia atrás, apoyándose en la memoria de Chávez como fuente de autoridad.
II. La tormenta perfecta: colapso económico y social
Entre 2014 y 2016, Venezuela ingresó en una de las crisis económicas más profundas de la historia contemporánea fuera de un contexto de guerra formal. La caída del precio del petróleo expuso brutalmente las debilidades estructurales del modelo chavista:
- Dependencia absoluta de la renta petrolera.
- Destrucción del aparato productivo.
- Controles de precios y de cambio inviables.
- Corrupción sistémica.
La hiperinflación, el desabastecimiento y la caída del salario real pulverizaron la vida cotidiana. Millones de venezolanos dejaron de discutir ideología para discutir supervivencia. La migración masiva —una de las mayores del mundo en tiempo de paz— fue el síntoma más visible del colapso.
Frente a este escenario, el madurismo optó por no corregir el modelo, sino por endurecer el control político.
III. De la crisis a la represión: el giro autoritario
Las protestas de 2014 y, con mayor intensidad, las de 2017 marcaron un punto de no retorno. Ante la pérdida de apoyo popular, el régimen abandonó cualquier pretensión de competencia democrática real.
El hito central fue la creación de la Asamblea Nacional Constituyente de 2017, un órgano sin legitimidad electoral plena que:
- Vació de poder a la Asamblea Nacional electa en 2015.
- Concentró funciones legislativas, judiciales y políticas.
- Formalizó el quiebre del orden constitucional.
Desde ese momento, el madurismo dejó de ser un populismo autoritario para convertirse en un régimen abiertamente autocrático, sostenido por:
- El control del sistema electoral.
- La subordinación del poder judicial.
- La persecución selectiva de la oposición.
- El uso sistemático de la represión y el miedo.
IV. Militarización del Estado y economía del poder
Uno de los pilares del madurismo fue la militarización progresiva del Estado. Las Fuerzas Armadas dejaron de ser un actor institucional para convertirse en socio político y económico del régimen. Oficiales activos y retirados ocuparon:
- Ministerios clave.
- Empresas públicas.
- Gobernaciones y alcaldías.
- Sectores estratégicos de la economía informal y del contrabando.
Este proceso transformó al Estado venezolano en un Estado híbrido, donde lo legal, lo ilegal y lo militar se superpusieron. La lealtad no se garantizó mediante ideología, sino mediante privilegios, impunidad y control de recursos.
V. Política exterior: aislamiento y alianzas de supervivencia
A nivel internacional, el madurismo transitó desde el liderazgo regional heredado de Chávez hacia un aislamiento progresivo. La pérdida de legitimidad democrática derivó en sanciones, desconocimiento diplomático y ruptura con gran parte de Occidente.
En respuesta, el régimen profundizó alianzas con actores dispuestos a priorizar intereses geopolíticos por sobre valores democráticos:
- Rusia y China, como respaldo estratégico.
- Irán, como socio político y logístico.
- Cuba, como sostén en inteligencia y control social.
Estas alianzas no fortalecieron al país, sino al régimen, profundizando la dependencia externa y reduciendo la soberanía real del Estado venezolano.
VI. El agotamiento del relato bolivariano
Uno de los elementos más reveladores del madurismo fue el vaciamiento simbólico del chavismo. El discurso bolivariano, eficaz bajo Chávez, se volvió repetitivo, defensivo y desconectado de la experiencia cotidiana.
La narrativa épica fue sustituida por:
- Conspiraciones permanentes.
- Enemigos externos omnipresentes.
- Justificación del fracaso como resistencia heroica.
Pero el hambre, la migración y la pobreza erosionaron cualquier relato. El régimen conservó el poder, pero perdió la capacidad de convencer.
VII. Fragmentación opositora y prolongación artificial del régimen
La duración del madurismo no puede explicarse solo por la fuerza del régimen, sino también por la debilidad de la oposición. Divisiones internas, estrategias contradictorias y expectativas depositadas en soluciones externas impidieron la construcción de una alternativa sólida durante años.
Esta fragmentación permitió al régimen:
- Ganar tiempo.
- Administrar la crisis.
- Neutralizar amenazas parciales.
Sin embargo, prolongar un régimen inviable no equivale a estabilizarlo.
VIII. 2023–2025: el derrumbe silencioso
En sus últimos años, el madurismo entró en una fase de colapso silencioso. Ya no gobernaba, simplemente resistía. El Estado funcionaba de manera mínima, la economía informal reemplazó a la formal y el poder se concentró en círculos cada vez más reducidos.
La legitimidad era inexistente, el respaldo social marginal y la estructura estatal estaba agotada. El régimen subsistía por inercia, no por fortaleza.
IX. La caída del 3 de enero de 2026: desenlace de lo inevitable
La caída de Nicolás Maduro no fue una sorpresa histórica, sino la consecuencia lógica de un proceso prolongado. Cuando un régimen:
- Pierde legitimidad interna.
- Carece de base económica.
- Se sostiene solo por coerción.
- Agota su relato ideológico.
su permanencia se vuelve inviable.
El madurismo no cayó por una sola causa, sino por la convergencia de todas sus debilidades estructurales.
El madurismo fue un régimen nacido sin carisma, sin proyecto propio y sin condiciones materiales para gobernar. Su longevidad se explicó por el control del poder, no por el respaldo popular. Desde 2013 hasta 2026, Venezuela vivió una experiencia política marcada por el deterioro sistemático del Estado, la erosión de las libertades y una crisis humanitaria de dimensiones históricas.
La caída de Nicolás Maduro no cierra automáticamente el ciclo de la tragedia venezolana, pero sí marca el fin de una etapa: la del autoritarismo de supervivencia. El desafío posterior no será solo reconstruir instituciones, sino reconstruir la confianza, la legalidad y el sentido mismo de la política en una sociedad profundamente dañada.
El madurismo deja así una lección central para América Latina: los regímenes que se sostienen únicamente por la fuerza y el control pueden durar más de lo esperado, pero nunca sobreviven a la pérdida total de legitimidad y sentido histórico.
